miércoles, 23 de marzo de 2011

La fiesta de la sangre

"Nosotros morimos perseguidos, en la oscuridad. El verdadero cementerio es la memoria."

Rodofo Walsh (Carta a su hija Viki)

El encargado de la finca tomatera al que llamaban “El Verdugo” no paraba de dar latigazos con la pinga de buey a aquellos 9 hombres que atados lloraban y gemían con la espalda destrozada, la piel cubierta de una sangre acuosa que les corría por los muslos y formaba charcos rojos embarrados en la tierra colorada. Ezequiel B. regresó de tomarse el coñac con el falangista N. Acosta y el guardia chusquero P. Santo. Pensativo se paró ante la entrada del túnel de la finca de “Las Maquinas” en aquel viejo municipio canario. “El Verdugo” lo miró atento, fijó su mirada en aquellos ojos sin expresión del cacique: ¿Mi amo les sigo pegando? Y Ezequiel B. sin quitar la vista del charco de sangre asintió: “despelleja a estos cabrones que les espera el pozo, rojos de mierda, carajo”.

P. Santo había usado su arma esa noche con varios de los detenidos que llevaba en el “camión de la carne”, venía contento fumando un virginio y comentando con N. Acosta y el guardia J. Pernía lo preciso de sus disparos después de aplicarles la Ley de Fugas a aquellos infelices: “cayeron como conejos sobre los bardos de tuneras indias”. Ezequiel B. se reía a carcajadas casi borracho y “El Verdugo” tenoyero no dejaba de usar el látigo cada vez con más fuerza sobre unos hombres que casi agonizaban.

Bajando la piconera se veían luces de un coche, eran B. Bravo y R. Peniche que venían a sumarse a la fiesta de la sangre, habían dejado el prostíbulo casi a media noche después de aquella celebración requeté junto al Hotel Madrid. Los gritos de las víctimas de “El Verdugo” se escuchaban desde lejos. Eran gritos sordos, como las voces de los que se han abandonado al dolor sin esperanza. Los dos venían eufóricos con sus ropas azules y bromearon con Ezequiel B. sobre los 65 que habían tirado con Eufemiano a la Sima el sábado pasado. Ya era hora de acabar con los 9 hombres, “El Verdugo” no podía más y cada latigazo le producía arcadas de asco al salpicar tanta sangre y trozos de carne.

Los llevaron con las manos atadas a la espalda casi inconscientes, solo el joven J. Santana balbuceó algo sobre lo que iban a hacer con ellos, adonde los llevaban, pero Pernía le contestó con un culatazo en la cabeza. Llegaron al pozo cerquita del túnel que sale al mar a pocos km de la Factoría y arrojaron al primero entre gritos y ruegos. Los demás en silencio cayeron rápido, casi mecánicamente los fueron empujando y solo se oían golpes secos contra los muros volcánicos de aquella excavación antigua de agua salobre. Terminaron el trabajo del día satisfechos y Ezequiel bajó el coñac del alpendre de Juanito B., se pasaron la botella sentados junto a los sacos de guano. Un olor a estiércol inundaba el ambiente y más abajo junto a los acantilados el ruido del mar se percibía rompiendo entre las rocas. El sol comenzaba a salir por el horizonte, mientras iban llegando como fantasmas entre sombras las primeras mujeres aparceras dispuestas al inicio de la zafra.

http://viajandoentrelatormenta.blogspot.com/

2 comentarios:

  1. Que historias mas tristes pero reales, todavía no salgo de mi asombro, de todo lo ocurrido en esta bendita tierra. Que nuestra familia haya sufrido tanto. Es que para llenarte de rabia una rabia que haga que estos mal nacidos , "se pudran en sus tumbas de miseria".NO OLVIDAMOS NI PERDONAMOS.

    ResponderEliminar
  2. Esas historias para no dormir del franquismo más oscuro y siniestro. Gracias por tu comentario. Dan ganas de seguir recuperando memoria. Salud y República.

    ResponderEliminar