jueves, 1 de julio de 2010

Sueños gatunos

La alborada de El Maresme tiene algo así como una brisa suave que te acerca el recuerdo del mar aunque estés tierra adentro, un viento imperceptible que remueve olores a tierra mojada, a flores nuevas, a una intrépida noche cenando rodeados de un bosque misterioso y al acecho de nuevas leyendas y cuentos infantiles.

Allí estábamos como perdidos, solitarios y solo nos recibía la tarde, un cielo claro y un olor a vino de la tierra y aceite de oliva recién prensada, preparada para saborear unos tomates tiernos y un queso que se derrite en la boca al compas de una música desconocida pero cercana. Allí soñábamos tomados de la mano aquella tarde de primavera, recorriendo la oscuridad de un camino sin final, con miles, cientos de miles de pájaros al acecho del primer beso de amor, de la primera palabra pronunciada en un susurro al oído, del misterio de conocerse y dejar grabado en nuestras almas unos instantes inolvidables y ya incrustados en la nebulosa del tiempo.

Recordamos infancias perdidas, momentos felices de creyones y silencios en clase con las manos llenas de tizas y pasiones, los tiempos oscuros del fascismo, familiares que partieron y nos dejaron ese sabor a despedida que dejan los muertos, ese no se qué que queda en el aire cuando se nos van los que queremos. En ese instante partimos y nos acogió la tarde, la noche recorrió aquel camino casi selvático y volamos medio borrachos entre nubes y olor a leña recién cortada. Sus ojos verdosos, casi amarillos, miraban en silencio lo desconocido que habitaba la oscuridad, el viento entre la frondosidad de aquel bosque mediterráneo bañado en sal y atardeceres rojos.

En ese compas vibrante y en un estribillo de tambores lejanos vino ese beso, ese abrazo, esa pasión, ese perdón por todo lo que había pasado en lo más recóndito de los años. Entonces nos entregamos, desnudamos el alma y las dudas a lo infinito, a un inmenso caudal de olores, humedad, gemidos y versos interminables.

Ahora con el tiempo solo queda volver a respirar ese aire tan puro, sentir en la piel esa música y esos besos clandestinos, furtivos al calor de la lucha por un mundo mejor, por ese amor que llevamos dentro y que no solo sirve para amarnos eternamente, sino para plantar semillas de libertad, fraternidad, solidaridad, mientras unas gatas amigas nos recordaban más allá de las montañas, con ganas de volver a vernos y arrullarnos en el sueño, en las utopías y en todo lo que pasa por la mente gatuna cuando vigilan nuestros recuerdos más bellos.

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