martes, 11 de mayo de 2010

Los ojos de Lulú

Los ojos de Lulú la delataban. Ella me miraba con mucha profundidad, como escrutando mis pensamientos tras los barrotes de su jaula. Llevaba allí muchos años y ya casi no recordaba cuando de bebé fue secuestrada, los gritos de su madre en el momento que disparaban a su grupo aquellos cazadores furtivos. La pequeña jaula donde la llevaban con su hermanito en aquella canoa. Los chillidos y gestos de aquellos monos blancos y negros sin pelo mientras despellejaban a su familia, para vender su carne en aquel horrendo mercado donde la dejaron tan sola.

Todavía recordaba aquel olor penetrante a carne podrida, las discusiones de aquellos extraños seres que nunca había visto, y como se vio de repente embarcada en aquel pájaro volador para llevarla tan lejos. A unas islas perdidas más allá de las montañas y del limite del horizonte, donde fue utilizada en noches interminables de ruidos estridentes y humo en manos de un fotógrafo enganchado a las drogas, que la explotó durante toda su infancia, que la obligó a fumar para que los turistas alemanes, suecos o ingleses se sacaran fotos con aquella hermosa bebé de chimpancé.

Ese fue el principio del infierno que vivió Lulú, hasta que la Guardia Civil se la requisó a aquel oscuro personaje, para llevarla a Telde en el sureste de Gran Canaria, donde la enjaularon en un parque público, siempre rodeada de gente que la observaba, que le gritaban en noches de borracheras y le lanzaban cigarros encendidos. Ahí comencé a conocerla, su mirada se cruzó con la mía y me trasmitió tanto terror, tanto miedo y decepción con aquellos seres de dos patas.

En ese momento se inició todo un proceso de años, una larga lucha donde nos implicamos algunas personas y organizaciones, que desinteresadamente invertimos tiempo por nuestros hermanos de planeta. Esos viajeros que tenemos tan olvidados y que son maltratados con tanta frecuencia en laboratorios de experimentación, en circos, delfinarios, granjas, mataderos, etc. Seres que solo quieren vivir tranquilos y libres y que obligamos a ser nuestros esclavos para subir nuestro ego de especie dominante.

Lulú me miraba y soñaba con prados verdes bajo su manta, con árboles, con mariposas de colores, con las caricias de su mamá cuando en aquella jungla era tan feliz. Pero sabía que estaba condenada por la avaricia humana a pasar quince años en una jaula. Hasta que por fin llegó la liberación después de infinitas pesquisas y movilizaciones, incluso a nivel internacional. Logrando su traslado junto con el joven Lucas, compañero de cautiverio y Kiko, un chimpa triste encerrado y encadenado muchos años en una jaula de San Mateo en el centro de la isla.

Los tres viajaron en un avión cedido desinteresadamente por Iberia con veterinarios y muchas atenciones hasta un santuario de Madrid, donde ahora viven casi libres, ya que a la selva es imposible volver por su inadaptación al medio natural. Allí se ha curado sus depresiones, sus tristezas y se pasa el día trepando, jugando, saltando y mirando el horizonte, quizá buscando aquellos años de infancia donde la lluvia mojaba su pelo negro y era protegida por aquella comunidad asesinada, por una madre que hasta el último momento no quiso dejarla sola, que la agarró hasta que los disparos la durmieron para siempre.

Los chimpancés y otros grandes simios como los gorilas, orangutanes y bonobos están a punto de desaparecer del planeta, quedan poquitos y su extinción es inminente. Mientras los humanos están más preocupados en otras cuestiones, sin ser conscientes de que si nuestros hermanos genéticos más cercanos se difuminan en la historia de la Madre Tierra, será el principio del fin nuestra propia especie. Un final inminente si no somos capaces de evitar que se sigan esquilmando las selvas tropicales, que sean cazados por traficantes de animales para consumo de carne, o para venderlos a zoológicos y lúgubres laboratorios, donde se experimenta la crueldad llevada a los máximos extremos.

Lulú, mientras tanto sigue tranquila, Telde ya pasó, ahora se entretiene, mientras la rascan, mirando las montañas de la Sierra de Madrid, pensando en tanto sufrimiento y tristeza ya pasada, pero también en que la vida le ha mostrado la parte más cruel, pero también como todavía puede quedar esperanza entre esa especie de monos blancos, dueños de todo, para que cambien y sean verdaderos hermanos del resto de habitantes de la Tierra.

http://viajandoentrelatormenta.blogspot.com/

1 comentario:

  1. Solo desde la verdadera sensibilidad del ser humano se puede escribir esto. Esta es la esperanza de que no todos somos iguales, afortunadamente en la raza humana aun queda sensibilidad y respeto con el universo

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