martes, 27 de abril de 2010

Serenata del Pilcomayo

Cerquita del río Pilcomayo en la frontera con Paraguay, viven las comunidades Wichí, los Toba y otros sobrevivientes de la esquilmación de las madereras respaldadas por los gobiernos más corruptos de la Argentina. Allí llegamos después de muchas horas por la inmensidad de El Chaco, y pudimos comprobar como unos cantamañanas o pastores evangélicos seguían alienando aquellos pueblos, vendiéndoles la mentira de la vida eterna y el conformismo. Construyendo iglesias de madera en medio de la desolación, de la basura, de la deforestación de la selva chaqueña y de la extinción de infinidad de especies animales y vegetales.

Los Wichí, un pueblo recolector, pescador y cazador con una enorme dignidad y orgullo, veían derrumbarse todo su universo, perdían y pierden sus territorios ancestrales donde moraban los espiritus de sus antepasados, los que vieron un pueblo grande, guerrero, noble y siempre adorador de la magia de la Madre Tierra.

Mientras los colonos ya asentados en pequeños poblados meten su ganado en territorio indígena causando graves destrozos, venden por un par de pesos a los habitantes originarios botellitas de alcohol puro, que alcoholizan a unos hombres que en su mayoría no han probado las bebidas de los blancos.

Empezaban a verse ya en aquellos tiempos menores rondando los bares, casi niñas embriagadas a cambio de “regalos” por favores sexuales con unos hombres rudos y venidos de las grandes ciudades, del interior del país, de las zonas mal llamadas “civilizadas” para acabar con la vida en paz de las comunidades y con los verdaderos dueños de este país sudamericano.

Era muy triste en aquellos comienzos del año 2000 comprobar la destrucción de todo un pueblo, verlos taciturnos entre las bolsas de plástico y el viento de la derrota, escuchando las peroratas de los gordos pastores evangélicos. Personajes dispuestos a terminar con la cultura de un pueblo ancestral para ganar adeptos para su iglesia, para salvar aquellas almas de un Satanás que con plumas y pinturas de guerra hablaba la lengua de los antepasados.

De noche todavía se mantenía la tradición de los cuentos, no importaba la desolación, las enfermedades, el alcoholismo, la prostitución de las menores por los colonos. Entre todo siempre había algún viejito sabio que junto a la hoguera aglutinaba a los chiquillos y chiquillas y les hablaba de conejos, de iguanas, de cuando todavía los jaguares andaban entre la jungla espesa, de los chillidos de los coatíes, de historias que dejaban boquiabiertos a los niños y les hacían viajar por la memoria de un pueblo masacrado.

No puedo olvidarme de Luis, aquel niño de 12 años que llevaba días ingresado en un hospital de Salta por una neumonía, del momento en que trajeron su cuerpo inerte y frío a la comunidad, de cómo al ser observado por uno de los pastores que era médico le faltaban las corneas de los ojos, tenía sospechosas cicatrices a la altura de los riñones y otras marcas de operaciones que no tenían nada que ver con la enfermedad por la que fue internado.

Este claro caso de tráfico de órganos fue denunciado por los religiosos, pero cuando llegó al obispo evangélico de la provincia paralizó las denuncias tras consulta con el patriarca de Canterbury. Decidió tapar todo para evitar enfadar a las autoridades federales, no remover nada, ya que aquel niño indígena ya estaba en el cielo de los blancos.

Pasamos aquellos días de agosto durmiendo al raso, iluminados por hogueras y las sonrisas y juegos interminables de los niños, por la inmensidad de un cielo limpio, que ha contemplado durante miles de años a este y otros pueblos originarios, pueblos libres que han vivido siempre en armonía con el medio natural, pero que ahora mismo sufren la avaricia de los blancos y ven desmoronarse sobre sus cabezas lo que ha sido su universo más sagrado.

Se me quedó grabado para siempre en el alma el momento de la partida, cuando aquel hombre arrugado y de ojos profundos se acercó corriendo al todoterreno, gritando en voz muy baja: díganle al mundo que estamos aquí, que resistimos, que no hemos muerto.

http://viajandoentrelatormenta.blogspot.com/

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