martes, 20 de abril de 2010

Rosa de los vientos

Nosotros morimos perseguidos, en la oscuridad. El verdadero cementerio es la memoria
(Carta a Vicky. Rodolfo Walsh)

La rosa de los vientos le dio su nombre. Rosa viajaba libre por aquella brisa olor a lluvia entre tomateros y nidos de calandra. Era bella también a sus 25 años, habladora, sembradora de semillas en cada tarde. Ella tuvo la buena suerte de nacer en una familia humilde de San Lorenzo, un municipio canario de obreros y luchador@s por la libertad. Le gustaban las novelas de amor, las historias de los santos, sobre todo aquellos que defendían a los más empobrecidos como un tal San Francisco de Asís, defensor de causas perdidas y animales indefensos.

Mi tía Rosa García, me contaba en aquellas tardes interminables como había sido su vida, me confesó que todas las personas cuando son jóvenes son bellas, que Jesucristo era comunista, hijo de obreros pobres, de un humilde carpintero en paro que tenía que huir en una burra de los imperialistas invasores. Sembró de dulzura mi vida, de miles de historias con un trasfondo siempre combativo, disidente de los fascistas que gobernaban, admiradora de aquellos cubanos barbudos que un día entraron en La Habana y erizaron la piel de la Tierra.

Rosita, como la llamaban ya de mayor recorría la carretera general de Tamaraceite cuando iba a comprar al pueblo, y ese recorrido, cuando la acompañaba, se hacía casi eterno, se paraba a hablar con la gente, conocía a todo el mundo y cada cincuenta o cien metros hacía una pausa en su camino para saber de la vida de los demás, de aquel familiar enfermo, del hijo que se fue huyendo a Venezuela, del marido preso por sus ideas, de los estudios de los chiquillos, de las carencias de aquel sistema injusto.

Ese recorrido me dejaba boquiabierto, en el fondo me gustaba a pesar de mi jiribilla de niño inquieto. Notaba satisfacción en los ojos de las amigas y amigos de mi tía cuando la encontraban. Ella era capaz de dinamizar sus vidas, de aconsejarlas, de decirles en baja voz más de una vez que cuidado de lo que hablaban, que había chivatos del régimen en todas las esquinas.

Aquella mujer salió a la calle el 36 cuando estalló el golpe de estado, se vistió con un vestido rojo, rojo sangre y se manifestó por aquella carretera general, junto al Ayuntamiento de San Lorenzo, cientos de voces y almas la acompañaban en las consignas por la libertad, la democracia, y la legitima República apunto de ser destruida por los fascistas aliados con la oligarquía agraria de caciques y especuladores.

Esa mañana roja de verano y fusiles, nuestra Rosa fue detenida por los falangistas, después de reprimir salvajemente la manifestación, se la llevaron al cuartelillo y allí fue torturada, algunos ojos malignos disfrutaron de la desnudez de su bello cuerpo escondido tras su ropa hecha jirones, la tocaron, la humillaron, la vejaron, le pegaron y le cortaron el pelo dejándola casi calva, aquel pelo negro y largo quedó en el suelo de aquel sucio suelo de tortura y sangre.

A los pocos días la dejaron ir, no sin advertirle que si volvía la esperaba la muerte en algún pozo o agujero volcánico. Rosa salió triste, llena de magulladuras, con el alma violentada y su cuerpo manoseado por manos católicas de misa diaria. Se encerró en su cuarto sola, lloró, gritó, sintió la impotencia de ver como tanta esperanza se disolvía, como arrasaban con una República liberadora para las clases populares, fomentadora de educación gratuita, de integración de la mujer en un proceso democrático que solo pretendía que un pueblo esclavo de los poderosos fuera libre, que cada cual tuviera derecho a vivir dignamente.

Todo esos logros se esfumaron de sus manos ensangrentadas, mientras se escuchaban en las casas vecinas vivas a Franco, a España, al ejercito, mientras Rosa quemaba sus libros de Lenin, Bakunin y hasta de un tal Trotsky, que le regaló un marinero vasco que conoció la noche del triunfo del Frente Popular y del que me hablaba con ojos brillantes, como de alguien muy tierno, muy guapo, pero perseguido siempre por sus ideas.

Rosa se encerró esos meses, apenas salía, hablaba con mi abuela Lola en susurros sobre la huida de mi abuelo por los montes, del camarada Alcalde, Juan Santana, del Secretario municipal Antonio Ramírez, de Matías, de Manuel, de Domingo, de Demófilo y de otros perseguidos que iban siendo capturados como fieras asustadas por los fascistas, para luego ser condenados a muerte y fusilados por los militares sediciosos el 29 de marzo de 1937 en el campo de tiro de La Isleta.

Todo este drama lo vivió Rosa, viendo como mataban a sus camaradas, a sus amigos y familiares. Contempló como otros eran desaparecidos y tirados a simas y pozos, mientras los que tenían más suerte eran encarcelados y torturados durante años, sometidos a crueles vejaciones orquestadas y programadas por una oligarquía asesina y una iglesia católica cómplice directa de todo este genocidio.

Tuve la suerte de compartir muchas tardes con Rosa en aquella casita de tejado de Tamaraceite, allí me desveló sus amores, sus luchas, lo que pensaba del mundo, su esperanza de que aquella salvaje dictadura acabara. Mis ojos de niño entendieron muchas cosas de lo divino y de lo humano, de dios y de los hombres, del amor y de las sombras más tristes de una mujer sola ante el peligro, que decidió quedarse soltera de por vida, quizá por decidir vivir libre en sus pensamientos libertarios, como acto de protesta ante una sociedad enferma y contra los que la vejaron aquellos días de Julio.

Entre aquellas historias que olían a flores me envolvió de mucho amor, me enseñó libros ocultos bajo el colchón, releídos en mil noches de velas y silencio. Me mostró que el mundo se puede ver desde distintas ventanas, que no es oro todo lo que reluce ni falta que hace. Que el amor está en cualquier esquina esperándote y que la dignidad es la mejor premisa para ser libres.

Uno de los últimos días que estuve con ella me dijo que sentía un ruido en sus oídos, algo como un zumbido, que soñaba con los golpes que le dieron los vestidos de azul, que no se sentía bien, pero que seguía con esperanza el trascurso de los días. Luego se fue como si nada, sin hacer ruido, se quedó dormida una noche de lluvia y desapareció haciéndose eterna en la memoria.

http://viajandoentrelatormenta.blogspot.com/

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