jueves, 25 de marzo de 2010

Tigres que no sueñan

Cuando caía la tarde Sinkra se apretujaba contra su madre que la lamía en aquella pequeña jaula y casi se dormía, solo la interrumpía el sonido de los chillidos de los chimpancés más jóvenes y sus juegos casi continuos. Aquella tigresa de Bengala de solo 4 años había nacido en aquel lúgubre zoológico, jamás había pisado la tierra, la hierba fresca, nunca había podido oler las flores y aún menos rascarse la espalda contra un árbol.

Tasila, la abuela de aquel grupo de tigres enjaulados de por vida conocía la naturaleza en estado puro, hasta que fue capturada cuando era casi una bebé de pocos meses por traficantes de animales en Ranthambore la India. Ella les relataba a los más jóvenes cada noche en aquella cárcel para animales salvajes, la vida en aquella selva lluviosa, como su madre la tuvo con otro hermanito en una cueva en los más profundo de aquel paraíso montañoso.

Contaba la anciana tigresa como era el sabor de la sangre de las presas recién cazadas, el olor de la hierba, el ruido de la lluvia monzónica cayendo sobre los altos árboles. Era la única del grupo de cautivos que conocía la vida en libertad, que sabía lo que era la felicidad de sentirse libres y recorrer cada día cientos de kilómetros por la oscura inmensidad en busca de presas.

También hablaba de cómo aquellos seres de dos patas y un olor muy raro les iban invadiendo sus territorios ancestrales, deforestando, asesinando por el simple hecho de matar, para luego, en muchos casos todavía vivos, arrancarles la piel y cortarles la cabeza no sabia muy bien con que objetivo.

La anciana les relató como un día llegaron aquellos seres montados en elefantes y asesinaron a su madre y capturaron herido en la columna vertebral a su padre para luego entregarlo a aquellos perros gigantes que lo devoraron todavía con vida.

La vida en aquella jaula tan reducida suponía un sufrimiento permanente. Sinkra siempre pegadita a su madre lo sabía, a pesar de no conocer otro mundo que aquel pequeño recinto. Un lugar donde cada día venían esos seres de dos patas y los miraban, se reían, les observaban a través de unos objetos que echaban luz como relámpagos y que tanto les asustaban. El que parecía el líder de la manada de los de dos patas venía cada día y daba órdenes a los que tiraban a través de los barrotes la escasa carne que podían comer en medio de tanta hambre y desolación.

Aquella rutinaria existencia suponía vivir en una permanente tristeza y aburrimiento, solo alterado por algún acontecimiento accidental, como aquel día de agobiante calor en que una familia de chimpancés con sus bebés logró escaparse de la jaula vecina, metiéndose por error en la de los grandes felinos. Ese día hubo mucha carne y los más pequeñitos pudieron probar la sangre fresca, todavía caliente de los grandes simios.

Al rato llegó el líder de los de dos patas y que se metía cada día en la charca de los cocodrilos y montó un gran escándalo. Gritaba mucho, pero los tigres no entendían nada, luego vinieron otros con uniformes verdes, todos gritaban, vociferaban y al rato se rieron a carcajadas, se apretaron las manos, bebieron de unos recipientes llenos de un líquido espumoso y parecía que pactaban o llegaban a un acuerdo de silencio para que otros monos blancos no supieran lo que había pasado.

Mientras tanto solo quedaba vivo un bebé de chimpancé que se había escondido detrás de la talla del agua, todavía Sinkra recuerda su mirada asustada, triste. También como ella había nacido en aquella horrenda prisión, no conocía las hojas, ni sabía subirse a los árboles como sus hermanos de África. Al final aquel bebé logró salir por una parte rota de la verja con suficiente espacio para meter la cabeza y escaparse de una muerte segura. Sinkra no dijo nada, no avisó a los machos de su grupo, dejó que aquel hermano de sufrimiento salvara su vida. Su mirada le dijo mucho, le trasmitió el terror de vivir enjaulados y maltratados de por vida.

Aquella mañana de marzo hacía calor y muy temprano se escuchaban las voces y las risas del que se metía a nadar con los cocodrilos. Su madre ya había muerto enferma por la falta de comida hacía unos años y Sinkra ya era toda una tigresa de Bengala adulta. Estaba embarazada y cada día notaba las pataditas de aquel pequeño príncipe que pronto vendría a la Madre Tierra.

Al rato llegó aquel ser enjuto que les traía la escasa carne, que golpeaba siempre fuertemente los barrotes y gritaba para asustarlos. Hizo lo de siempre abrir una parte de la verja, tirar la carne y con una manguera llenar el pequeño agujero que cuando se acordada limpiaba y que siempre olía muy mal. De repente empezó a mirar para otro lado, atendía las voces o rugidos de su amo, el jefe de su manada le pedía algo desde lejos y entonces seis de los tigres y Sinkra de un salto salieron de la jaula.

Se vieron libres, podían andar sin los límites de unos barrotes, había tierra, se revolcaron, corrieron, los más jóvenes jugaron a perseguirse, olieron las flores y Sinkra supo lo que era rascarse contra un árbol rugoso y seco. Recorrieron la charca de los cocodrilos, vieron a los chimpancés muy de cerca, observaron a otros animales de mirada triste que también vivían en aquel espacio para sufrir. Al rato se oyó mucho ruido, el jefe de la manada de seres de dos patas vociferaba mucho más, daba golpes, tenía en las manos un objeto alargado y metálico. Varios de los tigres habían salido del recinto y se oían llegar muchos monos blancos, todos gritaban, y tenían en sus manos aquellos objetos metálicos grandes y pequeños.

Sinkra se sentía libre y recordaba las historias de la vieja Tasila de selvas lluviosas, de la inmensidad de la noche, de las lluvias durante meses, de la carne fresca recién cazada. Pensaba que ella y su futuro bebé iban a poder vivir en aquellas montañas resecas de aquella isla. Ya pensaba buscar un refugio solitario para parir cuando se oyó un estruendo, muchos truenos y seres que gritaban, mucha sangre, rugidos, lagrimas y un intenso dolor en todo su cuerpo, como algo caliente que se le clavaba en la piel, que la destrozaba por dentro entre las risas de los simios blancos y mucho ruido.

Cuando se dio cuenta ya no podía andar y se vio tirada entre hierbas y espinos, miraba las montañas, aquella posible cueva para dar a luz, el olor calido de la libertad. Mientras tanto los monos vestidos de verde seguían haciendo ruido con aquellas varas metálicas y riendo a carcajadas y Sinkra sintió mucho sueño, mucho dolor, mucha fatiga hasta cerrar los ojos y ver una inmensa luz y el ruido del viento, el sonido del canto de los pájaros.

Al fondo de aquel pasillo selvático pudo ver a su madre y a la vieja Tasila que la esperaban sonrientes, como invitándola a saltar desde aquel fuego de tristeza y desolación para llegar a una inmensa selva que olía a una fragancia humeda y fresca, a lluvia, a flores, a sangre fresca, a carne. Se incorporó, ya no sentía dolor y caminó, miró la inmensidad sobre un montículo y aquella selva se perdía en el horizonte. No había más que sentirla, que dejarse llevar por el instinto salvaje y sentir que la muerte la había liberado de la más terrible prisión, que ahora si era capaz de soñar.

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