miércoles, 24 de febrero de 2010

Luna de invierno

Aquella perra era capaz de reconocer la muerte en los ojos de las personas, con solo una mirada escrutaba el futuro, la salud, el tiempo de existencia en la tierra. Luna era negra azabache, los ojos de un marrón intenso y unas ganas permanentes de caricias y juegos.

Llegó a la residencia ella sola una tarde de lluvia, de aquel invierno tan frío, precisamente la noche en que murió Margarita, aquella mujer del interior de la isla abandonada por su hija.

Luna se adaptó enseguida a la vida del asilo, se la veía en las mañanas saliendo de las habitaciones, rebuscando entre las hierbas del pequeño jardín como ansiosa de sentirse útil, reconocida, valorada. Hasta que un día ocurrió aquel suceso inolvidable. Esa noche la perra no quiso comer aquellas sobras del potaje, no se separaba de María Olga, apostándose junto a su cama como triste, tratando de lamer la mano de aquella mujer enferma, como de consolarla en unos momentos de sufrimiento y soledad.

Sucedió de repente, nadie lo esperaba, cuando Luna comenzó a aullar como una loba, el edificio se estremeció, las ventanas parecían vibrar ante aquel estremecedor sonido, aquel llanto desgarrador prologo de una muerte anunciada. Luna se subió a la cama y se acurrucó junto a María Olga, nadie lo evitó, todos la dejaron y le entrego todo el inmenso cariño que un perro puede entregar a una desconocida. En ese momento la anciana murió abrazada a su amiga, sintiendo su pelo negro, su calor, ese olor que desprenden los animales cuando aberruntan la muerte.

Después de este suceso, Luna se pegaba a las internas que iban a morir en los próximos días. Se convirtió en una perra mucho más madura, que acompañaba a todas aquellas mujeres solitarias y tristes, las miraba, les lamía las manos y si la dejaban su rostro. Presentía la muerte y sabía que su función era consolar, hacer más fácil el transito hacia la oscuridad o hacia la luz

Era extraño verla en el jardín mordisqueando una piedra y de repente, como si recibiera una orden divina, dejaba sus juegos y se acercaba a la elegida, a su cama o a su sillón en la sala del televisor. Su rostro de perra feliz cambiaba, se ponía seria, sus ojos siempre húmedos reflejaban dolor y a la vez se percibía como un halo de esperanza, una mirada misteriosa como de saber lo que tenía que hacer para hacer más sencillo ese viaje hacia lo desconocido.

Cuando Luna se fue aquella noche, todas en la residencia la extrañaron, nadie sabe que fue de ella, ni porqué se marchó. Solo quedó de ella aquella piedra con la que siempre jugaba, las huellas de sus patas en el barro del jardín y una sensación en el aire de que algo mágico había estado sucediendo en aquellos años remotos. Desde entonces toda la gente del pueblo habla de una perra negra, abandonada, que viaja de noche por los montes y se presenta en las casas de los moribundos, tumbándose en la puerta, no dice nada solo espera el momento definitivo de la partida.

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