martes, 3 de mayo de 2016

En la antesala del infierno

En el campo de exterminio de “El Lazareto”, en la Bahía de Gando, Gran Canaria, las enormes ratas de cloaca andaban sobres los hombres hacinados en las literas de madera, tenían la habilidad de roer las orejas de los presos republicanos y anarquistas mientras dormían, una especie de anestesia en su saliva evitaba el dolor, devorando lentamente la carne fresca de aquellos cuerpos desnutridos y famélicos, solo hueso y piel, desgarrados por el duro trabajo esclavo, las torturas salvajes de los criminales falangistas y los “Cabos de vara”, que a todas horas golpeaban, maltrataban, humillaban, violaban, sacando de madrugada a los que iban a ser desaparecidos por las siniestras y criminales “Brigadas del amanecer”.

Los metían en los camiones aportados por los betancores, el conde, la marquesa, los Bonny, Yeoward, Leacock y otros terratenientes para llevarse a los hombres a los lugares del crimen, simas, pozos, la Mar Fea, las fosas de Pasito Blanco, Los Giles, Amadores, Guayadeque, Tecén, Tamadaba, Linagua, Guguy…, mil rincones de la isla repletos de muertos, restos humanos en putrefacción, cuerpos destrozados por las brutales torturas.

Miles salían hacía ese destino desconocido, los llantos y despedidas en los sucios barracones cuando se los llevaban, afuera la fila de vehículos, el olor a combustible, racimos de plátanos, tabaco de Virginio, la sangre impregnada en las pingas de buey, las varas de acebuche con trozos de carne humana, utilizadas para descuartizar aquellos cuerpos destruidos, el ron de caña, las botellas compartidas por los asesinos, las risas de los terratenientes que presumían de haber violado a las esposas, madres, hijas y novias de los detenidos, secuestradas en los centros de detención y violaciones colectivas en las propiedades del corrupto Conde de la Vega, del teniente Barber, del coronel Bombín, del capitán Soria, de los caciques británicos, la mafia que integraba la interminable lista, junto a la Iglesia Católica del robo de niños, de los brutales abusos sexuales contra mujeres inocentes, estandartes de la lucha por un mundo mejor, ahora humilladas, vejadas, asesinadas, también desaparecidas.

La vida en el campo de exterminio seguía cada día como un universo inalterable, el salitre del infinito océano parecía impregnar la energía del dolor de caricias de mar, algo así como la incineración del infierno en el brutal abismo de la muerte.

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Auschwitz: Franquismo es fascismo

domingo, 1 de mayo de 2016

Esclavos del odio

Los trabajadores esclavos realizaban su jornada de sol a sol en la finca cercana a la Sima de Jinámar, los encargados les pegaban con varas de acebuche si disminuían el ritmo de carga de piedras para hacer los bancales de cultivo, rocas gigantescas, un peso demasiado alto para quienes solo hacían una comida al día a base de pan y agua.

El patrono de los Ascanio, tenía carta blanca de Falange y la Guardia Civil para explotar hasta la muerte a los obreros desnutridos, hueso y piel, como fantasmas errantes andando entre el barro y las tuneras, bajo el sol abrazador.

Los más débiles y enfermos, los que se rebelaban, eran arrojados vivos sin piedad a los dos pozos de más de setenta metros, profundos como el infierno. El abismo donde caían, despedazados contra las afiladas paredes volcánicas, no se escuchaba nada en un rato, volaban hacia la muerte, destrozados, famélicos, hasta el violento choque con el agua fría, una especie de estrépito terrorífico.

El sargento primero, Octavio Penichet, asesino psicópata de Tamaraceite, venía junto a Gustavo J. de Armas, el criminal falangista y pederasta reconocido, amigo íntimo de Eufemiano, experto en arrojar gente a la Mar Fea y a la conocida sima teldense, inspeccionaban los distintos puntos donde trabajaban los esclavos, en las fincas sureñas del Conde de la Vega Grande, las haciendas de la Marquesa de Arucas, los tomateros de “Los Betancores” en Los Giles y Santa Lucía, más de mil ochocientos hombres que laboraban a destajo cada día desde las cinco de la mañana a las diez de la noche sin parar, apaleados, con la piel hecha trizas por los latigazos de la pinga de buey. Su siniestra función era el recuento y seleccionar a los que ya no les servían para asesinarlos, llevarlos a los pozos, a la finca de La Noria junto a Bocabarranco, a cualquier agujero donde nadie pudiera rescatarlos de la eterna crueldad, pegarles un tiro en la nuca, enterrarlos en cualquier pinar o arrojarlos al vacío, al abismo brutal de las entrañas de la tierra.

Los esclavos del Maipez fueron todos asesinados en pocos meses antes del 39, arrojados a los dos pozos de la finca, uno a uno, vivos, atados con las manos a la espalda, desnutridos, con la piel destrozada, en carne viva, semidesnudos cayeron como aves migratorias vencidas por el viento de la angustia, allí siguen esperando ser visitados por el amor inmenso, la caricia universal de quienes los siguen buscando en el fraterno camino de la dignidad.

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Esclavos forzados republicanos, durante una visita de autoridades a Cuelgamuros 
para supervisar la marcha de las obras del Valle. Fotogramas congelados
 proceden de "1939-1940 Vencedores y Vencidos. 
Los años del NODO"Fuente: Blog "Todos los nombres".

sábado, 30 de abril de 2016

La risa petrificada

Ros Mari Morales, dejó al bebé sobre el mullido colchón de paja, el chiquitín sonreía con la pancita llena de leche materna, calentito, inconsciente de todo lo que sucedía. Chusi, el perro ratonero, miraba triste como “la brigada” se iba a llevar a su amada dueña, la abuela Ramona Ascanio no entendía la arbitraria detención. 

Le amarraron las manos a la espalda, mientras Eufemiano Fuentes le rompía el camisón para chuparle las tetas.

Emiliano Bonny y Don Juan, el cura de Telde, pistola al cinto, se carcajeaban del impulso lubrico del empresario tabaquero, José Miguel Bravo de Laguna apuraba la botella de ron de caña y el cigarro de Virginio, en el camión aparcado junto al viejo camino de tierra de Las Meleguinas iban cinco hombre s y dos mujeres, arrodillados con las caras ensangrentadas de los golpes propinados por el grupo de falangistas más jóvenes, casi niños, uniformados de azul y correajes.

Dejen que me lleve a mi niño por favor –dijo la mujer tratando de librarse de las mordidas y lametones del fascista en sus pechos-

En menos de un segundo el teniente Barber le dio un culatazo en la nuca que la derribó al suelo.

- Muy bien oficial, buen golpe, dormidas se folla uno mejor a estas hijas de puta, rojas de mierda,  asquerosas –dijo el jefe requeté Benítez de Lugo, hermano de la marquesa de la ciudad norteña de las piedras de cantería.

La anciana abuela Ramona lloraba, aullaba de terror, el bebé se despertó del placido sueño y miraba con los ojos muy abiertos todo el bullicio, hombres con armas en la mano, golpes, gritos, muebles volando por encima de su cunita de madera.

Se llevaban a Ros Mari, dos guardias la levantaron en volandas, dejando un reguero de sangre que salía de la parte posterior de su cabeza, una raja de más de cinco centímetros por la que brotaba el liquido rojo, de sus pechos desnudos salía leche que se mezclaba con el barro, la hierba y las piedras del camino hacia Las Palmas.

José Juan Samsó golpeó también a la anciana en el cuello con la pistola, la desgraciada mujer se quedó de rodillas en el patio bajo la higuera, no podía hacer nada, imposible evitar que se llevaran para siempre a su nieta, aquella niña especial que desde muy pequeña hablaba de justicia, de respeto por todos los seres, desde que empezó a estudiar en la escuelita de la maestra Juanita Tejera, asesinada semanas antes en el primer pozo del barranco de Guayadeque, arrojada viva por Peter Yeoward y sus compañeros de centuria falangista. El cacique inglés era experto en torturar y violar mujeres hasta la muerte, en este caso prefirió dejarla vivir hasta el último momento de lanzarla al abismo.

Jamás le perdonaría que diera clases sin cobrar a los hijos de los obreros de Aguimes e Ingenio, varios de Temisas, que les hablara de un futuro mundo liberado, de fraternidad, igualdad y solidaridad. Por todo eso y más planificó su sacrificio meses antes del golpe de estado, lo compartió con sus amigos de la oligarquía en las fiestas elitistas de la casa del Conde de la Vega en Tirajana, siempre entre las risas alcoholizadas de lo más sucio y podrido de la llamada “alta sociedad” isleña.

La pobre Ros Mari recuperó la conciencia en el camión, estaba atada de pies y mano, no podía moverse, solo tuvo tiempo de gritar a su abuela que cuidara de Pedrito, que le pidiera leche de cabra a Cho Juan el de La Calzada, que si lloraba de noche lo acurrucara en la cama, que así se dormiría prontito.

La caravana de la muerte partió, Ramona se quedó mirando cómo se perdía carretera abajo, dejando atrás el humo del oloroso combustible, el polvo insoportable, un indescifrable olor a sangre y flores. Se acercó al lecho del bebé, movía sus manitas, los ojos le brillaban, esbozaba una leve sonrisa cuando vio el pelo despeinado de su abuelita, la cara de asombro y miedo, el silencio inundó el aislado pago mientras los alcaravanes cantaban la salida de la luna llena.

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lunes, 25 de abril de 2016

Los ahogados de La Laja

Los encontramos por casualidad, desconocíamos que existieran, buscando en los amarillentos papeles de los archivos del cementerio vimos el dato, el lenguaje del horrendo crimen oculto en la burocracia de lo que llaman “democracia española”, enseguida supimos que todo era mentira, que eran más compatriotas asesinados, luchadores por la democracia y la libertad masacrados a partir del golpe de estado fascista de 1936.

“Los ahogados de La Laja”, son tan solo una cifra más en el archivo de inhumaciones del cementerio de Las Palmas, unos números y letras que son parte de la ocultación premeditada de los republicanos y anarquistas que yacen en la fosa común del campo santo, hombres y mujeres atados de pies y manos, arrojados desde los riscos de la Mar Fea al encrespado océano, a las corrientes inmensas, metidos en los sacos donados por los terratenientes agrícolas, los cómplices del genocidio fascista en Canarias, que contribuyeron a que más de 5.000 personas fueran asesinadas por defender la legalidad constitucional.

Los tiraban de madrugada, venían los camiones de las “Brigadas del amanecer” cargados de cada pueblo de la isla, de norte a sur, de este a oeste, para desaparecerlos en pozos, simas, chimeneas, agujeros volcánicos, fosas comunes en fincas privadas de una oligarquía criminal, muertos y muertas, republicanos, anarquistas, comunistas enterrados al lado del campo de golf, de la piscina, del chalé de lujo del spa, de haciendas cuyos propietarios de apellidos vinculados al genocidio fascista isleño actualmente son constructores, diputados, concejales, alcaldes, jueces, “gentes de bien”, como dicen en el corrupto partido de la Gürtel.

Una de estas fosas está en una finca privada del sureste de la isla que se alquila para la celebración de bodas y fiestas, a pocos metros del banquete, del cotillón, de las borracheras colectivas, están enterrados en dos pozos más de cincuenta demócratas asesinados sin que ninguna institución pública haga nada. Todo tapado y bien tapado, una flagrante complicidad con el holocausto franquista en Canarias, lo mismo que con los ahogados, las vergüenzas de un estado miembro de la Unión Europea, el que presume de país moderno, que se permite desde su gobierno el lujo, la exigencia del cumplimiento de los derechos humanos en otros países, por supuesto siempre a miles de kilómetros del escenario de sus corruptelas y vergonzosos abusos de poder.

No es casualidad que España sea el segundo país del mundo con mayor número de fosas comunes de personas asesinadas por el estado después de Camboya, por eso “los ahogados de La Laja” son un símbolo más, cientos de motivos para seguir luchando hasta el final, desenmascarar a quienes pretenden evitar que esta fosa común del cementerio de Las Palmas pueda ser exhumada, que siguiendo órdenes de los herederos de los criminales traten por todos los medios de colocar un monolito, un monumento a la vergüenza sobre los cientos de restos, para que jamás se conozca lo que realmente sucedió. No lo vamos a permitir.

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Escultura submarina de Jason de Caires Taylor

sábado, 23 de abril de 2016

Del que caminara con la muerte

Cuando se metieron en la cama Raquel sintió aquel cuerpo cálido en la oscuridad, venían de cenar de aquel bosque perdido, por encima de la costa mediterránea, el pueblo desconocido donde llegaron con el viejo coche de Carlos en un recorrido de curvas y lluvia sosegada, aquel restaurante invadido de vegetación donde comieron al aire libre en su primera cita, devorando con hambre inmensa la gigantesca ensalada, los pimientos asados, el queso frito, el pan con tomate y aceite, la jarra de vino de la tierra, un sabor afrutado como los besos que se dan en las puestas de sol.

Ella enseguida comenzó a gemir, un sonido que se confundía con el canto de las lechuzas que comenzaban el viaje nocturno, las caricias eran una nueva aventura, un descubrimiento de cada centímetro de piel de aquellos cuerpos entregados al amor y el salitre, sumergidos en ese viaje del sentimiento primerizo, el que no se sabe hasta donde será capaz de sobrevivir en ese acantilado infinito de sueños y raíces.

Se besaban, besos largos, lenguas enredadas, saliva, entre sabanas frescas y un olor a rocío, a tierra mojada y leña recién quemada, el fuego de dos cuerpos abrazados, algo así como el incienso que aroma los años felices, los que jamás se vuelven a repetir.

A pocos metros de la humilde casa rural de la señora de las rosas, del jardín inclinado sobre la ladera invisible, en el bosque de sauces descansaban los huesos, el legado de los guerrilleros del incipiente maquis, el pequeño grupito de hombres y mujeres que vinieron de Francia en los años 40, cuando los nazis perdieron la guerra, allí mismo fueron acribillados a balazos ante la hoguera. Ni siquiera se los llevaron, los enterraron donde murieron, un espacio más, uno de los cientos de miles que inundan las tierras de esa España irreal, ficticia y construida con sangre inocente y tortura.

Sobre los restos de Marga, Jordi, Laia, Samuel, Ricardo “El Bierzo”, Antonio “El Gomero”, los heroicos combatientes de la resistencia francesa. 

Meses antes habían entrado en Paris triunfantes junto a la unidades móviles de La Nueve, para luego morir en la humilde selva de Arenys, más allá de la montaña de Can Puig, cerquita del riachuelo donde la noche antes se bañaron desnudos.

Allí cerquita se amaron toda la noche Raquel y Carlos en la cama de caoba de la abuela Rosalía, la novia de Ernest Ricard, el joven alcalde republicano desaparecido del pueblito sin nombre, el que quemaron los fascistas la misma noche de la masiva ejecución.

La pareja se quedó abrazada, silenciosa, ensimismada, agotados de amarse, de sentirse, de navegar uno dentro del otro en un universo interminable, entre las mantas revueltas y mojadas del liquido del amor, desnudos, mirando al techo oscuro, donde parecían dibujarse caras y perfiles de seres desconocidos, abocados a la nebulosa estrellada de la parte más tierna de la historia.

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Columna del maquis. Imagen: "Crónicas a pie de fosa"

viernes, 22 de abril de 2016

La escena del crimen

El agente judicial dio la orden de derribar la puerta de la vieja estancia del barrio de San José, en la loma, cerca de la batería militar en la isla de Gran Canaria, ese lugar laberíntico de hogares humildes, donde Juan Sosa Espino había comprado la diminuta casa que nunca pudo pagar. Los policías derribaron la portada agrietada por la carcoma y lo primero que vieron fueron dos piernas colgando y debajo un inmenso charco de orines. Los funcionarios se impresionaron, dieron un paso atrás, algunos salieron espantados de la vivienda que iban a desahuciar.

La cara de Juan con los ojos abiertos parecía mirarlos como si ya no sintiera dolor ni preocupación, había planificado su muerte de forma minuciosa, colgado de la argolla del techo del saco de boxeo que el narcotraficante que le vendió la propiedad usaba para entrenarse. Se subió a la silla, se ató la soga al cuello, le vino un ataque de risa no sabía porqué pero no podía parar, luego comenzaron a correrle las lágrimas por la barba cana, una mezcla de sensaciones, pero tenía claro que la muerte era la solución, no dejaba de mirar la carta del juzgado donde ponía fecha al desalojo con sanción, tener que seguir pagando la hipoteca aunque perdiera la casa para siempre.

Al rato se personó el juez, en la calle mucho bullicio, los paisanos asomados a las ventanas, a las azoteas, desde fuera era fácil verlo colgado, como una señal contra los abusos de poder de un gobierno corrupto. La televisión encendida mostraba los escándalos de corrupción de Rita Barberá, la liberación del delincuente Fabra sin haber cumplido condena, Rajoy hablando de honradez en su partido, la enésima y surrealista versión de Soria sobre su millonario pelotazo panameño.

Era curioso, nadie apagaba la tele, hasta los policías se entretenían mientras el juez y varios agentes de paisano observaban el escenario del suicidio, Albert Rivera hablaba de que lo mejor era el gran pacto PSOE-PP-Cs por “el bien de España”. La presentadora de TVE, una rubia con rostro resabido, un peinado de barbie de la Gürtel, luego apareció Cospedal hablando de decencia política y moral, de que Rita era una mujer honrada, que estaba segura de su inocencia en las numerosas tramas de corrupción donde aparecía vinculada.

La calle se inundó de personas desesperadas, de jóvenes enganchados al crack, la heroína y las pastillas, de vecinos desempleados y mujeres con niños desnutridos en los brazos, hasta que llegó una hermana de Juan y comenzó a llorar a gritos, acusando al BBVA, a los policías y al juez de asesinos, de forma inmediata dos policías la retuvieron y al resistirse la tiraron al suelo, le pusieron una rodilla en la espalda de forma salvaje y la esposaron. Se hizo un gran silencio, nadie decía nada, todos miraban paralizados ante la extrema violencia policial, mientras por los ojos de Juan seguían saliendo lágrimas.

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martes, 19 de abril de 2016

Su problema es no tener muertos en la fosa común del cementerio de Las Palmas

No, no tienen muertos en la fosa común del cementerio de Las Palmas, ni Maximiliano el que vive en Londres y viene a la isla como asesor “en nada” a entorpecer la exhumación, haciéndose llamar “Max Painer”, para darse un toque cosmopolita y europedo, ni el concejal Millares, ni el pseudoexperto en fosas, el hombre monolito, Pedro Alberto García Bilbao, “Don Pedro”, como le llamaban estos días en un alarde colonial y caciquil.

Ninguno de los que bloquean la exhumación de esta fosa tiene muertos en ese agujero del horror. Mi abuelo, Francisco González Santana, si que está ahí, acurrucado, con un tiro en la nuca después de ser torturado y asesinado salvajemente, sus huesos siguen entre el barro y la sal, en esa tierra manchada de sangre obrera, de injusticia, de genocidio, de un holocausto jamás vivido en estas desgraciadas islas.

Ni uno tiene muertos en esa fosa pero se sienten con poder para decidir, para apartarnos, mentirnos, engañarnos, utilizarnos en un homenaje pomposo con música de chelo, una perfecta farsa para justificar dejarlos ahí enterrados para siempre, para manipular a las familias, para reírse en nuestras caras de nuestro dolor ancestral, de un sufrimiento de ochenta años, de mi padre con noventa años que fue testigo del asesinato de su hermano Braulio en su cuna por la Brigada del amanecer, que vio como se llevaban con las manos atadas a la espalda a su adorado progenitor, al cabeza de familia asesinado por los fascistas el 29 de marzo del 37, dejando viuda y tres huérfanos descalzos.

Todo ha sido un burdo montaje desde un principio, una estafa en toda regla, fuimos gilipollas, demasiado ingenuos al creernos que el concejal Millares, que el alcalde Augusto Hidalgo iban a tener voluntad política para sacar los huesos de nuestra gente, prefieren montar un monumento tal como les aconseja el prepotente “Don Pedro”, un monolito que se pueden meter por el culo, que las familias vamos a denunciar en el juzgado en el momento en que lo aprueben.

No permitiremos jamás que sobre los huesos de nuestros muertos monten un esperpento a la vergüenza de un escultor “amigo”, no, no señores, no lo vamos a permitir, o se abre la fosa y se sacan todos los huesos o no aceptaremos que se trate de mantener a nuestra gente bajo tierra, que se den un baño mediático inaugurando una escultura sobre los cientos de restos de los defensores de la libertad y la democracia, de mi abuelo, del alcalde de San Lorenzo, del periodista asesinado a palos en el campo de concentración de La Isleta, Manuel Fernández, de Francisco Moriñigo, de Juan del Peso de Telde, de tantos y tantos hombres justos y dignos que no merecen este trato por parte de un supuesto gobierno municipal de “izquierdas”.

Aquí estamos, estaremos siempre para no permitir que estos personajes sigan contribuyendo a la ocultación de los más de 5.000 crímenes franquistas en Canarias, no lo vamos a consentir, lucharemos hasta el final, usaremos todos los recursos a nuestro alcance para evitarlo, sabemos que la lucha será larga, quizá cuestión de años, pero tenemos muy claro que vamos a vencer y podremos acariciar nuestros huesos amados.

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Santalla (El Bierzo, León). Fuente: memoriahistorica.org.es

domingo, 17 de abril de 2016

Crónicas de un antisistema, unas páginas que laten

Cuando tengo un libro entre mis manos lo primero que hago es olerlo, tocarlo, acariciarlo, sentirlo en mi corazón, impregnarme del aroma de la tinta, de ese papel que vino de hojas de árboles perdidos, talados, destruidos, en cualquier lugar masacrado de la madre tierra.

Esta vez me llegó una publicación por casualidad, un amigo, un editor, quería mi opinión, que escribiera algo sobre algo que ha sido siempre parte de mi vida, la lucha por un mundo mejor, el combate contra un sistema criminal, contra un régimen que aún en 2016 sigue siendo fascista, reprime, mata de hambre y suicidios inducidos, programa sus montajes policiales, judiciales, para encarcelar a personas justas, para meternos el miedo en el cuerpo y convertirnos en vegetales muertos, inertes, tristes, desesperados, sin nada más que ofrecer que desaliento.

Por todo esto y más, ahora escribo sobre esta obra de arte llamada, “Crónicas de un Antisistema”, escrita por José Manuel del Río, nacido en A Coruña, en 1982. Un pibe joven que lleva una década en Barcelona ejerciendo como abogado penalista, vocacional, defensor de causas justas en su bufete del combativo y maravilloso barrio de Gracia, en ese corazón palpitante de esta ciudad que tanto quiero, de la que guardo tan bellos recuerdos, donde muy cerca, a varios kilómetros, vive uno de los seres que más quiero en el mundo, mi hija Iraia.

Recomiendo este libro a toda persona que quiera conocer lo que es la lucha de personas comprometidas, ese entramado que desconocemos, que desde la falsimedia nos muestran como un mundo de terrorismo y violencia, cuando la verdadera violencia, el saqueo, el robo, lo ejerce el estado, sus esbirros policiales, sus corruptos políticos, la corrupción constante que inunda nuestras vidas y que viene de coches oficiales, de prostíbulos caros, de lujosos palacios donde viven a cuerpo de rey los zánganos, los ladrones, los delincuentes que castigan a nuestra gente, que nos condenan a millones de personas a sobrevivir entre miedo, miseria y hambre de sueños.

Esta publicación de José Manuel es una aventura apasionante desde que comienzas a leerlo, cada una de sus páginas te enreda, te sientes parte de los avatares de personajes desesperados, de esa estrategia romántica que libera las entrañas de la conciencia, lo feo también, lo más oscuro del ser humano, pero siempre presente la brisa limpia de una playa de Marruecos, la llovizna fresca de la esperanza.

No te lo pierdas o cuando veas la tv después de un disturbio en cualquier urbe de la represión desconocerás, no sabrás hasta donde llega la verdad, la odiosa mentira.

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La guarida de las heridas abiertas

Habían depositado en el mar los cuerpos de Ramón Sanabria y Jorge Alberto Mederos, se hundieron rápido, eran dos más de los doce muertos, los que no aguantaron el hambre y la sed perdidos en aquel insondable océano entre Tenerife y la costa africana, la que eran incapaces de encontrar en la inmensidad, la quietud de aquel jueves de septiembre del 36, mientras las ballenas rorcuales avanzaban hacia un lugar desconocido, quizá el continente americano, el sur del continente negro, donde los gigantescos tiburones blancos perseguían a las focas monje, como ellos mismos fueron perseguidos desde que estalló el golpe de estado el 18 de julio, cuando todas las fieras criminales se unieron para asesinar a quienes luchaban por un mundo mejor.

Solo quedaron en la pequeña embarcación Elvira Rodríguez, Manuel Fonte, Anastasio Cubillo y Azarías Santana, los restos de aquella expedición de la esperanza que partió desde Taganana en el barquillo atunero aquella madrugada, en la oscuridad repleta de estrellas, mientras en el húmedo bosque de Anaga se escuchaban las partidas de falangistas, los ladridos de los perros, las arengas de los jefes fascistas al numeroso grupo de hombres ansiosos de más sangre, de más mujeres para violar, de más cuerpos para torturar hasta la muerte.

La corriente les llevaba, parecía que no avanzaban, pero cuando amanecían los cuatro abrazados para protegerse de la gélida temperatura oyeron el canto de los pájaros, el pobre “Tacho”, como le llamaban, se elevó y vio la inmensa playa a varios cientos de metros, todos remaron con las manos hacia el desierto del Sahara, a pocos metros de llegar vieron los lobos marinos tumbados al sol, no se inmutaron, solo los miraron como quien ve un espejismo, algo irreal en la inmensa tranquilidad de un paraje inhabitado, donde los seres humanos no existían, solo la magia, la sal, el naufragio de la inocencia.

Se bajaron antes, abandonaron la barcaza casi destrozada después de un mes y medios en alta mar, desnutridos, secos de sed, caminaron con el agua a la cintura, Azarías tomó en brazos a Elvira que estaba semiinconsciente, deshidratada, llegaron y se tumbaron en la arena limpia y casi blanca, olía a hierba fresca y no se veía vegetación, algo así como las fincas de tomates de Guimar entre el maipez volcánico, durmieron bajo el sol mañanero, como si ya se hubieran librado de la muerte segura, de la tortura, de los abusos de aquella banda de asesinos que habían quedado al otro lado del mar, en la amada tierra isleña, la que jamás volverían a pisar.

Despertaron, no sabían la hora, solo que el sol estaba ya casi a punto de ser devorado por el horizonte, decidieron andar hacia el interior, varias horas después, lejos ya del mar, vieron luces, una hoguera y varias jaimas alrededor, se acercaron y les recibieron varias niñas con agua y leche en cantaros de barro, Manuel les preguntó en francés quienes eran, una mujer de manos pintadas con dibujos laberínticos de henna le respondió que eran el pueblo saharaui, que estaban alzados contra los abusos de España y Francia, que sus ejércitos asesinaban a su gente, se llevaban a las niñas, violaban a sus mujeres, mataban a sus hombres.

En un instante estaban bajo aquella inmensa lona blanca tomando té mientras les preparaban un couscous de carne y especias, los acogieron como hermanos del otro lado del infinito lago salado, la guarida de las heridas abiertas en la encrucijada de los sueños.

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sábado, 16 de abril de 2016

El doble del carnicero

Se me llenan los ojos de lágrimas cuando recuerdo las caras desesperadas de los padres y madres a las que la ex presidenta de Castilla La Mancha, la ínclita y tiránica Cospedal, negó las ayudas a sus hijos con cáncer. Ahora veo la cara de este patético doble del caballerete de los fondos buitre, el traidor del bigote rasurado, con ansias de grandeza, ahora dimitido por una trama internacional de corrupción.

Solo le faltó participar en una guerra genocida, debe pensar en su desesperada huída hacia la puerta giratoria, donde su admirado prócer contribuyó junto a otros criminales de lesa humanidad, los Toni Blair, George Bush, Durao Barroso, a llevarse por delante las vidas de más de un millón de personas, en un 90% población civil, en su mayoría niños y niñas iraquíes, desde el estallido de esa criminal invasión imperialista, con el único objetivo de adueñarse del petróleo de este soberano y desgraciado país.

Querer parecerse en lo físico y en lo ideológico a un sinvergüenza integral con las manos rojas y no precisamente de pintura, deja duras secuelas políticas, no todos aguantan los constantes pelotazos y permanentes corruptelas, algunos están protegidos directamente por las más altas esferas del régimen, roben lo que roben, maten lo que maten, nunca caen, todo se limita a una multa de hacienda que este fascista paga religiosamente, por supuesto después de una buena misa y de tragarse la pestilente hostia.

Ser un comemierda tiene su precio, un número más en el modus operandi de una banda organizada que ha destruido nuestro futuro, el de millones de ciudadanos/as del estado español que sufrimos desempleo, hambre infantil, miseria, desahucios, suicidios masivos (30.000 en los últimos seis años), familias sin ingresos, sanidad privatizada (regalada a los amigos y familiares a cambio de sobres y maletines repletos de millones de euros).

En esta tesitura se marcha el ridículo imitador del carnicero de Las Azores, en breve lo veremos en cualquiera de las multinacionales a las que “benefició”, ganando un sueldazo por no hacer nada, con esa sonrisa siniestra, esa mirada de odio, la frivolidad de una vestimenta millonaria, vacaciones gratis en hoteles ilegales por condenarnos a una vida de sufrimiento y dolor. El genocidio social, ese que orquestan los enemigos del pueblo, abrumados por la rabia, por la codicia, sin temblarle el pulso para pisotear los derechos sociales en su patriotismo bananero, ese que apesta a paraíso fiscal y podredumbre.

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