sábado, 23 de julio de 2016

La cacería de la dignidad

Carmelo y Ferrán habían soltado pronto los podencos y el perrillo ratonero al que conocían por “Artista”, que tan bueno resultados les daba, todavía amanecía y se veía Agaete entre la niebla con el inmenso azul, la isla de Tenerife como cada mañana en el horizonte, no tardó mucho en salir el primer conejo que fue abatido por el disparo certero del catalán trabajador en correos del municipio de Galdar.

Todavía no había empatillado la primera pieza cuando “Mulata”,  la perra recién parida, comenzó a ladrar con sus tetas colgando en un pequeño majano de piedras, junto a los pinos de Tamadaba, los hombres apuraron el paso.

-Échale la hurona jodío. –Dijo exaltado Carmelo- Seguro de que otro lagomorfo estaría refugiado bajo las seguras y cálidas piedras humedecidas por el rocío.

Rodearon el montículo en la ladera, mientras el catalán sacaba del corcho el mustela putorios furo, una hembra de raza gallega, pequeñita pero muy fiera, había que agarrarla con guante para evitar sus mordidas. La soltó sobre las piedras y enseguida olió el rastro del conejo, se introdujo muy adentro, se perdió de vista y en eso se oyeron unos pasos, unas voces roncas y varoniles.

Era una cuadrilla de hombres armados vestidos de azul, falangistas, comandados por el tinerfeño Tomás Marichal. Los cazadores se quedaron helados de miedo, los perros les ladraban.

-¿Tienen uno encerrado bandidos? Esta zona es buena de conejos. –Dijo con la boina, los correajes y la pistola al cinto Marichal- detrás un grupo de falanges integrado por diez soldados, que traían a dos hombres con aspecto de jornaleros atados con las manos a la espalda.

Chicos jóvenes, de apenas veinte años, con la cara destrozada por los golpes, las camisas blancas ensangrentadas y el más pequeño de estatura con el ojo colgándole de la cara.

-Nosotros también hemos cazado esta noche, pero a dos conejos comunistas, los cogimos “echados” en las cuevas de Punta Faneque, se creían que no íbamos a encontrarlos. –Dijo con tono burlón el jefe fascista-

En ese momento se escuchó un estallido bajo las piedras y los chillidos del conejo, la hurona lo había mordido, los cazadores se quedaron intactos, ni siquiera levantaron sus escopetas.

El conejo salió despavorido a toda velocidad subiendo la ladera, mientras los falangistas le disparaban con los fusiles, un estruendo que parecían truenos, mientras el animal caía muerto deslizándose inerte hacia ellos. Marichal lo agarró, todavía movía sus patitas y le estiró el cuello hasta matarlo.

-Es buena esa jodía jurona coño, me la vas a tener que prestar. –Afirmó en un tono marcial-

Carmelo se la entregó y el jefe falangista pidió una bolsa de fieltro de las que usaban para las cebollas en el norte de la isla, ordenando que trajeran a Miguel García, el joven que había perdido el ojo y que sangraba profusamente por la cuenca vacía.

-Pónganlo a cuatro patas, colóquenle la bolsa en la cabeza y metan la jurona dentro.

Los falanges se quedaron paralizados ante aquella petición siniestra, pero de inmediato hicieron lo que pedía.

Al momento el joven García empezó a dar alaridos ante las mordidas de la hurona, que le destrozaba la cara, la cuenca del ojo, los labios, la nariz.

Los dos cazadores, Carmelo y Ferrán, estaban asombrados, los perros miraban paralizados, no entendían lo que sucedía, los gritos de Miguel se escuchaban hasta en el Valle de San Pedro, más abajo del antiguo yacimiento de los pueblos originarios.

Emitió alaridos casi durante una hora, movía las piernas, trataba de zafarse de la brutal tortura, hasta que se fue quedando cada vez más quieto, movimientos más lentos, hasta que dejó de moverse.

-Ya está, ya está, quítenle la puta bolsa, saquen la jurona y métanla en el corcho que me quedo con esta fiera. –Dijo entre risas el jefe Marichal-

La cara de Miguel estaba destrozada, tenía devorada la nariz y el ojo que le colgaba, le faltaba una oreja, era tan desagradable la imagen que varios de los falanges se vomitaron.

-Ustedes no han visto nada o aténganse a las consecuencias- -le dijo a los cazadores uno de los falangistas de nombre John Milberne, con acento inglés y que vivía en una hacienda de Santa María de Guía-

Una vez que los dos hombres aterrados ataron los perros y se marcharon a toda velocidad hacia El Hornillo, le dispararon en la nuca al otro muchacho de nombre Jaime Santana, vecino de La Aldea de San Nicolás, sindicalista de la Federación Obrera.

Los llevaron entre varios dentro de sacos de plátanos hasta una grieta muy cerca de la finca de Tirma, donde pensaban desayunar después de la cacería nocturna.


La hurona asomaba su húmedo hocico por los agujeros del corcho, veía todo, seres de dos patas que felices disfrutaban entre risas y fiestas de la leche de cabra, la manteca y el pan recién hecho del inmenso cortijo, sabía que tenía otro dueño.

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viernes, 22 de julio de 2016

La tierna fragancia de la insurgencia

A Chano

La policía armada corría despavorida por el laberinto de calles de La Isleta, la gente desde las azoteas les tiraba lavadoras viejas a los “putos grises”, neveras inservibles y has bidones de amianto o aceite y agua hirviendo. Los esbirros uniformados le lanzaban piedras sacaban sacadas del asfalto a pico y pala, si alguien estaba a punto de ser detenido se abría una puerta:

-Pasa mi niño, aquí estarás a salvo de esta manada de cabrones asesinos.

También las mujeres daban paños mojados en agua y manzanilla para quitar la ceguera de los gases lacrimógenos.

Por varias semanas el barrio de Las Palmas, el que siempre huele a mar, estuvo liberado, tenía su propio “gobierno” en cada barricada, en el fuego reparador, en los voladores “esrabonados” que eran lanzados contra estos “hijos de puta” al servicio del gobierno colonial español. Fuegos artificiales que salían de los peculiares cañones de tuberías de hierro contra los criminales fascistas, los perros de presa del genocida Ministro del Interior, Rodolfo Martín Villa.

En cada esquina de la humilde población se respiraba revolución, insurgencia, ese aroma a fuego y perfume de mujeres libertarias, sudor heroico y sangre obrera en cada esquina.

Si andabas las piedras formaban parte del suelo, casi no quedaba asfalto y las aceras estaban destrozadas, los antidisturbios no se atrevían a entrar, el barrio era un hervidero de asambleas, reuniones en las calles y plazas, pintadas, consignas, brisa insurgente.

El gobierno del falangista Suárez, comenzó a fletar aviones de policías sicarios, expertos en todo tipo de movilizaciones en cada rincón de España, poco a poco fueron recuperando lo perdido y se fueron internando en cada rincón de aquel pequeño reducto revolucionario, detenciones masivas, torturas, maltrato, hasta lograr esa “normalidad” que siempre buscan los estados terroristas.

Luego llegaron los acuerdos sindicales, las negociaciones a espalda de los trabajadores, cediendo de parte y parte, jubilaciones a los 55 años cobrando el ciento por ciento, para a los pocos años ir bajando progresivamente, hasta quedar con un sueldo de supervivencia.

Ese pequeño foco de esperanza, de estallido, tan necesario demostró que aún era posible recuperar todos los derechos robados, el primen gran estallido después de una dictadura sanguinaria que asesinó a más de 5.000 canarios a partir del golpe de estado del 36.

Todavía si recorres las calles de La Isleta se percibe esa energía de lucha, aunque actualmente en las elecciones siga ganando la mafia, esa sensación rebelde que impregna otras ciudades del mundo como Santiago de Chile, Buenos Aires o La Habana. La calidez de lo posible, dentro de esta inmensa prisión neoliberal que llaman sociedad humana.

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Foto huelga flota congeladora de ANACEF. 1988. La Isleta

jueves, 21 de julio de 2016

Laberinto del hambre

Los contenedores de basura de la calle San Bernardo solían tener más sobras de alimentos que los del Parque San Telmo. María Jesús apartaba con sus manos las cientos de cucarachas “volonas” de los restos de la ropa vieja, las papas arrugadas, el pulpo a la vinagreta.

Al otro lado de la calle se sentaban las tres niñas, Leticia de cuatro, Guaci de seis y Yurena de siete años. Acurrucadas esperaban que su madre consiguiera la cena de aquella noche de julio. La gente bien vestida caminaba hacia Vegueta a los bares de moda, de tapeo y apariencia, entre ellos Susi identificó al alcalde de Las Palmas, que la miró con desprecio mientras la mujer tenía el cuerpo metido hasta la cintura en el nauseabundo bidón de residuos con ruedas.

En menos de quince minutos llegó la policía local, la amenazaron con detenerla, le pidieron el DNI, uno de los agentes la llamó “puta guarra”, sus hijas se abrazaron llorando, la mujer tomó las viejas bolsas de Carrefour, las cuatro anduvieron a paso lento, cansado hacia la cuesta del barrio del Risco de San Nicolás.

Las escaleras desde la calle Primero de Mayo eran tan largas, no se acababan nunca, parecían subir a un lugar sin nombre, a una especie de lago montañoso, tenebroso, de nubes negras, borrascosas con olor a humedad y podredumbre.

-Mami esta noche veremos las estrellas desde la azotea de “Tata”. –Dijo Yure sin casi poder respirar-

Susi no respondió, siguió subiendo tambaleándose, hacía tres días que no comía, la tos no se le iba hacía casi un mes, solo la miró y esbozó una leve sonrisa.

-Ya queda menos mis niñas, vamos a comer rico.

Entraron en el laberinto de callejuelas, varios hombres en las esquinas vendiendo droga que las saludaron con un leve gesto de sus cabezas, un coche de la Policía Nacional estaba parado más abajo con el motor en marcha hablando con “El Chapa”, también conocido como “el Poderoso”, el mayor narcotraficante de heroína y crack de esa zona del municipio capitalino, del que todos conocían su buena relación con los agentes del “orden” establecido.

Llegando a la vieja casa casi en la cima de la antigua montaña, cerquita del antiguo muro de piedra que hacía cientos de años sirvió para obstaculizar los ataques de los piratas e invasores ingleses.

Antes de entrar en el derruido hogar, en las paredes del callejón, había carteles electorales de las últimas elecciones generales.

-¿Quién es esa señora que sonríe mamá? –Dijo la pequeñita Leticia-

-Esa es una que nació en este barrio y parece que fue alcaldesa o algo así mi niña. Una que no apoya a los pobres, que todo el mundo dice que se avergüenza de ser de aquí. -Contestó su madre sin casi poder hablar por la dura subida-

Entraron en la vieja casa, salio a recibirlas la anciana gata Felisa, maullaba contenta oliendo las bolsas de comida, era muy flaca y atigrada, dentro se escucharon unas palabras ininteligibles de la abuela Manuela, encamada hacía siete años con demencia senil.

Prepararon la mesa, los platos, los tenedores y cucharas de plástico, se sentaron después de que Susi alimentara a la viejita. Empezaron a cenar en silencio, la gata rondaba las piernas de las niñas, las olía, se acariciaba en ellas, ronroneaba contenta por tener una familia de personitas que la cuidaban, el aire caliente inundaba la estancia, más abajó se escucharon gritos, la agonía de alguien que llegaba borracho, quizá con sobredosis en aquella esquina olvidada del mundo.

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En Canarias unx de cada tres niñxs está en situación de malnutrición según Save The Children y Unicef

martes, 19 de julio de 2016

Alegoría del viento

Cuando llegó la notificación judicial fue un terrible mazazo para Manuel Ángel, ni siquiera su activa militancia en la PAH sirvió para tranquilizarlo. La terminología jurídica fue inventada para amedrentar con palabras rimbombantes a las personas empobrecidas.

La negociación para la dación en pago había fracasado y se fue a la habitación de la niña, Atteneri, lo que más que quería en el mundo, estaba en ese momento en la escuelita de La Milagrosa. Había dejado varios juguetes por el sueño, los que le compró en la tienda china de Tamaraceite.

Tardó media hora en escribir a mano la carta de despedida, poco antes de encaminarse andando hacia el puente sobre el Barranco de Guiniguada.

En la oficina de los servicios sociales no le dieron salida meses antes, no se sintió bien tratado ni escuchado, pero esa parecía ser la norma habitual ante la avalancha de solicitudes, usuarios desesperados por una situación de hambre y exclusión social generalizada.

Manolo perdió la esperanza en la administración, los alimentos caducados del banco de alimentos de la secta de la Virgen. Le avergonzaba que sus conocidos lo vieran esperando en la inmensa cola de la vergüenza en la carretera general, ningún partido político hacía nada, incluso una “izquierda” edulcorada y socialdemócrata continuaba las mismas políticas aberrantes de la ultraderecha más corrupta del PP.

Caminaba lento, bajó hasta San Lorenzo, se tomó un café en el bar de la carne de cabra, cuando fue a pagar no tenía dinero, no le quedaba ni un céntimo en la cartera, el camarero que lo conocía le digo que “no había problema”, que “otro día se lo pagaba”. Con lágrimas en los ojos subió hasta Almatriche, en esa ocasión no hizo dedo, no quería hablar con nadie, vivir en soledad ese ritual de la muerte, se acordaba de la chiquilla, de su mujer mientras estaba enferma de cáncer antes de morir en el Hospital Doctor Negrín, sabía que los abuelos se harían cargo de todo, que podrían darle una vida digna a su pequeñina, una buena educación, lo había dejado claro en su carta de la despedida, el viejo papelucho del desgastado blog de anillas repleto de dibujos infantiles.

Ya en el puente los coches pasaban a toda velocidad, sintió una sensación de ser invisible, parecía que al mundo le daba igual su perdida, la cabeza le daba vueltas, escuchaba la voz de la niña llamándolo, un eco lejano ante el inmenso vacío, el abismo de los olvidados.

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Elvira, madre soltera desahuciada en España con tres hijos menores a su cargo [uno de los cuales es un bebé de 24 días]

sábado, 16 de julio de 2016

La misa de la vergüenza y la sangre

Dámaso Arteaga, concejal de Coalición Canaria por Santa Cruz de Tenerife, responsable del Área de Bienestar Comunitario y Servicios Públicos, asistió el pasado jueves 16 de junio a la misa-homenaje al criminal fascista de lesa humanidad, Francisco García Escámez, organizada por la derechista y nostálgica, Fundación Marqués de Somosierra, donde se alabó la figura de este militar genocida, el mismo que asesinó a miles de republicanos y ordenó a sus sanguinarios soldados moros, legionarios, requetés y falangistas, la salvaje violación indiscriminada de mujeres, los fusilamientos de los habitantes de pueblos enteros, en el mortal avance de sus tropas desde Pamplona hasta Madrid.

El ínclito edil de la derecha casposa nacional canaria tras ser denunciado por los grupos de izquierdas en la oposición alegó con cara de “yo no fui” que estaba muy sorprendido de que se le acuse de asistir a esa vergonzosa ceremonia religiosa “en la que cantaron los niños del coro”, según dijo a los medios de comunicación, faltando gravemente el respeto con su pusilánime acción a las familias de las víctimas de más de cinco mil canarios asesinados por el franquismo a partir del golpe de estado de 1936, al casi medio millón de personas exterminadas en todo el estado español por personajes tan siniestros como el terrorista de estado, General García Escámez.

No es casualidad que miembros de este partido insularista participen en este tipo de homenajes a criminales franquistas, Coalición Canaria es el “PP de Tenerife”, uno de sus miembros más destacados, antiguo diputado Luis Mardones, fue gobernador civil cuando la policía asesinó al estudiante grancanario, Javier Quesada, el 12 de diciembre de 1977 en la puerta de la Universidad de La Laguna.

Dámaso Arteaga junto al alcalde de Santa Cruz de Tenerife José Manuel Bermúdez
Dentro de sus filas se encuentra la flor y nata de la derecha cavernaria de esta isla, una fuerza política que no tiene escrúpulos en pactar con quien sea con tal obtener buenas tajadas, que precisamente no repercuten jamás en el progreso y bienestar del pueblo canario.

Esta misa a la que asistió este concejal humilla a nuestro pueblo, a quienes fueron asesinados por defender la democracia y la libertad, a miles de canarios que siguen desaparecidos en simas volcánicas, pozos, fosas comunes, cunetas o en los fondos marinos.

Su inmediata dimisión o cese por parte del alcalde de Santa Cruz de Tenerife, José Manuel Bermúdez, sería un digno e importante ejercicio democrático, de lo contrario se estaría respaldando el genocidio franquista en Canarias, asumiéndolo como propio, encubriendo a los criminales que arrasaron por lo mejor de nuestro pueblo, simplemente por pensar diferente, por defender la legitimidad constitucional y la clase trabajadora isleña.

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El criminal fascista general Francisco García Escámez

viernes, 15 de julio de 2016

18 de julio entre la sangre y la llovizna

En la celda de la prisión de Barranco Seco en Las Palmas, apenas había espacio para moverse, la aglomeración de presos superaba todos los límites, en un espacio para cuatro personas se hacinaban quince, dormían en el suelo unos pegados a otros, eran frecuentes los abusos sexuales, sobre todo con los más jóvenes que llegaban sin conocer a nadie de su pueblo o barrio. En este caso algunos de los “veteranos” se lo “adjudicaban” para violarlo durante días o meses.

A ese lugar de terror y muerte llegó Servando García, detenido por la Guardia Civil mientras repartía propaganda de la CNT en la factoría de pescado de Guanarteme, lo tuvieron varios días en la comisaría de la Plaza de la Feria sometido a todo tipo de torturas, le estallaron un testículo y le paralizaron uno de los riñones de los golpes y patadas brutales.

Su hermosa juventud, apenas veinte años, fue un verdadero problema cando ingresó, solo había un preso político de Lanzarote, un señor mayor comunista, apellidado Sangines que tenía una grave enfermedad mental por los golpes en la cabeza de los policías y falangistas, se vio solo y de forma inmediata un preso común de El Risco de San Nicolás lo tomó como “puto”, sometiéndolo a todo tipo de abusos durante meses, uniéndose ocasionalmente varios presos y funcionarios que participaron en la violación múltiple contra un muchacho forjado en mil luchas, en todo tipo de acciones contra la dictadura desde que tenía catorce años.

Además de las violaciones, sufría periódicamente las vejaciones, cuando lo sacaban en el jeep de la policía armada hasta comisaría, para sacarle información de sus compañeros de lucha, siempre resistió aquel tremendo maltrato, no dio ningún dato, ningún teléfono, ninguna calle, ninguna información sobre las acciones de los anarquistas en las islas, lo que le genero todo tipo de secuelas físicas, orinaba sangre, apenas podía tragar la comida repleta de bichos, la mayoría de las veces en mal estado.

Andaba como un muerto viviente las pocas horas que lo sacaban al patio de la cárcel, desnutrido, siempre solo, aislado del resto de presos, “El Cachimba” lo requería a los baños, no podía negarse o lo asesinaban, los guardias civiles se miraban cómplices con media sonrisa.

-Le van a dar polla de nuevo a este hijo de puta, tiene que tener el culo más abierto que una jarea. –Decía el sargento Robledano de Sevilla, fumándose un cigarrillo rubio americano-

Esa misma noche, la del 18 de julio del 59, se levantó cuando todos dormían y con un pequeño clavo oxidado se cortó las venas, se quedó mirando en silencio a través de las rejas mientras partía para siempre la llovizna de verano, alguna estrella lejana, quizá otros mundos de fraternidad universal, de esa justicia digna que emana de los más nobles sentimientos de amor de los pueblos.

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jueves, 14 de julio de 2016

La deriva del genocidio

Abrazada a su niña esperaba la ejecución del desahucio, la nevera vacía. Hacía dos días que Lucía no desayunaba para dejarle la mantequilla caducada y el pan duro a Valentina, su hija de solo dos años. Afuera se escuchaba el bullicio de los policías, los agentes judiciales y el cerrajero que destrozaría la puerta para echarlas a la calle.

“Proceda”, dijo la jueza con voz solemne y la casa parecía temblar de los golpes en la doble cerradura, en televisión la vicepresidenta Sáenz de Santamaría hablaba en la rueda de prensa de los viernes, anunciaba más recortes para cumplir los objetivos del déficit exigidos por la troika.

La Puerta se vino abajo con un gran estruendo y entraron los antidisturbios armados hasta los dientes. Lucía ya estaba colgada por el cuello, muerta y la niña acurrucada en una esquina abrazada a un peluche de Goofy.

Soraya sonreía ante los flashes de los fotógrafos. En la vieja casa de Coslada se hizo el silencio, solo la voz prepotente y soberbia de aquella política sin escrúpulos, el suelo estaba inundado de la orina de aquella mujer destrozada.

La niña cabizbaja no se movía, acariciaba la cabecita del muñeco, no miraba a su madre, había visto todo, Lucía le explicó que aquello era lo mejor en su desesperación, un policía la fue a tomar de la mano y ella se negó, en su tierna edad se amotinó en aquella esquina, el antiguo lugar de mágicos juegos, de caricias, de cariño, del calor que desprende el universo de lo que fue un hogar feliz.

La televisión no se callaba, nadie bajó el volumen, nadie la apagó, era una especie de letanía que presidía aquel ritual siniestro, el del poder más sanguinario ejercido sobre una humilde mujer y su hija, hablaba el presidente Rajoy, entonaba una especie de mea culpa sobre el resultado electoral, pero que millones de españoles lo seguían apoyando con su voto, se vieron imágenes de la calle Génova, sede del PP, donde un grupo de gerifaltes saltaban como energúmenos celebrando el nuevo triunfo.

Un vehículo de la funeraria aparcaba en la puerta, salieron varios hombres con una camilla para sacar a Lucía, los vecinos miraban por las ventanas, nadie decía nada, tres policías hablaban de fútbol y de los nombres del posible nuevo seleccionador de la “La Roja”, de los nuevos fichajes del Real Madrid. El tono de su voz era normal, no existía un mínimo atisbo de empatía, una frialdad que daba miedo, la jueza dio la orden de levantar el cadáver de la muchacha, Valentina seguía acurrucada, con la cabecita pegada a la pared, los agentes judiciales esperaban que llegara una trabajadora social del Ayuntamiento para llevársela al centro de menores.

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Desahucio en España (REUTERS)

miércoles, 13 de julio de 2016

La canción de Herminia

En el humilde pueblecito cerca de Tunte jamás imaginaron lo que en pocos meses sucedería, Herminia Santiago era incapaz de pensar que aquellos hombres pudieran hacer lo que hicieron.

Se sucedían las huelgas en los tomateros del Conde y de los ingleses desde los años 20, pero lo que se pedía era justo, solo respetar un salario digno, acorde con las necesidades de un proletariado que pasaba hambre y miserias, hombres y mujeres que trabajaban de sol a sol para ganar unas pocas pesetas, insuficientes para poder alimentar a los chiquillos hambrientos, pedían también acabar con los abusos sexuales de los patronos y mayordomos sobre las trabajadoras, acordar un horario en condiciones, algún día de descanso semanal.

No se pedía tanto, solo regular una situación ancestral, la que había convertido al pueblo canario en comunidades de esclavos en cada isla, una vorágine de injusticia que venía desde los tiempos del criminal genocidio indígena, donde mercenarios a sueldo de la corona de Castilla masacraron a todo un pueblo, asesinando, violando a sus mujeres, vendiendo como esclavos en los mercados de seres humanos de Sevilla o Valencia a los que lograron sobrevivir.

Herminia, la joven y hermosa maestra de escuela de los niños y niñas aparceros, Herminia siempre libre como el viento, ocupada en leer libros de Tolstoy, de Bakunin, de Dickens, de Thoreau, sentada entre los bancales en su tiempo libre, entre clase y clase, en los días festivos, sin tiempo para el amor, para las taifas y bailes de pueblo.

Era demasiado inocente para imaginar que después de aquel siniestro sábado 18 de julio de 1936 se repetiría la historia, el genocidio, un nuevo holocausto, esta vez mejor planificado, con armas sofisticadas, con camiones y coches para llenarlos de mujeres y hombres y arrojarlos a las simas, a los acantilados marinos o a los pozos del olvido.

Apenas había cumplido los 22 años, todavía mantenía en su cama aquellas muñequitas de trapo que le hacía su abuela Lola Bordón, sus ojos marrones y brillantes eran incapaces de ver lo que venía oculto desde la otra esquina del verano, el terror brutal, el crimen, la tortura, los abusos sexuales, la muerte.

La detuvieron el mismo martes 21 de julio, la sacaron a rastras de la escuelita de los Cercados de Araña, eran varios falangistas, entre ellos Juan León González, Santiago Araña del Toro, varios de los hijos de los caciques ingleses de apellidos impronunciables, unidos también a la carnicería fascista, los chiquillos lloraban, se llevaban a Hermi, la jovencita profesora, ellos sabían que no había hecho nada, que no era mala, aunque Don Santiago Morales, el cura de la parroquia de San Bartolomé, con la pistola al cinto, les lanzó aquella arenga sobre “el anarquismo y el comunismo y su relación directa con él demonio”, “que su maestra era una puta que se iba con hombres a la Playa de Maspalomas en las noches de verano a bañarse desnuda”, “a realizar actos impuros inadecuados para una señorita, una docente, que estaba obligada a trasmitir una educación basada en la infinita misericordia de nuestro señor Jesucristo”.

La muchacha iba en el viejo auto del mayordomo del Conde de la Vega franqueada por dos hombres vestidos de azul, uno con un enorme mostacho negro, el otro con el pelo brillante y que comenzó a levantarle la falda para tocarle los muslos.

-Te vamos a follar como a una perra descompuesta maldita puta roja chupapollas–dijo con sorna el jefe falangista que iba delante, conocido como “Irujo”- Cuyo verdadero nombre era Juan Sebastián Bravo de Laguna y Martínez de Irujo.

Herminia trató de evitar que la tocaran, pero recibió un fuerte golpe con una pistola en la nariz, partiéndole parcialmente el tabique nasal, provocando que sangrara profusamente de forma inmediata y quedara semiinconsciente.

El falangista del enorme bigote le rompió el vestido y le sacó los pechos, mientras el otro le mordía y chupaba los pezones, justo cuando detuvieron el vehículo en un paraje perdido, muy cerca de los pinares de Pajonales y Linagua, hacía mucho calor aquella tarde, el sol parecía ser cómplice de aquella vejación, hacía que los hombres tomaran más ron de caña, mientras “Irujo” mascaba tabaco y escupía con frecuencia sobre el cuerpo de la chica desnuda amarrada de pies y manos sobre la paja en el viejo alpendre abandonado.

Uno a uno la fueron violando, la golpearon salvajemente, no se conformaban con satisfacer sus instintos sexuales, querían más, necesitaban dominar, hacer daño, generar dolor, Herminia solo emitía grititos hasta que se fue apagando con hemorragias internas en la vagina y el ano. Los fascistas borrachos siguieron penetrándola y golpeándola durante varias horas aunque la chiquilla ya había fallecido.

De madrugada, cuando se despertaron de la borrachera, “Irujo” ordenó enterrarla junto al pino gigante, los facciosos abrieron una pequeña fosa, ella no medía más de 1,60, era flaquita, pequeñita, casi parecía una niña más cuando impartía sus clases.

La tiraron dentro desnuda y sobre su cuerpo destrozado le tiraron el vestido manchado de sangre, la mochila desgarrada con sus libros, la enterraron parsimoniosamente, todavía les duraba la borrachera, hacían bromas sobre los instantes de la violación, sobre sus compañeros comunistas y anarquistas, que esa misma noche ya estaban detenidos en el centro de detención de la calle Luis Antúnez en Las Palmas, sometidos a brutales torturas antes de ser también desaparecidos.

Arrancaron el coche negro, allí quedó el cuerpecito de Herminia, solito entre la magia insondable de la zona más salvaje de la isla de los valientes, todavía se ven flores junto al gigante y la pinocha, el lugar exacto de los intactos huesecitos, donde en las noches de verano los montañeros dicen que se escucha junto al sonido del viento algo parecido a una canción de cuna.

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Pinar de Pilancones (Gran Canaria) Foto: senderismoyastroculturablogspot.com

En la planicie del misterio

Cuando le dijo que aquel final ya era para siempre, tomó el coche y se lanzó hacia la carretera de Teror, subió hasta Valleseco, Lanzarote y en una hora bordeando curvas acantiladas llegó hasta Artenara, siguió de largo no paró y se encaminó hacia el frondoso pinar de Tamadaba, en algunos momentos parecía que en el asiento de atrás iba alguien sentado, hasta que de repente se vio rodeado de aquella naturaleza salvaje, en la radio CD sonaba a todo volumen Albert Pla, cantaba en catalán.

“I un servidor, a estat sempre pastor cent cabres tinc i un serro oi lai cai, oi la rai cai, lai rai carai i un dia estan pasturant el ramat pels grans del Pallars la tarda era grisa i el cel gris com humit anunciava tormenta, anunciava mal temps oi lai, oi lai rai carai però de com un gran tro i un gran llamp i les cabres muntanya avall espantades, cagades de por però pareu, no correu que us perdreu esperu-me que vinc oi lai cai, oi lai rai cai, lai rai carai”.

Siguió adentrándose en lo profundo del bosque, anochecía, un sol rojo parecía ser engullido por el Teide nevado en el horizonte, detuvo el vehículo sin dejar que la música dejara de sonar, se bajó y se sentó sobre una piedra junto a un gigante de madera que olía fuerte a savia y pinocha, el planeta Venus comenzaba a verse en el espacio estelar, más allá de todo lo reconocible, donde “seguramente”, pensaba, “no existiría la tristeza por no existir la vida conocida”.

Caminó hacia el “Fin del mundo”, el inmenso acantilado desde donde se vislumbraba como subía el mar de nubes, el rocío helado de aquel diciembre, que en un instante llegaría a su cuerpo con poca ropa, un pantalón corto, una camiseta deportiva, unas sandalias de montaña, la muñequera por la vieja lesión luchando en suelo, la estrangulación de la alegría, la luxación de la esperanza, haber perdido aquel trocito de vida, la insignificancia de un segundo de existencia, ese territorio habitado por blasfemias y romances inacabados.

En la oscuridad acurrucado en la vieja repisa veía las luces de Tenerife, de Agaete, en el momento en que las nubes se abrían o cerraban dejando todo negro, solo la presencia de seres extraños que atravesaban el bosque hacia un destino desconocido, “hacia la muerte” quizá “hacia algo parecido a la vida”, decía en baja voz, tratando de envolverse de recuerdos, abrazos, besos furtivos, sabanas revueltas, ese olor a cuerpos sudorosos y sexo que siempre quedaba en el imaginario paisaje después de la batalla.

Se olvidó de olvidarse, fue como si se levantara después de haber dormido durante más de cien años, caminó sin rumbo, hasta verse en medio de un paraje legendario donde los pájaros no cantaban, solo miraban pasar la vida, pero envolvían de colores la parte más luminosa de la noche.

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Pinturas rupestres en la meseta de Tassili n Ajjer, desierto del Sahara, sudeste de Argelia

martes, 12 de julio de 2016

Tributo de sal

Lo primero que hicieron los falangistas fue arrancarle el niño de los brazos a María Pilar Carreño, Tomasito no dejaba de llorar, su madre gritaba que por favor se lo dejaran, que la tiraran a la Marfea con su bebé, en el mismo saco, con las mismas piedras, atado con las mismas sogas de pitera, que los dejaran ahogarse juntos, abrazados en las frías aguas del Atlántico.

-¿Qué será de ti mi niño querido? –Aullaba Pili- anarquista y esposa de Tomás Cillero el sindicalista burgalés de la CNT, detenido en el barrio de Arenales, torturado en la comisaría de la calle Luis Antúnez y desaparecido, seguramente también arrojado al mar, quizá al abismo de la sima de Jinámar, en cualquier pozo perdido de la desolada y triste isla de Gran Canaria del año 36.

Los fascistas seguían su ritual siniestro, eran todos hombres menos Pilar, los bajaban del camión, les amarraban las piernas, los metían en los fardos de plátanos cedidos por lo terratenientes agrícolas, introducían las piedras y los colocaban en fila de a dos, para ir arrojándolos al abismo uno a uno, mientras tomaban ron de caña, el de La Aldea era el preferido, fumando tabaco Virginio, entre las risas de los jefes requetés, de los millonarios caciques y de Don Juan, el cura de Telde, que pistola al cinto daba la bendición a quienes iban a morir.

Volaban hacia el mar los sacos, el niño lloraba, berreaba, también aullaba porque lo veía todo, sabía en que saco estaba su madre, la escuchaba gritar mientras los falanges la apaleaban:

-¡Cállate de una vez jodía puta! Que vas a despertar a toda la gente de San Cristóbal. –Le decía Antonio Benítez de Lugo- otro hijo de la nobleza isleña entregado a la criminal tarea del genocidio.

Dos monjas recogieron al niño, lo metieron en un coche negro y se lo llevaron, Pilar dejó de escuchar su llanto, en el momento en que sintió como la levantaban del suelo, avanzaban varios metros y la tiraban desde el risco hacia el océano, todo fue muy rápido, en un instante notó el agua salada, los ojos se le irritaron, le picaban mucho por la sal, se hundió hasta el fondo, para ser arrastrada brutalmente por la corriente mar adentro, cuando se dejó llevar, abrió la boca y el agua inundó sus pulmones, murió enseguida, una muerte amarga sin su pequeñín, pensando en lo que le harían, a quien se lo venderían.

En menos de media hora no quedó nadie, los tiraron a todos, más de de cincuenta hombres y la pobre Pili.

Los esbirros recogieron parsimoniosamente los sacos restantes y las cuerdas, Eufemiano brindaba con Ezequiel Betancor y los hijos del Conde de la Vega, medio borrachos se metieron en los camiones.

-Mañana más, grito el capitán Soria. –Mientras partían entre risas y cánticos facciosos-

Abajo el líquido elemento hacía bien su trabajo, no se veía a nadie flotando, solo la inmensidad del horizonte, por donde salía un sol rojo como la sangre, olía a flores silvestres, era como si no hubiera pasado nada, una normalidad que atemorizaba a las escasas gaviotas que revoloteaban los negros acantilados.

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Acantilados de la Marfea. (ALEJANDRO RAMOS)