sábado, 28 de febrero de 2015

La jauría de la luna llena

Los obligaron a caminar con las manos atadas a la espalda por la explanada de Los Giles, antiguo municipio de San Lorenzo, una oscuridad solo paliada por las luces tintineantes del viejo camión de los tomateros. Eran cinco hombres jóvenes y más de quince falangistas, el camino no era nada fácil por un terreno tan escarpado, cuando caían al suelo los golpeaban con palos y una pinga de buey, la que manejaba hábilmente el conocido como “verdugo de Tenoya”.

La idea era conducirlos al agujero volcánico conocido como “la fusnia”, un tubo creado por las erupciones de los tiempos remotos en los que la isla surgió del mar. Mientras avanzaban se hacía una especie de silencio, solo interrumpido por los gritos y golpes de aquellos infames personajes con correajes y pistolas al cinto.

Rubén Cabrera, militante comunista, Santiago Alcantara, miembro de la CNT, el joven, casi un niño, de apenas quince años, Dionisio Tejera y los viejos miembros de la Federación Obrera y el Frente Popular, Pablo Santana y el panadero valenciano, Santiago Verdú.

Todos avanzaban resignados, conscientes del cruel destino final, no había forma de soltarse de aquellas incomodas ataduras, ya sabían lo que les esperaba el terrateniente y empresario del tabaco, Fuentes, ya se los había adelantado mientras los torturaban en la finca de “Las Maquinas”: “Van a morir como perros en la sima rojos asquerosos”.

Detrás de la comitiva de la muerte venía un perro pastor, los había seguido desde que sacaron de su casa a Rubén en Tamaraceite, el peludo y enorme animal no entendía nada o quizá sí, solo se limitaba a perseguir lo que le habían quitado, aullaba cuando observaba los golpes, los gritos y gemidos de los hombres, el policía municipal Pernía lo había tratado de ahuyentar con varias patadas, pero el can solo se alejaba por unos momentos, para volver a seguirlos a cierta distancia, la que le daba la oportunidad de sentir el olor de su amo, posiblemente su calvario camino del sacrificio.

Un vez llegaron al agujero, los obligaron a arrodillarse, mientras el hijo del conde y el cacique Betancor ordenaba al "verdugo” que los golpeara más fuerte, Dionisio se tiró al suelo boca abajo, el muchacho no aguantaba ya el dolor, tenía el cuerpo lleno de sangre y un ojo casi arrancado por aquella especie de látigo, el perro los miraba desde la parte alta, una pequeña colina repleta de tuneras, el guardia Santos comenzó a darle patadas, el chiquillo dejó de gemir, de respirar, ya estaba muerto.

“Te pasaste cabrón”, dijo entre risas el millonario empresario inglés del sur de la isla, lo agarraron en volandas y lo tiraron a la sima, no se escuchó nada por unos segundos, lo que daba una idea de la profundidad, luego varios golpes secos y un silencio aterrador.

Los dos sindicalistas pedían por sus hijos, por sus mujeres, que se apiadaran, pero todo era inútil, Betancor arrastró al valenciano por las sogas de sus pies, el hombre se resistía, se revolcaba como una serpiente, hasta que se vio al borde del precipicio, el requeté Del Castillo agarró a Pablo Santana por las axilas, los colocaron juntos y a Eufemiano solo le bastó con un pequeño empujón, los dos cayeron al fondo, los golpes contra las paredes los destrozaron en pocos segundos.

Solo quedaban Santiago y Rubén que seguía de rodillas gritando, insultando: “¡Asesinos de mierda! ¡Fascistas! ¡Hijos de puta! Lo siguieron golpeando, entre los aullidos lastimosos de su perro, que no dejaba de mirar con asombro lo que sucedía en el borde de aquel barranco. El cabo Cisneros de la Guardia Civil los arrastró por los pelos, el joven seguía lanzando insultos: “Vas a morir perro comunista”, dijo el falangista De Lugo, en el momento que los empujaba para que cayeran violentamente al abismo de lava petrificada.

Luego se dedicaron a recoger los zapatos, limpiar los restos de sangre tapándolos con tierra, para regresar entre bromas y chascarrillos al camión que estaba junto al pequeño almacén de tomates.

El perro bajó lentamente la pequeña loma, se acercó oliendo el suelo, lamió con cariño las gotas de sangre de su amo que estaban sobre una pequeña piedra, se quedó sentado en el borde del agujero, allí pasó toda la noche, hasta que la luna dejó de brillar en el infinito.

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Blanca y Jacinto: La muerte por hambre de ancianos en la "democracia" española

Seis días solos, sin comida, viendo pasar juntos todos aquellos años donde también existió la felicidad, tristes de verse abandonados por un estado en manos de demonios, una lenta agonía, la que da el morir por inanición, cuando el cuerpo se va degradando, consumiendo lentamente hasta no poder más.

Esos fueron los seis últimos días de Jacinto y Blanca, los dos ancianos muertos por hambre en el barrio de Arenales, Las Palmas de Gran Canaria, un municipio que según su arrogante alcalde del PP, aspira a ser la capital económica del norte de África, sede de las sanguinarias multinacionales de los diamantes y el petróleo.

Jacinto de 75 años y Blancanieves de 68, sufrían el tremendo dolor de la miseria, mientras la ciudad celebraba su carnaval del despilfarro, cientos de miles de euros en pan y circo en una isla al borde de la hecatombe social, con más de doscientas mil personas que solo hacen una comida al día, con uno de cada tres niños sufriendo malnutrición y empobrecimiento extremo, cientos de miles de familias sin ingresos, haciendo cola cada día en los bancos de alimentos.

La vergonzosa hipocresía de los políticos del régimen español conduce a millones de personas al abismo de la barbarie, de sufrir el inmenso sufrimiento de Jacinto y Blanca, víctimas de un tipo de terrorismo que nadie persigue, que mata lentamente, que asesina entre robos y tramas corruptas, siguiendo los dictados de bandas mafiosas como el BCH, la Unión Europea o el FMI.

Morir de hambre ya es una causa más de muerte en el estado español, los medios de comunicación lo ocultan, como tapan los miles de suicidios por razones económicas cada mes, personas que desesperadas no aguantan más las presiones y el chantaje de la genocida banca usurera, respaldada por políticos corruptos sin escrúpulos para seguir asesinando.

Un recuerdo emocionado a estas personas, a las millones que sufrimos la aberración de un gobierno de psicópatas, capaces de todo para seguir enriqueciendo a sus putrefactos clanes familiares y empresariales.

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jueves, 26 de febrero de 2015

Madres robando pan en las madrugadas canarias: El fulgor de la miseria

Mónica salía todas las madrugadas, dejaba a la chiquilla envuelta en mantas, no habían cenado una noche más, la nevera casi vacía, solo un huevo y un limón partido por la mitad, casi podrido. Todo había ido a peor desde que la despidieron de la oficina donde limpiaba, desde que su antigua pareja le había retirado la manutención.

En servicios sociales no le daban ninguna salida, ni siquiera en Menores. Se pasaba hambre en aquella casita del barrio de San José en la ciudad de Las Palmas de Gran Canaria, la niña de solo tres años le reclamaba comida, todavía le quedaba algo de leche en sus desgastados pechos, más bien para consolarla, que usara sus pezones como chupete para saciar la ansiedad del hambre.

La joven bajaba por el callejón en aquel febrero frío y lluvioso, se ponía el único abrigo que le quedaba, una especie de gabardina de lana que le habían dado en la parroquia de San Telmo, avanzaba lenta hacia el barrio colonial de Vegueta, eran apenas las seis de la mañana, caminaba aterrada, preocupada, por si Arantxa se despertaba y se veía sola en aquella casa desolada y sin muebles.

Cerca de la catedral en las puertas de las lujosas viviendas había bolsas de pan colgadas, panes pequeños, grandes, redondos, olorosos, todavía calientes de los hornos de la panadería del barrio marinero de San Cristóbal. Mónica miraba alrededor en la semioscuridad, se percataba de que nadie la viera, como un fantasma iba sacando de cada bolsa un solo pan, dejando el resto para no fastidiar a otras familias, para que quizá no se dieran cuenta del pequeño hurto.

Sigilosamente los iba metiendo en una bolsa vieja de supermercado, la que le habían entregado en el banco de alimentos con varios productos caducados, no se quedaba con muchos, solo cuatro o cinco, en un ritual cotidiano de cada madrugada, como una especie de fantasma desnutrido, triste, cabizbaja, regresando por otras calles, atravesando la trasera de la Plaza de Santa Ana, mientras un coche de la policía pasaba lentamente por la subida de Tafira y Mónica lo observó de reojo, no era la primera vez que la paraban o acababa en comisaría, incluso un día un policía la dejó marchar al ver su extrema situación, aquella pobreza evidente, el rostro pálido y desnutrido de aquella bella mujer, inundada de dolor, de un inmenso sufrimiento por no tener nada con lo que alimentar a su hija.

Al pasar por la plazoleta de San José rebuscó un rato en los contenedores de basura, la daba mucha vergüenza que la vieran, pero no había otro remedio, era necesario conseguir algo para llenar aquellos panes recién hechos, un trozo de queso, algún bote de mantequilla, yogures fuera de fecha, tomates demasiado maduros.

Las paredes estaban llenas de propaganda electoral, del PP, del PSOE, de todo tipo de siglas irreconocibles que no le decían nada, rostros sonrientes de políticos prometiendo la panacea, empleos, una prosperidad que nunca llegaba, ni llegaría, solo más miseria, abusos de poder, corrupción política generalizada. Mónica los miró solo un momento, no le llamó la atención, sintió algo de asco. Primero estaba la supervivencia de Arantxa, el resto sobraba, lo demás era secundario.

Subió la escalera de su casa sin luz hasta el cuarto piso, hacía tiempo que no se limpiaba, no había dinero para pagar la comunidad, abrió la puerta y detrás estaba la niña llorando: “¿Mami dónde estabas?” “Había un monstruo, había un monstruo…”. Mónica la abrazó muy fuerte, la besó varias veces, mientras dejaba las bolsas en la entrada: “Traje comida para ti”, le dijo, mientras se le saltaban las lagrimas: “Vas a comer rico hoy mi niña”.

Se metió en la cocina y sacó el huevo del frigorífico para hacer una pequeña tortilla francesa, que troceó en varias exiguas porciones, suficiente para dos bocadillos y el resto lo metió en la nevera para el almuerzo y la cena, de la otra bolsa sacó varias natillas recogidas de la basura, unas manzanas mordidas, varios trocitos de queso llenos de hormigas, quizá fuera suficiente hasta la cita semanal con el banco de alimentos, todavía quedaban tres días, tenía que salir de nuevo la siguiente madrugada, esperaba que la niña no se despertara de nuevo, que no se volviera a asustar con ese terror que salía de la parte más oscura del viejo salón-comedor.

La niña observaba todo sentada mientras Mónica preparaba el desayuno, los piecitos no le llegaban al suelo de la vieja silla de madera: “Mamá come tu también, estás muy flaca”. La mujer la miró con una risa leve, una especie de mueca fingida: “Tu come mi niña, luego jugamos juntas a las princesas”.

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Niña a las puertas de una casa, que va a ser desahuciada, en el estado español

martes, 24 de febrero de 2015

La tortura de los sueños sagrados

El Land Rover atravesó la calle Tomás Morales, dentro varios “grises” con metralleta, atrás en “la jaula” dos hombres jóvenes con barba, pelo largo y ropa vaquera, camisetas Lee Jeans y los ojos hinchados de los golpes. El comisario Tejada les daba con el puño abierto en sus cabezas, iba con ellos, sentado entre los dos, gritaba encolerizado, les pegaba todo el rato, les apretaba los testículos. Era un personaje con el pelo engominado y bigote fino, vecino de un pueblo de Toledo, llevaba varios años destinado en Las Palmas, sus “buenas prácticas” en la Dirección General de Seguridad en Madrid le habían generado un gran prestigio, un halo de crueldad que generaba miedo hasta en el resto de miembros de la Brigada de Información, sus ojos marrones parecían de loco, una bandera de España en el reloj, una insignia en el pecho con el yugo y las flechas definían aquella siniestra estampa.

Javier Morales y Antonio Moreno estaban juntos en la calle Triana cuando los detuvieron, la manifestación de estudiantes acabó muy mal, los rodearon desde San Telmo a la entrada de Vegueta, no tenían salida, solo meterse en los comercios, donde sus dueños los delataban avisando a los esbirros, que los esposaban a golpes, sacándolos a patadas hasta meterlos en los coches y furgones enrejados.

Ambos tenían 17 años, estudiaban en el mismo instituto, afiliados al movimiento de estudiantes casi desde que salieron de la EGB, aficionados a la música de protesta, las canciones de Víctor Jara, Quilapayun, Labordeta, Silvio, Pablo y toda aquella clandestina trova, poesía y música que apaciguaba el alma, que escuchaban en los encuentros de los sábados en la vieja casa de la playa de Las Canteras, donde vivía la novia de Antonio, Silvia Monteagudo, la joven gaditana, cuyo padre trabajaba como capitán en los viejos barcos de una compañía noruega.

El jeep policial paró en la puerta de la comisaría de la Plaza de la Feria, el comisario Tejada le acababa de dar un codazo en la nariz a Javier, la sangre le brotaba a borbotones, por un momento perdió el conocimiento, recuperándolo cuando se abrió la puerta y los sacaron a empujones entre varios policías armados, casi en volandas los llevaron a un oscuro pasillo, la entrada de aquella guarida del terror, se escuchaban gritos en cada habitación, golpes, descargas eléctricas, un sonido seco y un olor carne quemada.

Aquel viejo policía los agarró por la camiseta, acercó su cabeza, susurrándoles al oído: “De aquí solo se sale muerto puercos rojos”, Javier no le quitaba la mirada y en ese momento le dio un cabezazo que lo tumbó redondo al suelo, al momento varios uniformados comenzaron a darle patadas de forma salvaje. Antonio se arrimó a la pared de aquel pasillo con las paredes manchadas de sangre, pero lo despegaron a golpes varios tipos de paisano junto a dos falangistas vestidos de azul, uno de ellos con una gorra roja calada que le tapaba uno de los ojos.

El pibe del barrio de Zarate vio como se llevaban a Javier, como ser perdía al final del pasillo acompañado del comisario y dos somatenes, sentado en el suelo, ya no se mantenía de píe, se quedó en aquella esquina junto a una de las celdas, esperando que de nuevo lo golpearan, se había orinado encima, la sangre la corría por los ojos, le enturbiaba la visión, cabeza gacha se quedó esperando, tratando de desaparecer, de fundirse y ser parte del hierro de las rejas de cada ventana.

Tejada levantó por los brazos a Javier, le hizo una especie de llave, empujándole los brazos contra el cuello, el joven no se quejaba, no decía nada, solo se escuchaba su respiración acelerada, eso desafiaba aún más al fascista: “Habla cabrón” “Dame nombres, teléfonos, direcciones del resto de la célula o te parto por la mitad hijo de la gran puta”.

Lo llevaron a un sótano, apestaba a humedad, a cloaca, solo se escuchaba un llanto de mujer, era como entrar en otra dimensión, un lugar inmensamente lúgubre, del techo caían gotas de agua, hacía mucho frío: “Tengo una sorpresita para ti chaval”. Javier no se inmutaba, solo resistía, los golpes secos en su cabeza, en su vientre.

Se abrió una puerta y salieron dos falangistas acompañados de un guardia civil con tricornio, dentro se escuchaban gemidos y gritos, una mujer ataba sobre una especie de mesa de taller, desnuda, la manos atrás encadenadas, las piernas abiertas, los tobillos aprisionados por dos sogas de pitera que le cortaban la carne a altura de los tobillos.

“¿La conoces?” dijo Tejada, “¿Sabes quién es?” En ese instante el muchacho vio su rostro, el pelo rubio enredado, aquellos ojos verdes llenos de lagrimas y sangre, era Silvia. Por un momento todo le pareció una pesadilla, quiso despertar, pero era imposible, era ella, era su amada, de la vagina le manaba sangre, sus pechos cortados, solo le quedaba la mirada, aquella mirada de la que se había enamorado en la verbena de la Plaza del Pilar aquella noche de mayo.

“Ahora vas a hablar ¿Verdad?” “Aquí la tienes, tu querida novia, la hija del gaditano, ya se la ha follado medio cuartel”, “¿Quieres que le metamos un hierro caliente por el coño?” El muchacho trató de soltarse, era imposible, Silvia lo miraba: “No digas nada Javier, yo ya estoy muerta, no digas nada por favor”.

En ese momento uno de los fascistas, de unos 50 años, gordo, barrigón, calvo, sudoroso, se bajó la cremallera y empezó a violarla de nuevo. Javier gritaba, una especie de alarido de animal herido, casi no podía moverse, lo agarraban, lo obligaban a mirar, a contemplar el martirio de lo que más quería en el mundo.

El muchacho se quedó callado, llegó hasta el final, al rato todo era difuso, su mente se nubló, ya no era él, Silvia dejó de gritar, la habitación se impregno de una energía desconocida, de un olor a putrefacción, ni los policías se atrevían a hablar, la chiquilla dejó de respirar por la hemorragia, solo Tejada, gritaba: “Sáquenlo de aquí a este hijo de puta, sáquenlo ya, no quiero verlo más, no quiero verlo más…”.

Aquella noche fue interminable, una especie de viaje hacia lo desconocido, una muerte en vida, el final de un sueño sagrado.

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La noche de los lápices (1995) - Mural de 3 x 5 metros obra del artista César López Claro (1912-2004)

El estado del vergonzoso saqueo

Más muertes por suicidios, 15.000 en tres años por razones económicas, cuatro millones de niños/as pasando hambre, casi seis millones de personas desempleadas, cientos de desahucios diarios a golpes y patadas de los esbirros uniformados, nueve enfermos/as de hepatitis C muertos/as cada día sin que el gobierno del PP les facilite la medicación, 125.000 personas dependientes fallecidas sin que llegaran a tiempo las ayudas del estado.

Este es el verdadero “estado de la nación”, el estado de la vergüenza, del bipartidismo, de la corrupción política generalizada, de la represión policial y la “ley mordaza”, de la miseria, del sufrimiento de millones de familias sin ingresos, haciendo cola en los bancos de alimentos para no morir de hambre.

Los aplausos del grupo popular a un patético presidente son los de la traición a todo un pueblo, manos manchadas, sucias de deshumanización, de insensibilidad, de codicia, de servilismo a la delincuencia financiera internacional del FMI y la Unión Europea.

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lunes, 23 de febrero de 2015

Aguirre "paracaidista de honor" en el esperpento nacional

Una payasada en toda regla con forma de estado, un montaje teatral al que llaman “democracia”, un sistema que destruye la vida la ciudadanía con recortes y corruptelas políticas de todo tipo, que se revuelca en la mierda con sus “grandes hermanos”, sus mafias organizadas metidas en política, robando a manos llenas, privatizando, saqueando el dinero de todos/as. Un país donde su ejército premia a personajes tan detestables como Esperanza Aguirre, una burla, una farsa, un esperpento con todo atado y bien atado, cimentado con pegamento de sobre, desde la constitución del siniestro régimen del 78.

La nueva “paracaidista de honor” goza feliz en la absoluta impunidad de sus vergonzosas acciones, al otro lado el pueblo, la miseria, el desempleo, personas enfermas que mueren sin medicación, familias humildes que pasan frío, niños/as con hambre, decenas de personas que se quitan la vida cada semana por razones económicas.

Se nos cae la cara de vergüenza ajena.

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domingo, 22 de febrero de 2015

La brisa triste de aquel julio en la isla de Achinech

El viejo correíllo avanzaba lentamente hacia Santa Cruz, Manuel Toledo se refugió en la parte menos transitada del barco, no podía permitir que los falangistas y guardias civiles lo identificaran, su rostro era demasiado conocido por su actividad sindical con las mujeres tabaqueras, siempre junto al diputado del Frente Popular, Eduardo Suárez. Su cara era la misma aunque se hubiera dejado aquel poblado bigote rubio. Seguía escondido entre los bultos de la proa. En el puerto de Tenerife lo esperaba Maite Aizpuru, la joven vasca con la que había compartido aquellos años de lucha en el Partido Comunista, la muchacha de apenas 19 años, que había vagado sola por los montes de Anaga desde la noche del golpe de estado, ese sábado negro de 1936.

El hombre avistó desde el barco a la chica, no hizo ningún gesto, estaba amaneciendo, el muelle estaba repleto de esbirros uniformados, de militares armados hasta los dientes, de requetés custodiando hombres y mujeres esposados, ensangrentados, bajando de camiones para embarcarlos hacia Las Palmas, varios curas acompañados de guardias civiles que parecían celebrar un acontecimiento universal, gastaban bromas sobre algo así como “la santa cruzada”.

Manuel caminó con el cachorro negro metido hasta los ojos,  abajo había un guardia de asalto que pedía identificaciones, por un instante todo se le volvió negro, como si el tiempo se parara y no estuviera en la tierra. Se encontró de frente con el policía que lo miró detenidamente: “¿Eres Manolo?” dijo el agente. El hombre lo miró y quiso conocer aquella cara: “¿Qué pasa compadre, donde vas?” insistió, mientras Manuel esbozó una triste sonrisa. Era Abundio Sánchez, el hijo del médico de Valsequillo, destinado en el municipio de Los Silos desde antes de la guerra. Se saludaron mientras Maite observaba temblando desde el otro extremo del muelle: “¿Vienes huyendo?”, le dijo, mientras mascaba tabaco habanero. El joven isleño no pudo más que asentir mientras le rugía todo el cuerpo: “Pasa yo no te he visto, ni sé quién eres, no te conozco hermano”, le susurró al oído agarrándolo del brazo. El muchacho bajó el resto de la escalerilla de madera, dirigiéndose sin rumbo fijo hacia la explanada del puerto. Allí lo recibió Maite con un abrazo leve, un suave beso en la mejilla, metiendo la pequeña mano en su axila con suavidad, le comentó algo ininteligible, solo un objetivo: sacarlo de allí con paso lento y sin mirar atrás.

Atravesaron las calles de la ciudad colonial, había mucho movimiento, hombres detenidos bajando de sus casas maniatados, camiones repletos de presos con destino al campo de concentración Fyffes, mucha gente con miedo, ventanas cerradas, calles mojadas por una ligera lluvia, la normalidad de una urbe hasta hacía pocos meses tranquila, placida, relajada, convertida en un espacio para el terror. Los gritos, disparos, golpes, maltrato en cualquier esquina. Falangistas borrachos haciendo de las suyas, llevándose a mujeres republicanas a sus cuarteles para violarlas, una tristeza que jamás aquel pueblo había visto, un eco lejano de los tiempos de la conquista, varios siglos atrás, cuando otros hombres armados, protegidos con armaduras de hierro, arrasaron por todo un pueblo indígena, aún se sentía aquel olor de cinco años de resistencia, de los heroicos alzados en los pinares de Taganana, los gritos de guerra en sus acciones clandestinas, pedradas, golpes de banot, estratagemas heroicas contra un ejército castellano muy superior en armamento.

Como una chiquilla, Aizpuru, casi no podía hablar por el miedo, era demasiado joven, pensaba Manuel, ante aquel incierto destino, avanzando hacia el barrio de San Andrés, allí la sangre inundaba las calles, solo unos momentos antes habían disparado contra un grupo de anarquistas resistentes, los cinco cadáveres abatidos eran tirados por falangistas de paisano en un viejo camión, todo era dolor, la isla del Teide ya no era aquel territorio de belleza infinita como siempre fue, solo era dolor, luto, llantos de niños y mujeres, alaridos de dolor de madres desesperadas, que se escuchaban en cada casa del viejo poblado pescador.

Los dos entraron en la casita terrera de Jaime Trujillo, el letrado profesor de la Universidad de La Laguna, no había nadie, aquel hogar estaba vacío, pero Maite tenía la llave, Manuel no preguntó nada, se sentaron en el vestidor, ni siquiera miraron en el interior, se quedaron allí en el sillón de mimbre tomados de la mano. No hablaron, solo se abrazaron y en unos instantes pareció que se paraba el mundo, la mujer sintió el olor a salitre y sudor del hombre, Manuel sintió aquella fragancia pura de matorrales y romero, el polvo de retama en aquel pelo negro enredado. Se quedaron allí como ovillados en un solo cuerpo, no había nada que decirse, demasiado dolor, demasiadas muertes de camaradas, sentían que todo estaba perdido, que solo quedaba esconderse como animales heridos, refugiados del fuego de una tormenta eterna.

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sábado, 21 de febrero de 2015

Cuando el voto puede asesinar el futuro

Indigentes que mueren en las calles de Valencia, tres en menos de una semana, bebés de pocos meses que sucumben de frio y enfermedades curables, personas mayores sin recursos revolviendo en la basura de cualquier ciudad, millones de niños y niñas en situación de hambre y empobrecimiento extremo, familias desahuciadas que malviven en espacios sin luz ni agua, que como en cualquier corrala resisten el embate de un régimen altamente descompuesto, de pudrición política generalizada, de saqueo del patrimonio público, de privatización de servicios esenciales, de abandono y desamparo de la ciudadanía, de las personas más desfavorecidas, un panorama que configura un genocidio social sin precedentes en la historia de España.

Mientras todo esto sucede, en una realidad desoladora, las encuestas electorales más recientes pronostican que el partido del gobierno volverá a ganar, que su palanganera y eterna “oposición” obtendrá un jugoso tercer puesto a pesar de tantos saqueos, el surgimiento de fuerzas políticas claramente ultraderechistas que pueden optar a posibles pactos de gobierno, acuerdos que mantengan en el poder a los culpables de tanto sufrimiento, de tantas injusticias, montajes y asaltos a la democracia en forma de desahucios que expulsan de sus casas a familias con menores, con enfermos terminales, a gente mayor sin nada, todo tipo de despropósitos y abusos de poder que podemos ratificar sintonizando cualquier informativo, uno tras otro, cada día un nuevo escándalo de corrupción política: tarjetas blacks, sobres, financiación ilegal, maletines repletos de millones, puertas giratorias, desvío de capitales a paraísos fiscales, destrucción del patrimonio público, venta a precio de costo de servicios tan esenciales como la sanidad, los servicios sociales, la educación pública.

Lo que los voceros del régimen llaman pomposamente “gentes de bien” son quienes les mantienen en el poder, esa “masa silenciosa que no va a manifestaciones” que dijera el nefasto presidente Rajoy, la que les sigue votando pase lo que pase, muera quien muera, robe quien robe. Obreros/as que votan por quienes les conducen al abismo de la miseria y el hambre, barrios, ciudades, donde la pobreza se percibe en cada esquina y que los estudios de estimación de voto dicen que volverán a ganar, que seguirán en el poder en municipios con vergonzosas tramas de corrupción, comunidades autónomas donde se han retirado servicios de urgencias de pueblos remotos, con la mayoría de sus gobernantes imputados o encarcelados en todo tipo de tramas “púnicas”, “gürtels”, “malayas”, “faycanes”, “góndolas”…, todos esos nombres rebuscados que elige la policía, que en su mayoría acaban en nada, puras maniobras de dilación, procesos judiciales alargados en el tiempo intencionadamente, con el único objetivo de distraer, hacer olvidar a la ciudadanía que sus representantes públicos han robado y actuado como vulgares delincuentes.

En este año 2015 habrá varias citas electorales, si el pueblo, si la inmensa mayoría de la ciudadanía no toma conciencia, si en caso de decidirse a votar no medita en profundidad que papeleta poner en la urna, si se deja llevar por la estructurada manipulación mediática vendrán tiempos terribles, mucho peores de los que vivimos actualmente, con millones de personas desempleadas y familias sin ningún tipo de ingresos.

¿Seguirán masacrando a personas inocentes, a enfermos/as dependientes, de hepatitis C condenados/as a una muerte segura abandonados/as por el gobierno, a niños/as bajo el umbral de la pobreza, a gente que no puede más y se quita la vida, que se lanza al vacío, que se corta las venas, que se arroja a las vías del tren?

La respuesta está vez no estará en el viento, sino en la justicia de una meditada decisión, en la inmensa capacidad del ser humano para cambiar lo injusto, lo terriblemente cruel por la brisa de la esperanza y la libertad.

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jueves, 19 de febrero de 2015

La poesía asesinada donde Federico sembró esperanza

En un país donde uno de sus poetas más universales sigue enterrado en una fosa común, asesinado y desaparecido, como cientos de miles de víctimas del franquismo, esa forma de fascismo que todavía a muchos les cuesta asumir, digerir, asimilar, que sigue incrustado, metido sin calzador en la médula de todos los estamentos de un estado fallido llamado España.

Federico nunca imaginó lo que le iban a hacer aquellas bestias inmundas en agosto de 1936, jamás pensó que le pagarían de aquella forma tan cruel por su maravillosa obra, su compromiso social, su prodigiosa voz contraria a las tradiciones más injustas, la inmensa sensibilidad para recrear el arte en sus geniales creaciones literarias, en el teatro popular, el que educaba y movilizaba a un pueblo cada vez más consciente, defensor de la justicia y la libertad.

Esta España que sigue permitiendo que el terror inunde los escasos espacios de claridad, que desde su gobierno humilla a las víctimas de la dictadura, que criminaliza a quienes exigen el cumplimiento de los derechos civiles, una España negra, oscura, caciquil, la misma que siempre aborreció el pobre Federico, los ojos de odio que el poeta pudo observar esposado, instantes antes de ser fusilado, junto al maestro de Pulianas, José Dióscoro, al lado de dos banderilleros anarquistas de la CNT, uno de ellos Francisco Galadí. La  brutal mirada de quienes lo asesinaron llamándolo “maricón”, enterrando la poesía, su cuerpo, aquellos cuerpos que olían a ternura, mezclados con el barro de los olivares de Granada, muy cerca de la Fuente Grande.

Hoy los soberbios herederos de ese holocausto ostentan cargos públicos, viajan en coche oficial, ganan millones saqueados al pueblo, avergüenzan a la ciudadanía honrada en permanentes tramas de corrupción, protagonizando todo tipo de escándalos de delincuencia política, ocultan los asesinatos masivos ocurridos hace apenas 75 años, no permiten a la mayoría de las familias recuperar esos restos, obstruyen, con todo tipo de argucias legales, que la mayoría de las fosas comunes del estado se puedan exhumar.

Lorca recorre el mundo, vuela libre entre civilizaciones y culturas, su poesía admirada, homenajeada en cada rincón de la vieja madre tierra humilla a sus asesinos, golpea los rostros imperturbables de unos gobernantes herederos del terror, precursores de una monarquía desprestigiada, “amiga” de horrendas dictaduras criminales, como las de Arabia Saudí o Marruecos, personajes protagonistas de esta triste España, incapaces de un gesto de coherencia, de humildad y valentía, que supondría juzgar al franquismo, reconocer que fue lo mismo que el nazismo, hacer justicia, abrir cada cuneta, cada fosa, cada espacio planificado para el crimen y la tortura, llenarlo de flores y dignidad.

Cerrar y cauterizar tantas heridas del alma, el sufrimiento de cientos de miles de familias que siguen sintiéndose desamparadas, odiadas, abandonadas, por quienes ostentan el decrepito poder de una nación triste, con el corazón ensangrentado, donde se abandonó la poesía por el dinero y el robo.

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miércoles, 18 de febrero de 2015

El exilio de los sueños

Los dos jóvenes subieron presurosos al barco con destino a Venezuela, el miedo los tenía atenazados tras las horas de espera, fueron varios días con sus noches escondidos entre los bultos del muelle de Las Palmas. Sintieron una enorme sensación de alivio cuando vieron que el velero de vapor se alejaba de la costa, dejando atrás el amado litoral isleño, adentrándose en el inmenso Atlántico, entre niebla y lluvia de un triste octubre, huyendo de una muerte segura, forjando una nueva esperanza al otro lado del mundo.

Nicolás Medina, y Fulgencio Álvarez no se lo creían, había sido muy difícil burlar todos los controles, la vigilancia permanente de los falangistas y militares en cada rincón de Gran Canaria. Aquellos tres años escondidos entre los montes de Galdar, Artenara, Tamadaba, Inagua…, alimentándose de lo que podían, de la leche que los pastores de Juncalillo les dejaban a escondidas, oculta en ganigos de barro entre las retamas, en cada cueva por donde pasaban, durmiendo de día y moviéndose de noche, el gofio amasado de millo era su única fuente de alimentación, algún queso tierno, mucho dolor, demasiadas penurias en aquellos calurosos meses de agosto y septiembre del 36.

Fue el mismo 18 de julio cuando comenzaron las detenciones, los coches y camiones de uniformados recorrían cada municipio, desde San Lorenzo a La Aldea de San Nicolás, Mogán, San Bartolomé de Tirajana, Aguimes, Telde, Ingenio, no quedaba ni un espacio sin revisar, encerrando a miles de hombres y mujeres, asesinando, torturando, desapareciendo, simplemente por pertenecer a cualquier organización anarquista, comunista, socialista, por defender la democracia y la legítima República.

Fulgencio, de apenas 24 años, miembro de Partido Comunista y de la Federación Obrera, estudiante de derecho en la Universidad de La Laguna, respiraba hondo, suspiraba tranquilo cuando la isla se perdía en el horizonte, en el momento en que las olas de alta mar amenazaban aquel viejo cascarón repleto de pasajeros, comentaba con Nicolás lo terrible que hubiera sido que los hubieran capturado, la acertada decisión de no esperar como hicieron otros, esperanzados en que el golpe de estado no fuera tan cruel.

La dificultad de sobrevivir una persecución en un territorio tan limitado, tan controlado por una oligarquía sin escrúpulos para asesinar, violar, saquear, destruir, una patronal, caciques y terratenientes, que habían elaborado meses antes del alzamiento cientos de listas de las personas que había que detener y represaliar, una estrategia pormenorizada de quienes serían asesinados, encarcelados, las propiedades que se quedarían, el reparto de un pastel de muerte, todo tipo de crímenes horrendos, en unas islas que nunca habían vivido una represión tan fuerte, comparable a la que llevaron a cabo los conquistadores castellanos con el antiguo pueblo indígena.

Nicolás, también muy joven, no pasaba de 22 años, jornalero, anarquista de la CNT, estudiante de inglés en sus horas libres, jugador de fútbol, incansable lector y defensor de las personas desfavorecidas, le contaba a Fulgencio que los días previos al golpe una energía negra inundaba las calles, que se presentía que algo terrible iba a suceder, que jamás pensó que fuera algo de tanta magnitud, no lo imaginaba, decía, mientras se comían el trozo de pan y queso bajo una de las barcas salvavidas, apenas tuvo tiempo de despedirse de Luisa Macías, la joven de Acusa Seca que trabajaba limpiando la casa de un terrateniente en el Valle de San Pedro.

Fue todo tan rápido, tanta sangre derramada, tantos compañeros asesinados por el terror fascista, la información sesgada que les llegaba cuando lograban hablar con algún pastor, que les decía a quien se habían llevado, a quienes habían desaparecido, los lugares de la muerte: La Sima de Jinámar, la Mar Fea, los pozos de Arucas y Tenoya, los masivos fusilamientos en el campo de tiro de La Isleta.

Esos datos estremecedores les generaban más miedo, les hacían tomar más precauciones, ese fue el momento en que decidieron caminar de noche, no encender fuego aunque hiciera frio, alejarse de cualquier grupo de casas, adentrarse en aquellos inmensos y mágicos pinares, orientándose por las estrellas, tratando de buscar el momento, el instante adecuado, para que ese barco los sacara de aquella isla, de aquel archipiélago desgraciado, arrasado, en manos de brutales seres sanguinarios.

En medio de aquel océano ya casi oscurecía, los dos hombres miraban el horizonte, no se veía tierra, solo un cielo rojo, el sol que casi se ocultaba, las mantas viejas les protegían de aquel viento helado, los dos se quedaron callados, a pocos metros se apreciaba el movimiento del mar, una ballena con su cría avanzaba lenta hacia otra migración, los hombres no dijeron nada, los ojos humedecidos, pensamientos innombrables, solo el silencio abrazó cada instante de aquella noche interminable.

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