lunes, 26 de enero de 2015

Fueguitos entre el incendio del mundo

Esa mañana de abril Lola despertó temprano a los chiquillos, solo hacía dos semanas que habían fusilado a su querido Pancho, en la casa no había comida, ni ingresos, se había agotado el gofio y casi no quedaban papas en la cueva del fresco. Salieron juntos por la carretera general de Tamaraceite e iniciaron el camino hacia Las Palmas. Lorenzo el más pequeño, de solo dos años en sus brazos, Diego y Paco andaban a paso lento cabizbajos, todavía con el miedo en el cuerpo por el asesinato de su hermano Braulio en su cuna, habían sido testigos directos desde el camastro que compartían, todavía la sangre del bebé manchaba las paredes de cal y barro.

Desde las ventanas, casi ocultas, las vecinas miraban, no decían nada, el miedo cerraba bocas, solo Rosa, su tía, los acompañó hasta el puente, las dos vestidas de negro, un luto riguroso, unas caras muy tristes, una especie de peregrinación a ninguna parte, que solo fue empañada cuando el cojo Acosta pasó a su lado y escupió en las piernas de Lola, lanzando una serie de insultos: “¡Rojas asquerosas! En pocos días iremos a buscar a estos desharrapados para internarlos en una escuela de Falange”. Los chiquillos llorando, aterrados, se abrazaron a las faldas de su madre, solo Rosa le contestó, se plantó a dos metros del jefe de Falange y le dijo: “¿Tan valiente eres de venir a amenazar a dos mujeres desamparadas? ¿Por qué no te atrevías a hacerlo cuando el año pasado saliste de la cárcel por violar a dos niños? ¡Maldito, sinvergüenza, asqueroso, abusador!”

En ese momento se hizo el silencio, Acosta miraba como desconcertado, al momento bajaron del antiguo ayuntamiento varios requetés con fusiles. El cojo les dijo que: “No pasa nada, no pasa nada, estas putas rojas que todavía se creen con derecho a pasearse por nuestro pueblo, déjenlas ir, déjenlas, que quien mal anda mal acaba”.

Las mujeres se despidieron en La Guillena, Rosa abrazó a los chiquillos que lloraban, trató de tranquilizarlos pero fue inútil, le pasó el brazo por encima a Lola, que parecía una muerta viviente, pálida, blanca como la cal viva, con los labios temblándole desde la noche que avisaron del fusilamiento de Pancho, del resto de sus camaradas, del alcalde comunista de San Lorenzo, de Juan Santana Vega, de todos aquellos grandes amigos de la infancia en aquel pequeño pueblo isleño, el honrado y prospero municipio de San Lorenzo en la ensangrentada isla de Gran Canaria.

El camino se hizo largo por la lluvia, las barranqueras corrían, no tenían donde refugiarse bajando por Mata, los niños tenían frío, Lola solo les colocó la vieja manta sobre sus cabezas, ya quedaba menos para llegar a la calle Triana, cuando vieron que en las calles había mucha gente, hombres y mujeres vestidos de azul, banderas rojigualdas, azules con las flechas fascistas, todo el mundo caminaba rápido, la euforia se respiraba. Lola paró un momento cerquita de la Capitanía General, el mismo lugar donde llevaron a Pancho la noche de su detención. 

Se sentaron los cuatro en el bordillo y un barrendero se paró a saludarla, era amiga de su marido, del sindicato, de la Federación Obrera. Le dio un beso a los chiquillos, un beso en la mejilla a ella, era Juan Herrera, del Risco de San Nicolás, un hombre bueno, que había escapado de las detenciones porque su mujer trabajaba como criada en la casa de la Marquesa de Arucas, tenía dos hijos bastardos con el hijo del conde. Gracias a eso se libró del campo de concentración, de que se lo llevaran junto a sus compañeros sindicalistas.

Hablaron solo unos minutos, no era conveniente que los vieran juntos, además las calles estaban llenas de fascistas. Le dijo a Lola: “¿No sabes nada muchacha? Franco esta hoy en la isla, hay un desfile en Triana en un rato, ten cuidado por si alguno de estos cabrones te conoce y te hace algo” La mujer solo agachó la cabeza, le costaba hablar, había sufrido demasiado, por su mente solo pasaba la imagen del niño con la cabeza destrozada, la sangre, el recuerdo de su amado Pancho ahora muerto, enterrado en la fosa común del cementerio de Las Palmas.

Se despidieron sin despedirse, con una especie de mirada y partieron hacia Triana, la idea era empezar ese día a mendigar por las calles, acercarse a la Plaza del Mercado en Vegueta, recorrer las casas de los ricos, buscar misericordia para una viuda con tres hijos, sin medios para sobrevivir.

Triana ese día estaba lleno de banderas, de flores, de cruces y santos. Las señoras asomadas a los balcones, las ventanas repletas de gente, de niños y niñas, monjas y curas buscando el mejor sitio para ver al caudillo, miles de personas alegres, dando vivas a España, a Falange, al glorioso alzamiento nacional.

Lola y los chiquillos se quedaron en una esquina, Lorenzo dormía plácidamente en sus brazos, tenía mucha tos, llevaba días malito de tosferina. La gente la miraba de reojo, solo alcanzó a recibir algunas monedas, casi nada, ni siquiera había para comprar un poco de arroz, pero se mantuvo, la lluvia caía, los hombres fumaban, el humo de tabaco de virginio creaba una especie de nube sobre las cabezas de la eufórica masa.

En ese momento se vio llegar la comitiva, la gente gritaba: “¡Franco, Franco, Franco!”, le vio aparecer en su coche negro, saludando con la mano, alzando el brazo, a su alrededor todo el mundo daba alaridos de alegría, las mujeres chillaban, lloraban de emoción, Lola con Lorenzo casi no podía moverse, Diego y Paco se abrazaban a sus enaguas asustados, seguían teniendo mucho miedo. En ese preciso instante, como una especie de avalancha, un hombre calvo, con bigote muy fino se acercó corriendo y golpeó violentamente a Lola, la tiró al suelo, Lorenzo cayó de bruces, sus hermanos se quedaron sentados llorando, Lola con sangre en la nariz. El energúmeno falangista solo gritaba insultos, le recriminaba que no hubiera levantado el brazo al paso del caudillo.

La mujer se quedó un rato en el suelo, Lorencillo se le abrazaba, se agarraba como los tiernos bebés de los primates, Diego le limpió la sangre a su madre con un pañuelo viejo, el hombre se fue gritando: “¡Puta roja, asquerosa!” Los tres se levantaron, caminaron sin parar hacia la subida de Mata, Lola miraba para atrás, temía que la siguieran, que le quitaran a los niños, Lorenzo no dejaba de llorar, casi aullaba en una rabieta incontenible.

No se detuvieron hasta llegar a las cuevas de Mata, allí se pararon, se sentaron, la sangre le seguía manando por la nariz rota, el tabique destrozado del puñetazo del fascista.

Lola solo tuvo fuerzas para abrazarlos muy fuerte, no podía decir nada. Allí se quedaron como fueguitos entre el incendio del mundo, solos, callados, gimiendo versos de tristeza, desamparados en la alborada, buscando la claridad imposible de una tarde lluviosa y perdida de abril de 1.937.

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viernes, 23 de enero de 2015

Cuando se desahucia a un bebé de mes y medio es que no hay democracia

Un estado que es capaz de desalojar de su vivienda a una familia con tres niños, uno de ellos un bebé de apenas mes y medio, demuestra el talante vergonzoso de sus gobernantes, los niveles extremos de degradación en cada estamento de un país destruido, en manos de personajes sin escrúpulos, capaces de todo para enriquecer a la usura, a una banca tramposa, que ni siquiera respeta a los seres más frágiles y desprotegidos, a un niño que dormido en su cunita escuchó los golpes de los siniestros antidisturbios del régimen, la policía política del PP, que destrozó la puerta en plena madrugada, ante los ojos atónitos de una familia estafada, reprimida, vejada, pisoteada en sus derechos constitucionales más elementales.

La vergüenza de la marca España desahucia niños recién nacidos, personas enfermas de gravedad, discapacitadas, empobrecidas y arrasadas por una banda política ocupada en seguir forrándose de millones, ajenos al empobrecimiento generalizado de gran parte de la ciudadanía, a las cifras espectaculares de desempleo, de suicidios, de hambre infantil, de familias enteras sin ingresos, inscritas en los comedores sociales de Cáritas, en los bancos de alimentos para no morir de inanición.

Una inmensa rabia, la impotencia que sentimos al ver la brutalidad policial rompiendo la puerta de esta familia en Madrid, una tristeza compartida por las millones de personas que han visto en todo el mundo el estilo fascista de un gobierno, de una fuerza política heredera directa de la dictadura de Franco, de un régimen, de una monarquía sin vergüenza, entregada a la noche loca del enriquecimiento generalizado, siempre a costa del sufrimiento y el dolor de todo un pueblo, de la privatización premeditada de los servicios sociales, de la sanidad, de la educación, de las suprimidas ayudas a la dependencia con cientos de miles de personas asesinadas, víctimas de unas políticas diseñadas para destruir la democracia y la libertad.

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jueves, 22 de enero de 2015

La expropiación de la vida y la esperanza

Carmensa y su hija Matilde esperaban en la sala adjunta a la oficina del jefe de urbanismo. La notificación de expropiación para montar un gran centro comercial  de una multinacional francesa les había llegado hacía dos semanas. La anciana propietaria de la vieja casita canaria del siglo XVII, en la vega agrícola de Tamaraceite, sufrió una subida de tensión cuando llegó el notificador municipal, tuvo que ser ingresada en el Hospital Doctor Negrín, no imaginaba que aquel ayuntamiento, ahora gobernado por el PP, le fuera a quitar la casa de sus antepasados, donde pasó toda su infancia y juventud, toda su vida.

Habían recurrido gracias al abogado de la PAH, pero no había salida, incluso fueron al despacho del constructor y promotor de la obra, un personaje sin escrúpulos nacido en Gran Canaria, pero vecino de Tenerife. El gordo y sudoroso pocero semi analfabeto las recibió después de esperarlo casi cinco horas, tenía una gran foto del general Franco presidiendo su despacho, junto con otros portarretratos sobre la mesa con el alcalde Las Palmas de Gran Canaria, con el rey de España en una lujosa recepción, además de una con el ministro de industria y energía, un canario traidor a su pueblo, promotor de la extracción de petróleo en los valiosos mares de aquel archipiélago desafortunado, repleto de miseria, desempleo y hambre infantil.

El especulador casi no les dio tiempo a hablar: “¿Qué coño quieren? Ya saben que la legalidad me ampara y que esta obra es de interés general”. Las dos mujeres con lagrimas en los ojos le rogaron que nos les quitara su casa, que no tenían donde ir, pero el corrupto solo esbozó una sonrisa: “Es lo que hay señoras, primero lo primero”.

Matilde solo alcanzó a decirle, mientras las desalojaban dos gorilas enchaquetados y con gafas negras: “¡Maldito hijo de puta! ¡Ladrón! ¡Asesino!”, para en unos pocos segundos verse solas y abrazadas en las calles de Santa Cruz, tristes, desesperadas, abocadas a un futuro negro sin dinero, sin casa, sin esperanza, de camino para el ferri de Armas que las llevaría de vuelta a Gran Canaria.

La secretaria del jefe de urbanismo les dijo que ya podían pasar, aquel hombre con acento peninsular, que en todo momento las trató con amabilidad, pero sin darles ninguna esperanza de solución, insistiendo en que el inminente desalojo y la pérdida de su vivienda sería a precio de catastro, que buscaran otro lugar donde vivir, que quitaran los animales cuanto antes, ya que las excavadoras demolerían la casa en menos de diez días.

Carmensa le habló de sus cabras, de los conejos, de la hurona de su nieto, de los cuatro perros podencos, que no tenían donde llevarlos. La abogada de la concejalía, una joven muy bien vestida, presente en la mesa de reunión, les comentó algo sobre el Albergue de Animales de Bañaderos, que llamaran allí que seguro se los llevarían ipso facto.

Las dos mujeres abrumadas salieron hacia la estación de guaguas de San Telmo, no había más que hablar, tenían que atravesar la calle Tomás Morales repleta de estudiantes. Carmensa le dijo que se sentía un poco mareada, que pararan a tomarse una infusión en un viejo bar cerquita de la Plaza del Obelisco. Allí se sentaron destrozadas y fue cuando la anciana muy emocionada, llorando sin llorar, le desveló los nombres de los falangistas que habían asesinado a su padre, a su tío Carmelo Afonso, la noche que se los llevaron de aquella misma casa a punto de ser derruida, cuando vinieron junto al guardia municipal Pernía, el joven Santo, Eufemiano, Penichet, Leacock y varios más, todos vestidos de azul, de algunos no recordaba el nombre, solo la inmensa rabia y el odio en sus ojos, cuando de madrugada sacaron a los dos campesinos anarquistas a patadas y puñetazos. Matilde la miraba alucinada, nunca le había contado con tanto detalle lo que sucedió aquel 29 de agosto de 1.936. La pobre vieja solo tenía siete años, pero todo estaba grabado en su mente, aquel terror inmenso, los hombres armados, los golpes e insultos: “Rojos de mierda, vamos directos pa la sima volcánica de Los Giles”.

La hija de Carmensa no entendía porque justo aquel día había decidido contarle todo aquello, pero la anciana, ante el vasito de tila y la pastilla de la tensión, la miró fijamente: “Sabes mi niña, son los mismos, los mismos que mataron a tu padre, a tu tío Carmelo, ahora nos roban nuestra casa, lo poco que tenemos, como ya hicieron cuando la guerra, lo que ahora querida son constructores, políticos de la derecha, jueces, abogados, que lo único que han hecho es cambiarse el uniforme azul por corbatas de colores, trajes caros, cochazos de lujo, pero son los mismos, los mismos criminales mi hija”.

Las dos se quedaron un rato calladas mirándose, en sus ojos navegaron miles de recuerdos, los momentos felices, aquellas tardes de asadero, vino de la tierra, guitarras y timples, isas y folías rodeadas de perros juguetones, chiquillos, vecinos y familiares. La casa ahora iba a desaparecer, como un universo que estalla, un espacio de amor para el olvido, unos recuerdos tiroteados desde fusiles traidores, un pelotón de fusilamiento, una brigada del amanecer elegida en unas corruptas elecciones, una banda organizada de caciques, militares sediciosos y sanguinarios requetés disfrazados de demócratas de toda la vida, que se adueñaban de nuevo de sus vidas, de aquella felicidad ahora encadenada a los intereses de la mafia política, la misma oligarquía asesina que había llenado de dolor y sangre sus vidas, venía de nuevo a reclamar lo que siempre creyeron que les pertenecía.

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Soldados franquistas encañonan a dos transeúntes en Sevilla el 18 de julio de 1936. / EFE

martes, 20 de enero de 2015

El manchego-canario enterrado vivo: La espalda ante el pelotón

Los colocaron a todos de espaldas ante el pelotón de fusilamiento, esa vez la fosa ya estaba abierta, era el cementerio de Las Palmas, el mismo lugar donde habían enterrado, todos juntos amontonados, después de asesinarlos a más de 80 camaradas.

Juan Azofra “el peninsular”, como  le llamaban cariñosamente en los tomateros de los Betancores en Los Giles. Era uno de los que estaban a punto de morir tiroteados. El joven manchego recordaba en esos instantes finales a su madre en su pequeñito pueblo, cerquita de Toledo, su amada esposa que lo esperaba, de la que tenía su foto en el pecho, en la chaqueta de dril grisácea, que era lo único que no le habían quitado cuando vino el cura, aquel capellán de Telde, el que llevaba siempre pistola al cinto, famoso porque junto con la bendición daba el tiro de gracia a los moribundos fusilados.

La nuca era su lugar preferido, pero no hacía ascos a las sienes, a los ojos abiertos de aquellos jóvenes republicanos, anarquistas, antifascistas, condenados en la masacre, junto a los más de cinco mil canarios asesinados, masacrados por las fuerzas fascistas, sin que apenas existiera resistencia al brutal golpe de estado, solo gente humilde, profesores, abogados, médicos del pueblo, sindicalistas, jornaleros, campesinos, comprometidos en la causa de la República de la esperanza, que sufrieron la represión, el asesinato masivo, las torturas, el robo de sus propiedades, en un movimiento de muerte y dolor amparado por la iglesia católica, por una oligarquía desbocada y con desesperadas ansias de venganza.

Allí arrodillados, con las manos atadas a la espalda esperaban por la orden del Capitán Samsó, mientras se organizaba un pelotón de jóvenes reclutas, chiquillos que hasta conocían a algunos de los reos, que temblaban de miedo con aquel terrible máuser en sus manos, dispuestos a disparar “por el bien de España”, según decía el teniente Bombín, que los adoctrinaba en sus arengas por una nueva patria de orden y raza, donde se exterminara del todo ese mal del marxismo, del anarquismo, el que expropiaba propiedades de los millonarios señores, los que repartían la tierra para el que la trabajara.

Esos instantes, unos segundos, unos minutos, quizá horas, años, siglos, una inmensidad, antes de que le atravesaran el cuerpo con aquellas balas injustas, el tiempo justo para que la vida de Azofra pasará por su mente como un huracán de ternura, el recuerdo de la lucha en un territorio toledano, canario, de derecho de pernada y abusos de poder, aquella patria isleña del hablar cadencioso, que lo había adoptado cuando vino huyendo de los terratenientes manchegos, los que lo querían encarcelar por defender la justicia, esa forma de luchar que impregna de dulzura cada palabra, cada acción directa contra la explotación capitalista.

Al otro lado de los muros del cementerio escuchó, mientras temblaba de frio y miedo, a un grupo de chiquillos/as que pasaban, venían del colegio de Vegueta, hablaban de las clases, de la formación del espíritu nacional, del mañanero “Cara al sol”, aquella canción ahora obligatoria, sintió una voz muy parecida a la de su hija Nuria, una misma risa feliz, pero no, no era ella. La niña estaba en la residencia de Falange de Segovia, en manos de las monjas javerianas, las que se la habían arrebatado a su mujer, justo el mismo día de su detención en la isla del viento sur.

El capitán, el tal Samsó, experto en consejos de guerra, estuvo en el de los cinco de San Lorenzo, hizo de fiscal sin defensa, propuso desde el primer momento el fusilamiento, no hizo caso de los ruegos de aquellos paisanos que él mismo sabía que no habían hecho nada, solo defender sin violencia la democracia republicana, pero el militar no entendía de fidelidad al pueblo, a la gente que votaba por obtener una utopía de igualdad y fraternidad.

Colocó el pelotón, no sin antes recriminar a gritos la escasa motivación de aquellos jóvenes reclutas, golpeando en la cara, abofeteando a los dos que lloraban porque eran amigos de algunos de los reos: “Por España, por la santa patria y por nuestro señor Jesucristo disparen en el lugar preciso, que luego los que sobrevivan serán rematados por el capellán y por mí mismo”.

Azofra escuchaba todo, miraba de reojo sin mirar, percibía el movimiento, la colocación de las armas, las dos filas de militares, los llantos y suspiros de los dos jóvenes reclutas, las suplicas de sus compañeros arrodillados, atados, vejados, golpeados durante días en el campo de concentración de La Isleta. Tuvo un último pensamiento para Nuria Amaro, para su pequeñita Margarita allá donde estuviera, un grito en el momento del “¡carguen armas! ¡Apunten!”, un ronco y heroico “¡Viva a la República y la libertad!”, cuando las balas quemaron su espalda, atravesando aquel pecho joven, la sangre de sus hermanos de lucha, algunos revolcándose, el muchacho todavía vivo intacto de dignidad, quietito en el suelo, la sangre brotando a borbotones y el cura de Telde dando bendiciones y tiros de gracia: “Por la infinita misericordia”, con una cruz enorme, que intentaba pasar por los labios de los muertos o agonizantes fusilados. El muchacho manchego fue de los últimos, había caído al fondo de la fosa, con varios compañeros, nadie se dio cuenta, la tierra le iba cayendo encima, olía a estiércol, a la materia orgánica que usaba en su trabajo para enriquecer de nutrientes los tomates.

Fue siendo enterrado vivo sin inmutarse mirando al cielo despejado de agosto de 1.937, oyendo los gritos, los insultos del teniente Bombín a los soldados, sus ojos desencajados cagándose en dios, mientras el cura de Telde, el padre Don Juan Ignacio, apuraba los últimos disparos en la nuca de sus camaradas. La tierra lo cubrió, no sentía nada, solo un pequeño dolor en su espalda, la sangre que salía, un placer infantil de no saber nada, de esperar cerrar los ojos para siempre, hasta que comenzó a tragar un alimento inusual, el barro y la sangre de su sangre. Todo oscureció de repente mientras las olas del mar rompían a pocos metros, las gaviotas revoloteaban como seres oscuros, aventadas por tanta muerte.

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Impostura franquista, fabricada por los golpistas triunfantes para escenificar, remedar o simular los también supuestos fusilamientos de nacionales por republicanos en Durango, Vizcaya. Algunos fijan la fecha de los aparentes asesinatos en torno a 1940

lunes, 19 de enero de 2015

Aquel abrazo entre las tinieblas de la muerte

Por la ventana de la prisión de Barranco Seco se veía correr ese invierno el agua por el barranco de Guinigüada, los canarios del monte habían bajado de la cumbre unos meses antes, cantaban desesperadamente, el frío inundaba aquella celda compartida, la número 347, la misma donde unos años antes se produjo aquel intento de fuga de Manuel “El clavería”, que fue asesinado por la guardia civil desde las almenas cuando ya llegaba a la carretera del centro. Solo una ráfaga fue suficiente desde aquel viejo subfusil, el peculiar ladrón de La Aldea se derrumbó acribillado a balazos, antes de quedar acurrucado en la acequia con la esperanza de volver a escaparse de nuevo, pero la sangre y la muerte le cegó la vista, quedó en posición fetal como un niño recién nacido, los ojos abiertos mirando aquellas alas del cernícalo de la libertad.

El anciano Juan del Toro ocupaba aquel espacio desde hacía quince años, ya se había acostumbrado a un lugar tan reducido, donde todo podía estar al alcance de la mano solo con estirar los brazos, hasta las cucarachas que recorrían las paredes.

Antonio “El niño” acababa de llegar, lo detuvieron en el estadio mientras lanzaba unos folletos al aire, lo llevaron directo a la comisaría de la Plaza de la Feria para torturarlo salvajemente durante cinco días, no dijo nada, solo que era del Partido Comunista, no delató a Julia Valdivieso su compañera de célula, no dio ningún dato sobre el resto de camaradas, escondidos en la casa del barrio pesquero de San Cristóbal desde hacía varios días.

“El niño” era un joven de apenas 25 años, estudiante de segundo de derecho en la Universidad de La Laguna, hasta que dejó los estudios al pasar a la clandestinidad. Su cara lo delataba, aparentaba mucha menos edad, se forjó en la acción directa en las calles de Las Palmas, recorriendo cada barrio en todo tipo de reuniones prohibidas, salidas nocturnas a escribir las paredes, aquellas tardes inundadas de ternura en la casa de Julia, inolvidables conversaciones con la joven muchacha hija de Agustín el viejo anarquista, uno de los participantes en el intento de atentado contra un general fascista en La Laja, el superviviente que nadie conocía, al que todo el mundo, incluso la policía del régimen, lo hacían ya en Venezuela, pero llevaba ya veinte años metido en un zulo en la casa de San José, un agujero que nacía en el palomar de una azotea casi inaccesible, que se adentraba en un risco volcánico, un recinto de apenas dos metros cuadrados, forrado de mantas grises de embalaje para protegerse de la humedad. Solo salía un par de horas al día, la chiquilla le llevaba la comida, el agua de Agaete en botellas de cristal con trocitos de hierro en el fondo, el momento que aprovechaba  para charlar con las pocas personas que lo visitaban, el camarada de su hija y Enrique Bossa, con los que tenía ese breve contacto con el mundo, enterándose del afianzamiento de la dictadura, de los miles de asesinatos de antifascistas por toda la geografía insular.

Del Toro miró la cara de Antonio, lo observó callado cuando entró en la celda, solo de verle su barba y la melena por los hombros supo que era un preso político, no le dijo nada, solo bajó la cabeza, una especie de saludo de quien ya tiene impregnado en la piel el olor de la cárcel, la claustrofobia desesperante de los primeros meses encerrado, los malos tratos constantes de los “picoletos”, como les llamaba, personajes con tricornio que ejercían cada día la tortura, que no establecían ninguna diferencia en pisotear las conciencias, humillar, vejar, golpear el alma y destruir cualquier atisbo de esperanza.

El muchacho se tumbó derrotado en el camastro, tenía el cuerpo magullado de los golpes con las toallas mojadas, sus testículos destruidos por los electrodos de la corriente eléctrica, los golpes y patadas durante varias horas al día. Solo quería evadirse, pensar en Julia, repetir los tratados de derecho en su mente en baja voz, como quien reza o busca ocultarse de algo terrible que te persigue hasta destruirte. El viejo no dejaba de mirarlo, prendió un cigarro de tabaco negro, invitó al joven, que no quiso, le dijo que no fumaba: “Te me pareces mucho en tu mirada a un amigo que ya murió” le dijo. “El niño” no contestó solo lo miró sin curiosidad: “¿Tu no serás familia de Antonio Rodríguez de Carrizal de Ingenio? Antonio asintió sorprendido, mientras aquel anciano le contaba que trabajaban juntos en la factoría de Guanarteme, que salían los sábados por la noche a las verbenas y taifas de los pueblos, que militaban en la Federación Obrera, que vio como lo detenían los falangistas en el mismo trabajo, como lo sacaron a golpes junto a doce más, como lo metieron en aquel famoso “camión de la carne” para llevarlo a la Capitanía General de la calle Triana. Que no volvió a verlo, que supo que lo habían tirado a la Sima de Jinámar, el lugar predilecto de Eufemiano y del hijo del conde, para ajusticiar a los comunistas y anarquistas.

“Yo nunca he tenido ideología chiquillo, no sé leer ni escribir, solo se bien quien defiende a los trabajadores y quien no, pero tu padre fue un hombre grande, que dio todo por defender los derechos de los pobres de esta tierra y qué pago con su vida por ello”.

El joven lo miraba alucinado, era como una especie de encuentro mágico en medio de aquel inmenso terror, solo tuvo fuerzas para llorar, para levantarse y fundirse en un abrazo con aquel hombre destruido, así estuvieron apretados entre lagrimas un tiempo indefinido, quizá eterno, sintiendo muy adentro una ternura desconocida, algo parecido a los tiempos de felicidad, a una infancia lejana, cuando su padre lo bañaba y lo envolvía en aquella manta de lana con olor a talco y amor.

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Mujer de preso político rompe el cerco para entregar carta a Franco
(Tarragona 1.949)

viernes, 16 de enero de 2015

Se llevaron la flor de la montaña mágica

Anita pasó una noche más en el prostíbulo de Arenales, la jornada no había sido muy dura, solo cinco borrachos, unos pobres hombres sin dinero y aquel viejo falangista  que la conocía, que la llamaba “hija de rojo”, le mentaba a su padre fusilado en el campo de tiro de La Isleta aquella tarde de abril, cuando ella apenas tenía doce años y vio como su mundo se desmoronaba, la humilde felicidad en su casita de Marzagán, rodeada de gallinas y arboles, aquellos olores a flores de lavanda, a hojas de platanera quemada cuando arribaba el otoño.

Los bellos recuerdos la inundaban si tenía algo de tiempo y el violento chulo Ignacio, el comisario de la policía armada, la dejaba tranquila un rato, cuando disminuía la afluencia de hombres a la casa de citas de la calle 18 de julio.

Sus ojos grises se entristecían al recordar aquellos espacios de amor en su casita, su madre en la cama enferma de tuberculosis, las bromas de su padre cuando soltaba los hurones, dejándolos recorrer la habitación, persiguiendo las enaguas de la abuela Fermina. 

Gratos momentos inolvidables a pocos meses del desastre, cuando aquella noche se presento el empresario Eufemiano con el hijo del conde en la portada verde, los golpes en la puerta, las patadas al perro de presa amarrado, los ladridos desesperados, el disparo de fusil contra la jaula de los pájaros canarios, el dolor, el miedo, aquel momento en que rompieron la talla de barro, la que hacía de pila de agua destilada.

Amanda García en la cama no podía levantarse, se asfixiaba, solo lloraba y gritaba que no se llevaran al pobre Armando Hernández, que no había hecho nada, que solo había ayudado en la campaña electoral a llevar las banderas en su viejo carro, que no era del Partido Comunista, que no, que no, que no, que solo era uno más. Pero Eufemiano solo se reía a carcajadas mientras los falangistas apaleaban al reo, ya encadenado y tirado en el suelo del patio, bajo la parra cargada de uvas del monte, de aquel gajo que trajo de las vides de la Caldera de Bandama.

La chiquilla observaba asombrada, no sabía dónde meterse para evitar las miradas lascivas de aquellos hombres vestidos de azul, el intento de un requeté muy gordo de llevarla a la habitación de la abuela para violarla, la madre que no respiraba, que gemía en la cama y nadie le ayudaba, solo Anita le tomó la mano, la incorporó como le dijo don Manuel Monasterio, aquella tarde en la fiesta del Frente Popular, en la Plaza de Santa Ana, pero se le iba, se desmayaba, se derrumbaba de tristeza, de un dolor incurable.

Anita Hernández se quedó sola en la casa, su padre fue fusilado al mes siguiente de llevárselo, ni siquiera pudo recuperar el cadáver, se enteró que estaba en la fosa común del cementerio de Las Palmas, pero no recuperó ni siquiera su lebrillo de gofio, el viejo cuchillo canario que usaba para las tareas en las tierras. Solo ese frio aviso en la Casa del Gallo, la cara del guardia civil Cosme Damián, cuando le notificó la muerte de su padre en consejo de guerra sumarísimo por rebelión, la muerte de su madre en la camita de paja, el desconcierto de una niña de doce años sola, que tuvo que pedir ayuda a los vecinos, nadie quiso venir por miedo a represalias, la oscura beneficencia llevándose el cuerpo de Amanda, sus ojos cerrados en aquel humilde ataúd de maderas raídas.

Esa soledad infinita, la misma que sufrió con las monjas en la residencia de Tafira, varios años de agonía, de sueños terribles, de rezos y misas, de palizas de aquellas religiosas y crueles mujeres, de abusos sexuales de varias de las hermanas, que se metían en su camastro por las noches, mientras ella no hacía nada, solo se dejaba invadir por manos frías, labios, lenguas, siniestros tocamientos que aparentaban ser caricias, sobando cada centímetro de su joven cuerpo, aquel olor a sahumerio, una sensación no ser nada, personajes con habitos y rosarios, que solo le hacían sentir asco y ganas de vomitar.

Aquella tarde, el día de su 17 cumpleaños, apareció por la residencia el gordo requeté, el mismo de la noche de la detención de su padre, venía acompañado de un hombre alto, un policía desgarbado con un cigarro mojado de saliva en su boca. Hablaron un rato con la madre superiora y la vieja monja la llamó a ella y a varias de la niñas, mientras el comisario Cabrera las miraba como si fueran yeguas para la venta, observó sus pechos, sus caderas, levantando alguna falda ante las carcajadas del sudoroso requeté: “¿Todas son hijas de rojos verdad?” “Si señor comisario”, respondió la vieja monja con el enorme crucifijo colgado del cuello. “Buen material nos llevamos Alcántara”, dijo mientras el falangista no podía dejar de reírse.

Esa misma noche durmió en la casa de putas de la calle 18 de julio, escuchaba los gritos, los alaridos, del resto de las muchachas que eran violadas por falangistas, guardias civiles, policías con uniformes grises y militares. A su desvencijada habitación vino el gordo requeté, que lo primero que hizo sin mediar palabra fue golpearla en la cara, romperle el uniforme de las monjas, obligarla a beber ron de caña, tumbarla sobre la cama y hacerle mucho daño, impregnar su piel de un olor fétido, como cuando estercolaban los cultivos de la finca de Miguelito Rodríguez.

Ese fue el principio, una especie de bautizo de fuego, luego pasaron el resto de los hombres, uno a uno, personajes vestidos de azul, tricornios, yugos y flechas, insignias desconocidas, banderas rojigualdas, uniformes militares, los mismos que vio cuando se llevaban a su padre, seres oscuros que destruyeron la inocencia de una niña, aquella antigua felicidad que esa noche abandonó para siempre, reconstruyendo en su mente en los instantes de soledad, después de una jornada de sexo y esclavitud, los tiempos de su casita en Marzagán, de su familia, la sonrisa de su madre, los ojos brillantes y puros de su padre, rememorando los olores del sancocho y el mojo verde, la brisa de la tarde, el olor a cilantro, sentada en el suelo del patio, mirando las nubes enredadas en la montaña mágica.

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"Justine" (1969) de Jesús Franco

jueves, 15 de enero de 2015

Florencia y Guayarmina, el instante infinito tras la noche del dolor

A Guayarmina la llevaba cada viernes su madre a ver a su abuela al hospital de La Garita en Telde, la pobre vieja había perdido el juicio, la tenían en la planta de las enfermitas que morirían en breve, un espacio de tristeza y desaliento. Aquel lugar irradiaba un frio que se metía en los huesos y la chiquilla lo notaba, a sus 9 añitos ya sabía que su abuelita Florencia se le iba, que partiría pronto a ese cielo imaginario del que le hablaron la monjas en las Dominicas.

Los viernes era ya rutina dejar los bolsos del cole y salir en el SEAT 850 por la vieja carretera de La Laja, aquellos años 60 se hacían interminables, la música de moda se incrustaba en la cotidianeidad de la vida de una niña con los ojos grandes, marrones como las tardes en la parroquia de Triana para la catequesis de la primera comunión.

Ese día la vieja que nunca hablaba tenía los ojos húmedos, parecía haber estado llorando y su hija se los limpió con un poquito de papel del baño, le mojó los labios con el vasito de agua de San Roque, pero Florencia miraba con los ojos brillantes a la ventana, señalaba con sus arrugados dedos algo desconocido, sonreía como si viera algo maravilloso, algún ser desconocido en aquel espacio para el dolor y la muerte.

Su madre tuvo que bajar al rutinario encuentro con el doctor Gutiérrez, donde siempre le decía lo mismo, una especie de diálogo de sordos, donde la esperanza hacía ya siete años que se había marchado, justo el día en que Florencia comenzó a hablar sola, a confundir a sus hijos con antiguos seres desconocidos, con los años que se marchaba con el fallecido abuelo a Fuerteventura, en aquel barco a pasar los veranos en la casita de Gran Tarajal.

Guaya se quedó sola con Florencia y la viejita le dio la mano, se la apretó, le pidió con los ojos que la ayudara a levantarse, la niña la tomó del brazo, no le costó mucho, estaba muy flaca, no pesaba nada y llegó al alféizar, apoyó sus bracitos delgados, miró a los ojos de su nieta y en una especie de susurro le dijo: “Mira mi niña allá abajo detrás de esas montañas llevaban a los hombres que luchaban por los pobres, los metían en camiones y los encerraban en barracones”.

Guayarmina sintió como una especie de sudor frio en su espalda, hacía varios años que no hablaba, por un momento estuvo a punto de bajar corriendo a buscar a su madre, pero no pudo, Florencia la agarraba por su manita suavemente, le acariciaba con cariño su brazo, mirando como desesperada un horizonte desconocido, real, impoluto como el recuerdo más puro, una memoria ciega, sorda y muda de nacimiento, pero que ahora se manifestaba, cuando las dos se sentaron en la cama y la viejita le pasó el brazo por los hombros.

Entonces fue cuando los ojos de Florencia brillaron más que nunca, se llenaron de lágrimas, y le dijo que cuando algún día se enamorara el cielo sería más lindo, las flores la envolverían en un aroma de sueños y magia. En ese momento le habló de Anselmo Castellano, el joven médico del que se enamoró con 18 años en el pueblito de Valsequillo.

La niña mucho más tranquila escuchaba con ojos de dulzura, la viejita la miraba, acariciaba su pelo y le hablaba de su amor, de cómo se veían a escondidas entre los bosques de Tentenigüada, bajando los barrancos tomados de la mano, hablando de los antiguos, aquellos seres de los que quedaban cuevas y casas de piedra seca, los que escribieron las paredes con tinta de flores, dejando símbolos a la lluvia, al dios sol, a cada oscura noche de lluvia y temporal.

Florencia le dijo que se lo habían llevado, que el día después de haberse encontrado en la finca de Tavío, cuando se abrazaron entre aguacateros y se besaron, se acariciaron durante horas al compás del canto de los pájaros pintos.

Como llegaron aquellos hombres vestidos de azul, algunos hijos de Don Juan Espino, el amo de las fincas y de medio pueblo, que lo agarraron en la casa de su madre, que lo sacaron a golpes, que Anselmo solo tenía 27 años, que ayudaba a la gente, que atendía a los pobres sin cobrarles en su pequeñita consulta de la calle del agua. Que no se merecía ese fin, que no era posible que le hicieran tanto daño a ella, a su amor, a su existencia.

En ese momento Florencia le señaló de nuevo la ventana, le pidió que la acercara un instante más, que la dejara asomarse para ver las montañas que impedían ver aeropuerto de Gando, el islote del Lazareto, el campo de concentración, donde Anselmo pasó sus últimos días antes de llevárselo, antes de sacarlo a patadas y culatazos de la cama de madera, para junto a 5 hombres más tirarlo a la Sima de Jinámar.

Guaya miraba como quien escucha un cuento fantástico, pero que sabía que era real, mientras la viejita se acurrucaba, temblaba, mientras la niña la cubriá con la manta mientras se metía de nuevo en su lecho.

“Mamá la abuela me habló, me contó una historia”. “¡Cállate muchacha! Dijo su madre mientras la abuela ya dormía profundamente: “Tú estás loca chiquilla”.

La niña no dijo nada, prefirió guardarse esa historia, ese momento tierno, ese instante de algo parecido a la magia, lo recordó el domingo siguiente cuando se quedó en casa con su prima Matilde, mientras su familia enterraba a Florencia en el cementerio de Telde.

Esa noche la niña sintió por unos momentos antes de dormirse en su cama, como una especie de caricia en su pelo, algo desconocido, placentero, una complicidad inmaterial, un recuerdo, un inmenso sentimiento que olía a flores de la montaña, la memoria invencible de una historia de amor.

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miércoles, 14 de enero de 2015

Carta a Pedro Almodovar desde el dolor de las víctimas del franquismo

Estimado Pedro Almodovar, me dirijo a usted como familiar de varias víctimas del franquismo, concretamente de mi abuelo Francisco González Santana, fusilado el 29 de marzo de 1.937, de mi tío Braulio, de solo cuatro meses, brutalmente asesinado en su cuna por un falangista en el antiguo municipio de San Lorenzo, isla de Gran Canaria.

Aquí en Canarias Pedro, fueron asesinadas más de cinco mil personas fieles a la República, ni una del bando nacional, en una tierra donde casi no hubo resistencia al golpe de estado fascista, pero que los esbirros de Franco aprovecharon para exterminar impunemente, acabar con toda una generación de personas decentes y defensoras de la democracia y la libertad.

En estas islas fueron muchos los fusilamientos, las personas desaparecidas, arrojadas a pozos, simas volcánicas, enterradas en ocultas fosas comunes después de ser tiroteadas, como la de Federico García Lorca, para que tantos años después los sucesivos gobiernos de esta democracia no nos permitan recuperar algo tan amado, sacarlos de ese terror de tierra, piedras y odio, enterrarlos en un lugar especial, querido, para que podamos dignificarlos y reconocer su memoria, la herencia de su lucha, que nos mantiene en pie, abrazados a la esperanza de un mundo mejor.

Le escribo señor Almodovar, porque he leído que quiere usted hacer una película sobre el franquismo, sobre el dolor de las familias que ahora tantos años después seguimos buscando los huesos de nuestros muertos, sobre los obstáculos que nos encontramos por parte de un gobierno español que nos cierra puertas, de una judicatura que no nos permite que podamos abrazar esos huesos amados, que le demos una sepultura digna, para tener algo tan simple como un lugar donde ponerles flores, orar, rezar, pensar en un pequeño espacio para el recuerdo.

Quiero darle las gracias en nombre de mi familia, de las cientos de miles de familias que en todo el estado español seguimos sin entender que no se haga justicia, que este tremendo sufrimiento no tenga consuelo, que ser familiares de personas que entregaron sus vidas por la democracia y la libertad sea un estigma en España, una burla de quienes ostentan el poder y gestionan una democracia que no sabe, que no quiere rendir tributo a los verdaderos héroes y heroínas del pueblo.

Su inmensa obra como director de cine, como creador reconocido en el panorama internacional, nos hace pensar que podría ayudarnos mucho, que si esa película sale el mundo sabría lo que nos están haciendo, la terrible humillación de un gobierno que nos pisotea, que reconoce solo a los asesinos, que nos acalla con sentencias y autos judiciales, donde nos pisotean argumentando que el asesinato de nuestra gente ya está prescrito, que no nos merecemos nada, solo seguir sufriendo, llorando como nos arrebataron de nuestras manos a tantos seres queridos.

Por eso le escribo estas humildes líneas, me dirijo a usted en nombre tantas personas, tantos corazones heridos, que ansiamos justicia, que sabemos que su película podría abrirnos muchas puertas, resquebrajar esas cadenas que nos oprimen, que premeditadamente tratan de ocultar tantos crímenes, tantas torturas, tantas masacres que nos han arrebatado la posibilidad de tener otra vida.

Agradecerle desde el corazón de la memoria su nuevo proyecto, que la historia que elija sirva para difundir y rellenar tantos espacios vacíos, que las puertas del arte, de la magia creadora, sirvan para que estas heridas abiertas obtengan alivio, que el mundo sepa lo que sucedió en España, que contribuya a romper tantas mordazas de quienes nos niegan la dignidad, nos cercenan la posibilidad de reparar este dolor, de obtener esta ansiada claridad que usted sabe que merecemos.

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lunes, 12 de enero de 2015

El amanecer del dolor tras una madrugada de lluvia

A las cuatro de la mañana se escucharon los golpes en la puerta, el alarido de los perros y los gritos de los falangistas, de los guardias civiles de Arucas. Juan Soto se despertó sobresaltado, los chiquillos acostados en el camastro de paja empezaron a llorar, su mujer se le abrazó como queriendo volver atrás en el tiempo, que todo pareciera un sueño, pero afuera estaban los que se erigieron como autoridad legal tras el golpe de estado del 36, todo era real, la cruel realidad que inundó aquella casa pobre de Tenoya.

Juan logró abrir la puerta antes de que la echaran abajo, allí estaban los tricornios en la oscuridad, los miembros de Falange vestidos de azul, los dos señores dueños de las fincas de plataneras del barranco de Teror, los mismos a los que se había enfrentado en su lucha como dirigente de la Federación Obrera, los mismos que lo habían amenazado cuando la huelga jornalera y campesina.

María, su mujer, se quedó rezagada, detrás de su marido, cuando comenzaron a encadenarlo. Ella miró al terrateniente de Las Palmas, era don Juan Cardona, lo conocía de cuando limpiaba la casa de la marquesa de Arucas, le preguntó que adonde lo llevaban, él terrateniente la miró, no contestó, solo recibió un insulto de uno de los guardias civiles, que se refirió a su pecho y dijo algo como lo de ordeñar una cabra.

Los cinco niños miraban desde la azotea, se llevaban a su padre, no sabían adonde, ni lo que había hecho, los chiquillos lloraban al ver como uno de los requetés le daba un golpe en la cabeza con la culata del máuser, que el amo Don Pedro Bravo empujó a su madre contra la pared de picón raspándole su cabeza, que ahora manaba sangre sobre el ojo izquierdo.

La joven María arrodillada pedía por su marido, que él no había hecho nada, salió a la calle mientras los vecinos miraban asustados por las rendijas de sus ventanas, les llamo “¡Asesinos!”, justo en el momento que el falangista Penichet la agarró por la cintura y se la llevó en volandas al interior de la casa: “Ahora voy a follarme a tu mujer rojo de mierda”. Juan gritó, quizá aulló como un lobo, pero solo recibió golpes y patadas en la entrada del camión.

Varios de los falangistas y un guardia civil entraron en la casa, el resto se quedaron fuera pegándole a Juan golpes terribles con varas de hierro y fusiles, dentro se escuchaban los gritos de la mujer y el llanto de los niños: “Cállate puta, vas a saber lo que son hombres de verdad no el pinga chica de tu marido”, decía Penichet, entre las risas de los fascistas que rompían el camisón de María.

Al rato dejó de escucharse el bullicio, las carcajadas de los hombres se tornaron en gemidos, susurros y llantos débiles, quejidos, comentarios en baja voz. De repente un fuerte golpe, como si hubieran derribado un ropero, en el momento que salían los uniformados abrochándose los pantalones.

Juan atado de pies y manos vio a los chiquillos desencajados asomados a la azotea, llovía mucho, no escuchó más a María, solo las risas de los franquistas, los comentarios jocosos del cojo Acosta sobre lo grande que la tenía Penichet.

Atrás quedó su amado universo cuando se lo llevaban, vio los bardos de tuneras, escuchó a su perrilla podenca ladrando asustada, el viejo acebuche centenario cuando bajaban del Lomo de las Viudas, lo que le alcanzaba la vista entre los esbirros, las brutales ataduras que le cortaban la circulación de la sangre.

Al llegar al cruce de Los Giles no siguieron para Las Palmas, Juan lo notó, conocía bien esa carretera porque cada día bajaba andando hasta el barrio de San José, donde trabajaba como jornalero en la finca de los Vega. El camión parecía que se quejaba, que gritaba de dolor, cuando iniciaron el desvío y subieron la cuesta, los fascistas fumaban y reían, comentando con detalle lo que le habían hecho a su mujer.

Cuando llegaron a la finca de “Las Maquinas” allí los esperaba el joven Ezequiel, miembro de la enriquecida familia dueña de toda esa zona, de las fincas de tomateros. Lo bajaron a golpes, Juan logró verle la cara al guardia municipal de Tamaraceite, un tal Pernía, mientras lo arrastraban al agujero volcánico, el joven anarquista no dijo casi nada, se dejó llevar, se resistió levemente, pero era imposible, no pesaba más de 60 kg.

Bravo y Penichet le dieron los últimos golpes en la cabeza con la pinga de buey: “Muere como un cabrón porque nos follamos a tu mujer rojo asqueroso”, fue lo último que escuchó cuando caía al vacío, en su mente un leve recuerdo para su amada familia, un instante de dolor, la oscuridad, la nada, la paz, el silencio.

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(Viñeta de la historieta Historias rotas, escrita por Pepe Gálvez y dibujada por José María Beroy, en el libro Nuestra Guerra Civil, 2005, Ariadna editorial, p. 19)

domingo, 11 de enero de 2015

Una foto de verdaderos terroristas indecentes

Dirigentes internacionales con las manos manchadas de sangre, encabezan la manifestación de París contra el terrorismo yihadista. Por supuesto detrás no estaba el pueblo, sino una calle cerrada y precintada por la policía para hacerse este siniestro selfie.

Siento vergüenza que auténticos asesinos de lesa humanidad hablen de tolerancia, fraternidad, democracia, mientras bombardean y asesinan niños/as, invaden países soberanos para quedarse con sus recursos, desahucian familias enteras a golpes y patadas de sus esbirros policiales, asesinan enfermos/as de hepatitis C negándoles la medicación, generando represión, leyes fascistas, desnutrición infantil, desempleo, saqueo del patrimonio público, suicidios por motivos económicos…

Esta marcha contra la violencia tenía que encabezarla el pueblo, no quienes practican otro tipo de terrorismo, igual de deleznable, que asesina a millones de personas cada día en el planeta de hambre, miseria y guerras imperialistas.