sábado, 23 de septiembre de 2017

Hay quien sueña con volar

Siempre jugaba solo en aquel patio rodeado de perros fieles y flores, juegos fantásticos entre indios, forasteros, vaqueros, héroes de la edad media con armadura, muchachas rebeldes que luchaban contra monstruos terribles que venían del averno, que salían del fondo de la tierra junto a la lava de los volcanes y terremotos que atemorizaban aquel mundo de sueños y oscuridad.

A Leonardo Suárez le venía bien aquella soledad, después de que se hubieran llevado a Diego, su padre, la noche de abril del 37, no podía borrar de su cabeza la extrema violencia de los hombres de azul, algunos con boina roja, otros con tricornio, desde ese día aquellos seres llenos de odio eran los demonios del mal, los que venían del infierno, los dibujaba en su fantasía de ocho años recorriendo el mundo en naves gigantescas, secuestrando todo lo bueno, llevándose las flores, los animales, las personas para desaparecerlas no se sabía bien donde, quizá en un agujero lúgubre por donde salieron un día los volcanes más antiguos, donde nacieron las islas en los cuentos que le contaba su padre antes de dormir.

Dejó de ir al colegio cuando por las calles señalaron a su madre entre insultos, acusándola de ser la mujer de un comunista, ella misma le daba clases, conservaba la biblioteca de su padre, libros de Platón, de Sócrates, de Verne, de Dante, de Salgari, de Neruda, de Lorca..., que le leía cada tarde sentada en el banquito de madera ante sus ojos abiertos, atento a cada palabra, a cada frase, a cada historia.

Miraba los ojos tristes de Alicia Trujillo, nunca pudo recuperarse de la muerte de Diego, ni siquiera sabía el lugar exacto donde habían tirado su cadáver destrozado, solo algunos rumores hablaban de que lo habían arrojado a uno de los pozos de la finca de los Ascanio en Jinámar, teniendo que soportar torturas brutales en el edificio de La Mayordomía de la Condesa, donde se decía que lo habían llevado junto a veinte hombres más, además de a Carmen Moreno, una mujer que había trabajado de criada en la casa de los Kraus en Vegueta, la que era novia de Luiso Rodríguez el cocinero anarquista de la CNT.

La madre se acostaba pronto y él chiquillo se metía con ella en la cama, la veía muchas veces dormirse y comenzar a encogerse de miedo, a gemir de dolor, a soñar con todo lo terrible que galopaba en el otro lado de la penumbra, imaginaba que tras la ventana había brujas acechando, brujas también vestidas de azul con escobas en forma de yugos y flechas, brujas terribles, como aquellas dos mujeres de la Sección Femenina que un día se presentaron en su casa para llevárselo a la Casa del Niño, los llantos de su madre, hasta que ya en el coche negro intervino el falange vasco Demetrio Goñi que era amigo de su abuelo, hablando con las dos mujeres para que lo dejaran un tiempo más con su madre:

-Dejen al chiquillo unos meses más con esta infeliz, yo le hago el seguimiento y cualquier cosa que vea les aviso- dijo al final tras una conversación de casi una hora con las dos fascistas.

Lo sacó llorando del coche donde ya lo trasladaban al internado del Paseo de San José, famoso por ser uno de los puntos de venta de niños robados que dirigía Acción Social de Falange, convirtiendo en pocos años esas acciones en un lucrativo negocio que movía millones en toda España.

Desde ese día cuando escuchaban pasos en el callejón o tocaban a la puerta se abrazaban los dos, madre e hijo, no movían un musculo temiendo que vinieran a llevárselo, luego los pasos se alejaban, a veces eran botas militares o pasos de alpargata de jornalero, tenían el oído agudizado y podían escuchar lo que casi nadie escuchaba, hasta las alas de las lechuzas invisibles que volaban sobre aquel pago cercano a la Higuera Canaria.

Nunca olvidó aquel día de julio que se vio sentado en la cubierta del barco que salía del puerto hacia Venezuela en la fría madrugada, los dos se miraron cuando al amanecer la islita se perdía en el horizonte, vio sonreír a su madre por primera vez tras varios años después de la muerte de su padre, se fundieron en un abrazo tan largo que parecieron formar un solo cuerpo, una sola alma impregnada de ternura y amor antiguo.

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viernes, 22 de septiembre de 2017

Lucero de lluvia y angelitos

Los tres hermanitos miraban desde el pequeño patio al lucero que aparecía sobre la montaña de San Gregorio, Lorenzo, Paco y Diego, sentían una inmensa curiosidad en su corta vida por aquella luz que se encendía cada noche, la que su padre Pancho González les había dicho que si en noviembre aparecía a la izquierda de el morro ese invierno llovería mucho.

Braulio estaba en su cunita construida con dos cajas de tomates atadas con soga, Lola García, su madre, lo tenía en alto para evitar que alguna rata lo mordiera o devorara, además esa altura servía para columpiar su cuerpecito de apenas tres meses.

Sus hermanos afuera escuchaban los ruiditos que emitía su boquita, solía mirar al techo, dejaba fija su mirada como si algún ser invisible lo observara, se reía a veces, había muecas risueñas, alzaba las manitas como para tocar algo, como si “el angelito” como decía la tía Rosa le estuviera haciendo muecas y regañizas.

Aquella noche cuando apenas quedaban horas para que fuera tres de noviembre la estrella apareció brillante, al otro lado la media luna parecía combatir las nubes negras cargadas de lluvia:

-Miren, miren, mirénesta a la izquierda, está a la izquierda, va a llover este invierno mucho, mucho, mucho- grito Diegito con los ojos limpios.

Los tres sentaditos en unos escalones miraban alucinados y un perrito pequeño, un cachorro de podenco de su padre les mordisqueaba y lamía sus pies descalzos.

Les gustaba mucho ese juego, se maravillaban con las estrellas porque su padre les hablaba mucho de las constelaciones, del origen de la vida, de las formas de animales que tenían: la osa mayor, la osa menor, la del león, la del águila que devoraba las serpientes malas, la de las mil galaxias, aquella que solo aparecía en el Día de Reyes.

-Pero papá no esta tampoco para acompañarnos esta noche, sigue metido en ese lugar rodeado de alambradas, estaba muy flaco y triste la última vez- dijo Paco, a lo que Diego el mayor, con once años, lo tranquilizó acariciándoles el pelo.

Dentro se escuchó a Braulio reír a carcajadas:

-Son los ángeles, son los angelitos- dijo Lorenzo, han vuelto de nuevo, entran por la ventanita de arriba y vienen a cuidar de Braulito.

Paco y Diego sonrieron y siguieron mirando el lucero con los ojos muy abiertos, la montaña parecía iluminarse cuando la luna pareció llegar a la altura de la cardonera, los murciélagos parecían aviones de combate que arrullaban el viento persiguiendo los mosquitos.

Los estanques de San Lorenzo comenzaron a brillar y la luna se reflejaba en el agua limpia, parecía que la magia envolvía de sensaciones y olores el instante de magia.

Los tres niños sentados, el perrito canelo y blanco jugando, alguna lechuza blanca que pasaba en silencio, no se le escuchaba, solo se le veía si tenías la suerte de elevar la vista al cielo en ese preciso momento.

Afuera dos falangistas de Tamaraceite marcaban la puerta de la casa con pintura roja, los niños no se enteraron, la noche no se enteró, el lucero siguió su viaje por los confines celestiales.

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Lorenzo, Diego y Paco tras el fusilamiento 
de su padre Francisco González Santana

miércoles, 20 de septiembre de 2017

Corazones de cielo

El recién nacido no paraba de llorar cuando el viejo falange Vitorino Socas lo llevaba en brazos al coche de Acción Social de la organización fascista, Carolina Sánchez reclamaba a gritos que le devolvieran a su hijo, la custodiaban varios hombres de azul que habían detenido a su marido Juan Acosta militante de la CNT, la partera miraba anonadada, casi no le dieron tiempo de cortar el cordón umbilical, ni siquiera que el chiquitín tuviera sus primeros instantes de amor en la vida sobre el pecho, los brazos y los besos de su madre.

El teniente de la Guardia Civil Francisco Samsó ordenó que llevaran a Carolina a la conocida como “Casa de mujeres” en los terrenos de la Marquesa en las afueras del municipio de Moya, una vieja mansión con una fuente seca a la entrada, utilizada como prostíbulo por los mandos del alzamiento en la isla de Gran Canaria.

Retuvieron a la partera con intención también de detenerla hasta que fue reconocida por uno de los falanges que dijo “que era mujer de bien”, colaboradora del sacristán de la iglesia de El Pino en Teror en los cuidados del manto y las joyas de la Virgen.

Al momento le desataron las sogas que ya le tenían los brazos casi paralizados por la interrupción de la circulación sanguinea.

El vehículo donde llevaban al bebé no arrancaba, uno de los falanges le daba a una manivela en la parte delantera, los llantos del niño anulaban los gemidos del viejo motor ante los intentos de que pudiera salir hacia la cercana mansión de Casablanca, el punto clave de la venta masiva de las niñas y niños robados por los fascistas en cada rincón del territorio insular.

Carolina casi no podía caminar y la llevaron entre la partera y dos falanges dejando gotitas de sangre que salían de su vientre a cada paso, la muchacha seguía gritando, intentaba zafarse para ir al coche a recuperar a su niño:

-Quiero a mi niño, quiero a mi niño, ladrones, quiero a mi niño- decía con la voz rota, hasta que por detrás el cacique Armando Rosales la golpeó en la cabeza con la pinga de buey.

La muchacha cayó al suelo fulminada con una brecha en la nuca por donde manaba abundante sangre, la partera trató de cortar la hemorragia con su delantal, pero uno de los requetés la agarró por el pelo y la arrastró fuera de la columna de falangista que rodeaban la casa de la joven pareja.

Dos hombres de azul sacaron a Carolina en volandas hacia uno de los camiones donde había varios hombres detenidos, sangraba copiosamente, los hombres con las manos atadas la miraban sin poder hacer nada, el mínimo movimiento podía suponer un culatazo en la cabeza, incluso un disparo de las pistolas Astra que brillaban en las cinturas de los falanges.

Entre los detenidos estaba el médico Santiago Jiménez Luján nacido en Artenara, que sabía por el color de la piel de la mujer que ya estaba muerta, no dijo nada, se mantuvo callado, era consciente que de allí los llevarían a cualquiera de los centros de detención y tortura, donde posiblemente a los dos o tres días de sesiones diarias de maltrato brutal los asesinarían y desaparecerían.

El bebé paró por un instante de llorar, se le veía su cabecita dentro del coche negro, buscaba con su boca el pecho de su madre, el falangista lo tenía agarrado como quien lleva en sus manos un pequeño saco de tomates, no existía un mínimo de cariño, de ternura, se incorporaba Santiago Cubas el viejo cura nacido en El Palmar, cuando lograron arrancar el fotingo que salió a toda velocidad dejando una estela de polvo y humo, las nubes formaban pequeños corazones.

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Imagen de la  mano atada de una mujer encontrada en la uruguaya Laguna de Rocha,
 con salida al mar, el 22 de abril de 1976, tenía pintadas las uñas del pie, presentaba
 lesiones de violación vaginal y anal, víctima de los asesinatos fascistas de la dictadura.
Fuente: Comisión Interamericana de Derechos Humanos.

martes, 19 de septiembre de 2017

El latido del agua

El camión cedido por Pedro Guerra Rosales bajaba de Arucas lentamente sorteando los numerosos baches, los hombres atados se golpeaban unos contra los otros con sus cabezas, las manos a la espalda evitaban que pudieran protegerse, los falangistas de pie los apuntaban con sus pistolas y fusiles, varios requetés iban entre los hombres que iban a ser asesinados, aprovechando para patearlos si hablaban o simplemente levantaban la vista.

El olor a platanera inundaba la brisa mientras pasaban por Santidad a las seis de la mañana, no había nadie en las calles, solo algunos perros que revolvían en la basura, el llanto y los lamentos de alguno de los hombres quebraba el silencio, luego los golpes de los falangistas, entre ellos el guardia Demetrio, con fama de haber torturado y asesinado a cientos de republicanos.

Llegando a Tenoya hicieron una breve parada junto a unos coches negros de donde se bajaron varios uniformados con galones y medallas, entre ellos varios familiares del Conde y la Marquesa, el conocido empresario tabaquero llegaba en un impecable auto inglés con chofer para presenciar la ejecución.

Comenzaba a amanecer y llegaron junto al pozo, eran 24 hombres atados, los arrodillaron y el guardia Demetrio junto al falange Rubio comenzaron a dispararles en la nuca uno a uno, cada uno iba viendo como destrozaban la cabeza al otro, al compañero, al amigo, al hermano, que a su lado caía fulminado entre chorros de sangre.

Los jefes abrieron varias botellas de ron de caña y tinto del monte, brindaron junto a los cadáveres antes de dar la orden de arrojarlos al pozo.

Caían y no se escuchaba nada más que los golpes contra las cortantes paredes hasta golpear el agua del fondo, las risas de los fascistas borrachos amenizaban aquel trocito de genocidio, hasta el cura de San Lorenzo se acercó por si fuera necesario la extremaunción de alguno de los rojos.

Se percibía un olor a tierra mojada mezclado con la fragancia de las flores de agosto, los camiones partieron hacia las fincas del municipio norteño, los coches se quedaron un rato y el grupo de caciques departía alegremente, como si no hubiera sucedido nada, como si aquellos asesinatos fueran parte de la normalidad del nuevo régimen ya implantado en las islas.

Eufemiano Fuentes abrió otra botella de vino, esta vez del municipio tinerfeño de Tacoronte, sacando unas copas de cristal de su vehículo:

-Ahora señores vamos a brindar por la nueva España, por el glorioso Movimiento Nacional, por la Santa Cruzada- dijo alzando el brazo en forma de saludo.

El resto contestaron muy exaltados, hasta el chofer del tabaquero vestido de azul con un parche en el ojo:

-¡Arriba España! ¡Viva Franco y José Antonio Primo de Rivera!-

En el fondo del pozo se escuchaba un leve chapoteo inaudible para los criminales, Antonio Navarro Cruz agonizaba con un tiro en el ojo, trataba de aferrarse en la oscuridad a una vida que ya tenía perdida, vencida, agotada, desde que lo sacaron de su casa en Visvique poco antes de las doce de la noche.

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Restos de asesinados por el franquismo en el pozo del LLano de las Brujas (Arucas)

lunes, 18 de septiembre de 2017

Voces desde el abismo

Desde la montaña sobre la playa de La Laja Mario Acosta vio llegar los camiones de plátanos cargados de hombres, no se escuchaba nada, le llamó la atención el silencio sepulcral de quienes iban a ser arrojados al mar, solo el ruido y el olor del combustible de los vehículos de la muerte.

Comenzaba a amanecer y el joven se quedó agazapado entre los cardones sin mover un músculo, si lo detectaban podría ser terrible, significaría su detención inmediata, torturas brutales y su asesinato.

Observó como llegaban varios coches de lujo con falanges dentro, caras muy conocidas, gente de la oligarquía agrícola isleña, terratenientes, curas, hasta dos hijos de la Marquesa y el Conde que vestidos de azul y pistola al cinto dirigían aquella especie de  “Operación masacre”.

Luego los camiones cargados y un grupo considerable de hombres en un estado lamentable, posiblemente los traían de los centros de detención y tortura de Arenales, Cardones y Alcaravaneras, de los campos de concentración de Las Torres, Gando o La Isleta, también muchos directamente de sus casas con paradas en el camino para golpearlos salvajemente, varias mujeres, pero en su mayoría hombres, entre los tres camiones podría haber como 54 personas.

Desde que se detuvieron los bajaron de los vehículos a golpes, a culatazos, a patadas, varios se quedaron al fondo aferrados al suelo, agarrados a los laterales o a las cuerdas con las que amarraban los productos agrícolas.

Cuando se resistían era mucho peor, subían los falangistas comenzaban a patearlos en la cabeza, en la cara, en el vientre, en sus genitales, hasta que los muchachos que en su mayoría no superaban los treinta años salían arrastrándose como serpientes.

Una vez todos alineados junto al acantilado de La Marfea, procedían a amarrarles los pies y las muñecas con el hilo de pitera, los falanges los introducían a la fuerza en los sacos de plátanos, los hombres se resistían, pero los fascistas los golpeaban, les daban culatazos con los máuser, latigazos con las varas de acebuche o las pingas de buey.

Un montículo de piedras y lajas de playa servía para introducirlas en los sacos con los hombres dentro, su objetivo era que se hundieran rápidamente en el fondo marino, que las fuertes corrientes de esta zona de Gran Canaria los arrastraran mar adentro y no salieran nunca más a la superficie.

Acosta parecía estar soñando, conocía a muchos de los jóvenes, algunos compañeros de reuniones sindicales, taifas y fiestas, identifico a Rosita Travieso la maestra anarquista del barrio de San Juan, se le erizó la piel cuando comenzaron a arrojarlos al abismo, los gritos de las mujeres y hombres, la frialdad de los falangistas, guardias civiles y curas, las risas de los terratenientes que no paraban de tomar ron de caña directamente de las botellas.

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Mujer encontrada  La Floresta (Uruguay), las fotos están acompañadas por un informe que dice que presenta
 "fractura de muñecas, como si hubiera estado colgada de ellas; quemaduras en ambas manos; 
derrame sanguíneo interno provocado por la rotura de vértebras"
 y "zona pubiana, anal y perianal destrozada con objetos punzantes.
Fuente:  Comisión Interamericana de Derechos Humanos

domingo, 17 de septiembre de 2017

Tributo de sal y besos

La marea del norte, siempre tan brava, arrastraba algunos de los cuerpos arrojados al mar, los sacaba a la superficie, parecían volar sobre al olas de El Puertillo como delfines mágicos, eran cuerpos jóvenes de hombres con camisas blancas destrozadas por las torturas y la corriente submarina.

Las vecinas, los vecinos, en su mayoría pescadores, hacían que no veían nada, fingían normalidad, ni siquiera se atrevían a mirar los cadáveres, pero era inevitable fijarse en aquellos ojos abiertos, limpios que parecían mirarles pidiendo algún tipo de explicación, quizá el silencio cómplice, el ocultarse tras las puertas mientras pasaban los camiones repletos de hombres que iban a ser desaparecidos en los múltiples rincones del exterminio.

Pedro Machín Gómez, era uno de los ahogados, todos lo conocían en la costa norte, nacido en Bañaderos pasó su infancia en Tinoca con su abuela Clara, su padre tuvo que partir hacia Cuba huyendo del hambre y el caciquismo isleño a principios del siglo XX.

Cuando lo vieron aparecer flotando tenía medio saco de plátanos anudado a la cintura, las manos sueltas como si hubiera estado luchando, batallando contra las sogas de pitera que le ataban las muñecas y los tobillos, una lucha que llevaría minutos, quizá segundos interminables, desde que lo arrojaron en alta mar casi inmovilizado, molido a palos, en uno de los barcos de los terratenientes agrícolas británicos de esa zona de la isla.

El muchacho era calafateador, un reconocido carpintero de rivera como su padre y su abuelo, además sindicalista de la Federación Obrera, activo luchador en cada huelga en las haciendas de la criminal oligarquía isleña en San Lorenzo, Tamaraceite, Los Giles, Arucas, Moya, Firgas, Guía, Agaete y La Aldea de San Nicolás, ayudaba a los jornaleros para liberarlos de la explotación caciquil, de las jornadas de trabajo de sol a sol, de los abusos sexuales de los mayordomos y encargados sobre las compañeras más jóvenes.

Pedro miraba a la cara de los explotadores, jamás agachaba la cabeza ante las injusticias, incluso en aquellos momentos flotando en la playa de San Felipe parecía seguir luchando sin tregua por los más desfavorecidos, por los explotados de la Tierra.

Nadie se atrevía a recoger su cuerpo que se quedó enredado junto a unas rocas entre maderos y trozos de artes de pescas, algunas nasas viejas y una barquilla atunera que se había hundido en las últimas mareas de El Pino en septiembre del 38.

Juan José Durán Peña, miembro de Falange vecino de Sardina, era el encargado de recoger esos cuerpos que ocasionalmente llegaban a la costa, tenía un palo largo de eucalipto con un gancho en la punta, con esa herramienta los arrastraba hasta la costa, donde esperaban más hombres de azul que los iban amontonando en los camiones del Conde o de los Betancores, a veces hasta más de treinta o cuarenta hombres que olían a salitre y carne descompuesta, para enterrarlos en las numerosas fosas comunes de las tierras norteñas de los terratenientes.

Machín estaba casi desnudo, las cicatrices en la espalda de la tortura, por los brutales golpes ejecutados por el “Verdugo de Tenoya”, que con la pinga de buey destrozaba a los hombres.

Los lugareños comenzaron a acercarse al camión y a persignarse, los falanges formaron un circulo y se echaron manos a las pistolas, pero la gente no se paró, atravesaron el cordón de los fascistas y se agacharon para tocar la frente del muchacho, el pelo negro enredado, su barba de varios días en el centro de detención y tortura de Cardones.

María Rosa Castro le cerró los ojos, los falanges miraban asombrados el cariño que le tenía aquella gente al muerto, se quedaron parados un buen rato, mientras la gente se iba alejando tras besar o tocar al mítico héroe del pueblo.

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Parque de la Memoria, Buenos Aires, Argentina, homenaje al joven
de 14 años Pablo Míguez, desaparecido por los militares en el Río de La Plata.

Diego resiste el embate de la desmemoria

Solo hay dos cosas que Diego recuerda nitidamente, que ni siquiera las nubes negras de la desmemoria le pueden destruir: Su hermano Braulio González García, asesinado por los fascistas en su cuna el 24 de diciembre de 1936 a las doce de la noche y a su nieta Famara, quizá lo que más ha querido y quiere en su vida.

Cuando alguien visita la humilde casa de Diego es de lo primero que le habla, de su hermano, de su nieta, no lo olvida, no puede, es lo que lo mantiene en la Tierra, se aferra luchando contra la demencia senil, hay espacios en su mente forjados desde los parámetros desconocidos del amor eterno, ese espacio de ternura que nunca desaparece pase lo que pase.

Cualquier amigo, cualquier periodista, cualquier persona que venga a su casa conocerá su historia, la historia de su hermano de cuatro meses arrojado de cabeza contra la pared por un miembro de la criminal y falangista “Brigada del amanecer”, el recuerdo infinito y tierno de su nieta, no se olvida, no quiere olvidar, se resiste a pesar el embate de los años, ya casi 92, un cerebro afectado por este mal que transforma, que cambia, que destruye lo más maravilloso que podemos tener en nuestras almas: Los recuerdos.

Se le ve desde muy temprano atareado en el jardín, rodeado de árboles, de la araucaria gigante, de la higuera centenaria, de las plataneras a punto de parir sus racimos inmensos, hace cada día lo mismo, abre el buzón, busca las cartas sin remite como si esperara algún regreso, algún reencuentro, mira a los perros, recoge la hojas, se enreda entre la tierra volcánica, la misma que lo vio nacer en Tamaraceite un noviembre lluvioso, se para por un momento ante la foto de su padre, Francisco González Santana, fusilado por los fascistas el 29 de marzo del 37, parece mirarle a los ojos, algo extraño, como si lograra comunicarse, como si escuchara su acento canario, recordar cuando era un pequeño niño con dificultades para crecer por el hambre, como si en su boca se recuperara el sabor de las golosinas que le traía Pancho “La Mahoma”, el comunista asesinado, las caminatas por la montaña de San Gregorio mirando el mágico espectáculo de los podencos cazando, buscando el rastro de los conejos de abril.

Por un momento lo observo y se queda mirando a los pájaros, me pregunta cuando me ve por la fosa común:

-¿Por fin sacan los huesos de mi padre?- A mi ya me da vergüenza ajena contestarle, busco alguna evasiva que lo tranquilice, tampoco entiendo que políticos indecentes que ganan sueldazos no hayan facilitado algo tan justo, tan noble, tan lógico, como haber exhumado ya esa fosa común del cementerio de Las Palmas, donde no solo reposa mi abuelo, sino cientos de fusilados, acribillados, ejecutados con tiros en la nuca por defender la democracia y la libertad.

Lo veo partir lentamente, quizá me vaya yo antes, no lo sé, pero él ya es consciente del escaso margen de vida que le queda, que cualquier achaque lo llevará a la nada, al silencio de la noche eterna, amasa con sus manos el viejo álbum de fotos, las imágenes de su pasado, la nietilla agarrada de sus dedos en el patio de los helechos rodeada de perras y perros nobles, tiempos felices de risas infantiles, el pequeño viaje a Tenerife de la humilde luna de miel, las avenidas arboladas de La Laguna, el cúmulo de recuerdos, los rostros lejanos de tantos familiares muertos, tantos amigos, hasta los del Sporting de San José donde fue veloz extremo derecho, los niños y la monjas de la Casa del Niño donde lo internaron junto a su hermano tras asesinar a su padre.

Diego se resiste, ejecuta cada día ese inmenso ritual de seguir vivo, de esperar el abrazo de lo que más quiere antes de partir, se aferra, no al pasado, porque no lo recuerda, sino a la dignidad, al sueño remoto, a la música que reposa en alguna parte de su sordera, las banderas lejanas, la prueba de ADN, el dolor, la muerte, las lágrimas, la desesperación, el brutal camino de la injusticia.

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Diego, Famara, Lola y el histórico luchador social Domingo Valencia
durante el rodaje del documental "La Memoria Interior" de Reyes Lima

sábado, 16 de septiembre de 2017

Amor maternal entre el averno

Aquella tristeza era tan grande que daba igual que la fusilaran, que el paredón lo integraran hombres temblorosos, casi abriles lluviosos, como si el estruendo de los disparos no fuera más que una ayuda para liberar el dolor inmenso.

Eso pensaba Lola Andueza Ramírez, cuando la sacaron del prostíbulo en la mayordomía de El Conde de la Vega en la vieja hacienda de Pajonales, cansada de las brutales aberraciones sexuales de los falanges de San Bartolomé de Tirajana, Santa Lucía, Ingenio, Carrizal y Telde, con el cuerpo quebrado por los abusos y la tortura, ya todo le daba igual, la empujaban, la golpeaban, la pateaban, todavía en su sexo y su ano la sangría de las violaciones masivas de los falanges, pero la valiente Dolores seguía adelante con la cabeza siempre alta, el fusilamiento sin consejo de guerra, ella sabía que a las mujeres nos las juzgaban tribunales de militares criminales, que la muerte era directa, que jamás se visibilizaba el crimen femenino, que se ocultaba por la absurda moral católica, aunque los curas eran los primeros en acusar para que las asesinaran.

El coche cedido por la Condesa, el que usaba para sus traslados a la mansión de Jinámar, lo había cedido con orgullo para la matanza de rojos, allí llevaban a Lola y a dos hombres masacrados, ambos sangraban por nariz y boca, el anarquista de la CNT, Tito Hernández, conocido futbolista y centrocampista del Marino FC, junto a Mario Calcine, escultor joven, de menos de quince años de la escuela del pintor Felo Monzón Grau Bassas y afiliados a la JSU, el auto avanzaba a gran velocidad por la pista de tierra hacia la montaña de Tauro, donde existía un cementerio aborigen, los restos del otro genocidio de la conquista castellana.

La muchacha con ojos enrojecidos, azules como el cielo de agosto miraba el recorrido, los pinos, algunos centenarios, el olor a retama, a tierra africana, no se venia abajo, aún sabiendo que lo que le esperaba era el inevitable tiro en la nuca, la fosa común en algún lugar perdido de la montaña sagrada, donde las aguilillas ejercían su atávico ritual entre el abismo y el viento del sur.

Por unos instantes entre los brutales pellizcos de los sicarios fascistas en sus muslos, recordó la noche de amor con Julio Zamora, el joven maestro comunista de Ayacata, cuando subieron hasta Los Llanos de la Pez y se amaron sin condiciones entre la brisa, la niebla que inundaba aquel diciembre del 35, la nebulosa trémula y republicana tras el triunfo de la esperanza, los besos, el sabor de unos labios que no querían separarse jamás, dos cuerpos unidos, dos almas reencontradas tras el paso de los siglos, que se reconocían en cada mirada, en cada caricia, entre los susurros y jadeos bajo la noche estrellada.

El vehículo se detuvo bruscamente en una curva y se adentró por una pista con muchos baches rodeada de tabaibas gigantes, recorrió unos cuantos kilómetros en un paraje desconocido, en el asiento delantero los falanges se pasaban las botellas de ron de caña y Alfonso Corujo requeté majorero dijo:

-Esta puta roja está tan violada y jodida que ya tiene el sucio conejo como un bebedero de pollos, habrá que matarla sin disfrutarla-

Sacaron a la mujer y a los dos hombres atados y los pusieron de rodillas ante un agujero volcánico minúsculo, el lugar donde los cazadores de Fataga tiraban a los podencos que no cazaban, Mario Calcine dio varios vivas a la República, el futbolista callaba, pero si miraba a la cara de los asesinos, no decía nada, hablaba con sus ojos marrones, sin miedo, como si estuviera en una de las finales del Campo España contra el Real Club Victoria.

Dolores sintió la fuerza indomable de los dos hombres heroicos, de sus entrañas le salía un amor maternal, invencible. Sentía ganas de acurrucarlos en sus brazos, que todo aquello fuera una horrible pesadilla, que pudiera mimarlos como sus niños, los hijos que jamás tendría.

Alfonso Trujillo Bordón, el guardia civil de Ingenio, al grito de ¡Fuego! del jefe falangista Eustasio Padrón Novo, disparó en sus nucas sin mediar palabra, una detonación que no parecía que saliera del cañón de una pistola, más bien el graznido de una siniestra ave del averno.

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De “El huevo de la serpiente” – © Carlos Bosch

viernes, 15 de septiembre de 2017

Vientos de masacre

La Montañeta de Tamaraceite se vio inundada en menos de media hora de cientos de falangistas, uno en cada esquina armados con máusers y pistolas Astra 400 de 9 mm corto, las ventanas y puertas de cada casa cerradas a cal y canto, mientras los fascistas esperaban ordenes del lujoso coche negro que estaba aparcado delante de la Casa Consistorial en la vieja Carretera General.

Junto a La Cruz había ya doce hombres detenido, les amarraban las manos a la espalda con la soga de pitera, las muñecas tan apretadas que se les cortaba la circulación de la sangre, del coche se bajó un hombre vestido de negro, bigote fino y un brazalete con el escudo de Falange, por la otra puerta el hijo del Conde y el conocido empresario apellidado Fuentes.

El hombre de negro terrateniente de Firgas de apellido Guerra encendió un habano con un mechero de gasolina y se cruzó de brazos, formando un pequeño corro con los otros dos fascistas:

-La clave es barrer de arriba pa bajo casa por casa, en mi lista tengo como treinta rojos de los que hay que matar sobre la marcha, las direcciones ya las tienen los guardias Pernía, Santos y el Falange Paco Bravo- dijo con sorna el joven Borja miembro de la nobleza isleña.

-Las mujeres jóvenes hijas o nietas de los detenidos me las ponen aparte en el camión del mayordomo de la marquesa- comentó el empresario tabaquero con una media sonrisa.

Los tres entraron en la sede municipal del ayuntamiento de San Lorenzo que estaba repleta de hombres armados, bajaron al calabozo conocido como “El Cuartelillo”, allí estaba en alcalde comunista Juan Santana Vega con una herida abierta en la cabeza, junto a más de cuarenta hombres, todos hacinados en un espacio donde apenas podían moverse asfixiados por el calor.

En el suelo un señor mayor estaba desvanecido, aparentemente muerto, también varios niños de no más de quince años que se aferraban a la reja pidiendo agua:

-A todos estos hay “que darles café” por la vía rápida desde que venga el camión de Verdugo, unos pa la Sima Jinámar, otros pa los pozos de Tenoya y Arucas y los cabecillas al consejo de guerra en el cuartel de La Isleta- dijo entre risas el cacique Guerra con su traje negro ajustado mientras daba una calada al cigarro cubano.

De la zona alta de Tamaraceite bajaban cientos de hombres y mujeres atados entre golpes, patadas, puñetazos, latigazos con las varas de acebuche y las pingas de buey, el espectáculo era dantesco, parecía una procesión de la muerte, dejaban un reguero de sangre, mientras avanzaban y bajaban por la calle de la sede Falange, hasta los cinco camiones que esperaban en las fincas agrícolas de Las Casas de Abajo, cedidas por los Cabrera y los Naranjo para clasificar cada asesinato, colaborar activamente con el genocidio.

El grupo de reos llegaban destrozados a los vehículos de la muerte, los metían a patadas, quien se atrevía a mirar a la cara de los falanges le golpeaban en la cabeza con las culatas de los fusiles, tenían que ir con las cabezas gachas, mirando al suelo, estaba prohibido girar la cara, mirar a los lados, hablar con los compañeros, pronunciar palabra, incluso hasta gemir de dolor:

-Este trabajo está hecho dijo el jefe de acción social de Falange con su impecable traje negro, vamos un rato a la casa de Julita, allí hay buenas putas y bebida gratis-

El tabaquero dio instrucciones a los falangistas encargados del camión de las mujeres:

-Directas pa la hacienda de la Marquesa en Moya, yo me acerco esta noche con el grupo de amigos, que estén limpias, encadenadas como perras y bien puestas que tenemos "fiesta"-

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jueves, 14 de septiembre de 2017

Y en aquel torrente de fuego

La cal viva la trajeron ese 25 de abril del 37 en camiones de los caciques agrícolas apellidados Naranjo, cuyas propiedades estaban en la zona de Tamaraceite y San Lorenzo. Los vehículos que entraban marcha atrás al cementerio de Vegueta directos a la fosa común, que a esa hora del día ya había recibido los cuerpos de los militares republicanos de Sidi Ifni, más de 40 soldados, suboficiales y oficiales acribillados a balazos en el campo de tiro de La Isleta.

En un extremo cerca del muro más cercano al mar había un grupo de unos cincuenta hombres atados de dos en dos con cadenas en el cuello, tan apretadas que casi no podían respirar, allí estaban, rodeados de los falanges, que armados con los máuser les apuntaban a la cabeza esperando la orden de fuego del capitán Samper.

La cal caía sobre los cuerpos ensangrentados y los volvía blancos, parecían ángeles, si es que puede existir un concepto de ángel, una imagen de ángel, quizá de santa inocencia.

Aquella sangre absolvía el polvo, la volvía roja en algunos cuerpos, había varios hombres y una mujer que tenían contracciones, estaban vivos, posiblemente había fallado el tiro en la nuca a pie de fosa, se lo habían dado en un lugar de la cabeza donde la muerte no era instantánea.

El jefe falangista del barrio San Roque, Cristóbal Pérez del Rosario, junto al condecorado requeté, Antonio González Cruz, ordenaron que no los remataran “que era mucho mejor enterrarlos vivos”:

-No gastemos más balas en esta escoria marxista- dijeron mostrando sus dientes sucios y amarillentos, justo cuando entraba un nuevo camión cargado de cuerpos, más de veinte, eran los que acababan de fusilar en La Isleta aquella tarde, los que venían en el famoso “Camión de la carne”, dejando un reguero de sangre de un extremo a otro de la ciudad.

Samper pidió a los falanges en un contundente grito militar que “cargaran armas”, los hombres arrodillados a la fuerza, algunos lloraban, otros pedían por sus hijos y esposas, otros daban vivas a la República, a la libertad, a la clase trabajadora, hasta que un estruendo acalló todas aquellas voces, los pájaros que en ese momento cantaban en los laureles de indias salieron volando a toda velocidad hacia el palmeral junto a la playa de Triana, la sangre manaba de las cabezas destrozadas como torrentes, mientra Don Juan el cura de Telde pistola al cinto iba dando la extremaunción, a la vez que el tiro de gracia en la sien a quienes todavía movían alguna de sus extremidades:

-En el nombre del Padre, y del Hijo y del Espíritu Santo, quede extinguido en ti todo poder del diablo por la imposición de nuestras manos y por la invocación de todos los Santos, Ángeles, arcángeles, patriarcas, Profetas, Apóstoles, Mártires, Confesores, Vírgenes y de todos los Santos juntos. Amén- Oraba el cura con la sotana remangada manchada de sangre, se movía entre los cuerpos como si hubiera hecho ese trabajo durante toda su vida, con la pistola cargada, humeante, dispuesta a descargarla en la cabeza de quien diera evidencias de quedarle un halo de vida.

Luego el párroco pistolero hizo una especie de reverencia a la nada, con las manos hacia el cielo invocó en un canto que sonaba ridículo entre aquella terrorífica y dantesca escena de muerte y genocidio:

-Oremos. Te rogamos Señor mires con benignidad a tu siervo que desfallece en esta humilde morada del cementerio de Las Palmas, que desfallece con la enfermedad del cuerpo, y fortalece al alma que creaste; para que enmendada por los castigos, reconozca que ha sido por tu gracia. Por Cristo nuestro señor. Amén.-

La numerosa turba fascista, entre tricornios y tipos vestidos de azul con correajes, se persignaba a cada palabra del cura, arrodillados miraban a los cientos de asesinados, solo Pedro Amador y Justo Cubas, se morían de risa tras uno de los panteones, disfrutando de una de las botellas de las numerosas cajas de ron de caña que tenían preparadas para después de las ejecuciones.

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Sueño y mentira de Franco (Pablo Picasso, 1937)