miércoles, 10 de febrero de 2016

El aliento de las flores

La bandera roja la guardaron en el fondo de la caverna del negro barranco, bien doblada sobre la cajita de madera con las listas de afiliación al partido, allá en la selva de laurisilva de Valsendero, donde el agua destilaba de las ramas verdes de la foresta, Alicia Granados, la más joven del grupo, quiso abrazar a los camaradas que partían hacia las montañas de Valleseco, pasando Lanzarote (1), camino de la incierta cumbre de la isla redonda, los tres muchachos tenían el pecho fuerte, los brazos de acero de una vida entera trabajando la piedra en el noble oficio de pedreros, constructores de sueños en las canteras de Arucas y San Lorenzo.

Trémula la chica se quedó abajo, quieta, paralizada, temblorosa, frágil, como esperando que todo aquello fuera un sueño terrible, la pesadilla de la que solía despertarse en su casita de tejado en el peor momento, cuando la negra bruja estaba a punto de agarrarla, el tierno abrazo para llevársela, la noche hechizó en un instante el bosque universal, la brisa venía del mar más helada que nunca, el presagio comenzaba a envolverla, inundando de dolor lo más profundo de su alma.

Los instantes felices se diluían en una nube de tristeza, los fascistas comenzaban a matar a miles de canarios, casa por casa sacaban a los hombres y mujeres para desaparecerlos después de brutales torturas. Alicia solo miraba, ya no se veía a sus camaradas, probablemente ya hubieran alcanzado las altas montañas entre retamas y pinos, oliendo a incienso moruno, al romero salvaje de la libertad perdida.

Caminó despacito, sin rumbo, hacia el pueblito, pensando en todo lo que habían vivido aquellos años, las luchas sindicales, las huelgas en las haciendas de los terratenientes, los pequeños triunfos con la llegada de la República, la esperanza de cambio, los avances sociales, el reparto justo de la tierra, la reforma agraria, el voto femenino, aquella libertad que inundaba cada rincón de aquel abismo de esclavitud y miseria.

Triste la muchacha atravesó el umbral de la puerta, allí estaba su abuela Rosa, sentada con la mente en un mundo desconocido, el semblante alegre de verla llegar, como si supiera que algo terrible estaba a punto de suceder, la noche más terrible, la sangre bajando por la calle del agua, signos indescriptibles que anunciaban la llegada por la carretera vieja de los camiones repletos de falangistas.

Alicia se sentó junto al fogón con el caldo de cilantro al fuego, su madre no le dijo nada, solo se miraron calladas a los ojos verdes, calcados como si fueran gemelas. En silencio esperaron que los hombres armados golpearan la puerta, lo importante era seguir juntas hasta el instante de la separación definitiva, la tenue luz azulada seguía entrando por la pequeña ventana, la del olor a flores y café mañanero. En un instante imprevisto la niebla inundó el barranco más oscuro, las campanas de la iglesia sonaban más fuertes que nunca, la intensidad del sueño imposible, como inacabado, se llevó para siempre la linda sonrisa de la muchacha, solo quedó el libro arrugado de Lorca sobre la mesa del patio bajo la higuera centenaria, las lagrimas de la abuela besaron el suelo de tierra colorada, regando la tierra de sus ancestros.

(1) Barrio de Valleseco, isla de Gran Canaria.

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Pintura incluida en la exposición 'Memoria y sexualidad de las mujeres
 bajo el franquismo' exhibida en 2010 en Madrid.

lunes, 8 de febrero de 2016

Terrorismo en la marca España

Matar (suicidar) por motivos económicos a más de 25.000 personas en cuatro años no es delito de terrorismo, que desahucien a 600 familias diarias de sus casas a palos y patadas de los esbirros policiales no es delito de terrorismo, que cinco millones de niños y niñas estén pasando hambre no es delito de terrorismo, que 350.000 enfermos dependientes hayan muerto por la retirada de las ayudas del gobierno en dos años no es delito de terrorismo, que Cospedal retirara las ayudas oncológicas a los niños con cáncer de Castilla La Mancha no es delito de terrorismo, que seis millones de familias sobrevivan sin ningún tipo de ingresos no es delito de terrorismo, que catorce millones de personas sufran exclusión social y pobreza extrema no es delito de terrorismo, que medio Partido Popular esté imputado por corrupción en Valencia y resto del estado no es delito de terrorismo, que cientos de miles de españoles sigan en fosas comunes asesinados por los criminales franquistas y que sus gobiernos en “democracia” no hayan exhumado sus cuerpos no es delito de terrorismo, que no existan leyes adecuadas y contundentes para prevenir las muertes por violencia de genero no es delito de terrorismo, que la banca robe con hipotecas estafa y saquee con engaños a millones de personas no es delito de terrorismo, que la Constitución Española se incumpla sistemáticamente no es delito de terrorismo, que la corrupción política sea generalizada no es delito de terrorismo, que existan millones de personas comiendo en bancos de alimentos no es delito de terrorismo, que la sanidad pública sea privatizada y regalada a empresas mafiosas no es delito de terrorismo, que la Iglesia Católica no pague el IBI y se gaste el dinero del estado en mansiones de lujo para sus arzobispos no es delito de terrorismo, que millones de jóvenes hayan tenido que abandonar el país huyendo de la miseria y el desfalco de su gobierno no es delito de terrorismo, que estemos gobernados por cabrones y sinvergüenzas que se meten en política para enriquecerse matando de hambre al pueblo no es delito de terrorismo.

Si es delito de terrorismo en España que se represente un espectáculo de títeres inspirado en una obra de Federico García Lorca, denominada “El retablillo de Don Cristóbal”, usando un cartel para denunciar la manipulación policial.

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viernes, 5 de febrero de 2016

La silenciosa partida

La fragilidad de María del Carmen Pérez Mendoza era enorme, su extremada delgadez contrastaba con la obesidad mórbida del cacique que la recluyó en la casa del mayordomo Correa para violarla cada día. El testaferro del Conde del sur iba por la tarde para ver a las mujeres que habían detenido, expuestas en un barracón junto al Lazareto de Gando, las esposas, hijas y nietas de los asesinados por los fascistas, desaparecidos en los pozos de Arucas y los barrancos de Tamaraceite y Guayadeque, en las simas y chimeneas volcánicas o en la gran fosa marina de la isla de Gran Canaria, donde las miles de personas detenidas eran arrojadas dentro de sacos, atadas de pies y manos aún con vida.

El esbirro elegía siempre a las más bellas, conocía los gustos de aquella gentuza de la oligarquía isleña, mujeres de senos grandes, a ser posible menores de treinta años, que eran encerradas durante semanas o meses, convirtiéndolas en esclavas sexuales para las fiestas y borracheras de los corruptos terratenientes, de los jefes de falange, de la guardia civil y los mandos militares.

En el obispado lo sabían todo y hacían oídos sordos a las quejas de algunos párrocos honrados, que no entendían los niveles de depravación de las fuerzas sediciosas, el miedo era generalizado en toda la isla, nadie podía escaparse si había defendido la República, si alguien lo acusaba o cualquier fascista lo tomaba entre ceja y ceja por algún motivo.

Aquel terror permanente se palpaba en cada rincón del territorio insular, las mujeres de los represaliados de repente desaparecían, algunas eran asesinadas, otras volvían con las ropas destrozadas a sus casas, cabeza gacha, humilladas, vejadas, el pelo enredado, sucias, con el cuerpo repleto de moretones, víctimas de los golpes, del hambre, de los abusos de esta banda de psicópatas.

María acabó acurrucada, desnuda una noche más, le dolía mucho el estómago, la obligaban a tomar ron, ella nunca había bebido, dormía a ratos, menos de una hora, siempre con el cuerpo sobresaltado, esperando que llegara la nueva “fiesta”, la orgía de sangre y sexo, incluso en muchas ocasiones con niñas menores de diez años. Veía las caras conocidas de los dueños de la isla, los señores propietarios de las grandes haciendas, los jefes de Falange, de Acción Ciudadana, de la Guardia Civil, del corrompido y criminal ejército del General Franco.

Ella sabía que no la dejarían marchar, había escuchado conversaciones comprometidas, demasiados rostros que podía identificar, crímenes brutales en su presencia al límite del sadismo más terrible. Consciente de todo pasaba las horas, pidiendo muchas veces a gritos que la mataran de una vez, que la dejaran partir para siempre, abandonar el sufrimiento, la humillación de ser objeto sexual de los asesinos de su marido y sus dos hermanos.

Esa misma noche logro quitarle al violento Coronel García-Escamez una pequeña hojilla de afeitar del bolsillo, el militar no se dio cuenta, no lo imaginaba mientras le hacía todo tipo de aberraciones a su cuerpo destrozado. María se fue a su rincón en la oscura habitación sin muebles, lentamente se cortó el cuello, sintiendo como la sangre caliente la liberaba, entrando en un estado de paz interior, no había dolor, solo el inicio de una especie de viaje a lo desconocido, mientras dejó de ver la luz que entraba por la pequeña ventana, luego la nada, entregándose a la silenciosa partida hacia el misterio.

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jueves, 4 de febrero de 2016

La balada de los sueños rotos

El falangista Donate sacó a los dos hombres del hoyo junto al pozo de Guayadeque, los muchachos estaban embarrados de los pies a la cabeza, casi ciegos de estar varios días enterrados en vida, José Juan Calderín y Paco Sosa, los dos presos en los carrizales, aparceros, jornaleros, líderes sindicales de los más desfavorecidos, ahora en manos de los criminales vestidos de azul. Su único delito defender la democracia, haber luchado durante sus cortas vidas de no más de veinticinco años, defendiendo la honradez y la dignidad. El requeté Onofre Ramírez los golpeaba con la vara de acebuche, la sangre se mezclaba con aquella arcilla de color casi verde, tomando un aspecto amarillento, fantasmal, tenue de sueños tristes en aquella tarde de septiembre en el municipio de Agüimes, más allá del pueblo, en la entrada del barranco sagrado, camino de los pozos donde ya reposaban sus mujeres, las dos chiquillas anarquistas de la CNT a las que la soldadesca violó antes de colgarlas con ganchos de hierro fundido por sus ojos verdes, quizá azules, marrones, color cielo, océanos infinitos donde el mar jamás supo la verdad de todo lo que sucedía en aquel lugar olvidado por la historia.

La caravana de la muerte les mostró la ropa destrozada de sus compañeras, el libro de Bakunin manchado de sangre, las hojas blancas con los poemas de Maribel, el viejo bolso que usaba Lucía para sus clases de alfabetización en los lejanos pagos aparceros entre las montañas de la costa. Los fascistas parecían recrearse en el dolor de los hombres, no les bastaba con la brutal tortura, tenían que ensañarse con el inmenso sufrimiento, contarles casi al oído lo que habían hecho con las muchachas antes de asesinarlas, como más de treinta falangistas y guardias civiles las habían sometido a todo tipo de abusos sexuales durante más de cinco días, mientras las mantuvieron atadas por el cuello con una cadena en la finca de los Barber barranco arriba, allí donde sus gritos y alaridos de dolor no eran escuchados por nadie.

El capitán Soria que siempre se sumaba con el empresario tabaquero Eufemiano a las matanzas dio la orden de ejecutarlos, el joven terrateniente Carlos Melián se dispuso a dispararles en la nuca, los mandó arrodillarse, Paco Sosa se negó y fue golpeado salvajemente por el grupo de falangistas con botellas de ron de caña medio vacías, uno de ellos le rompió el envase en la cabeza, el joven cayó al suelo entre violentas convulsiones, Calderín lo miraba, trató de agacharse a socorrerlo, pero Soria le disparó en la espalda, le partió la columna vertebral y se derrumbó como un árbol de la extinguida laurisilva, quedó inmóvil, no podía moverse, solo le quedaron fuerzas para llamarles “¡Asesinos hijos de puta!, momento en que todos lo golpearon salvajemente, entre risas, hasta causarle la muerte en menos de cinco minutos de violentas patadas.

Una vez saciado su odio los llevaron a la boca del pozo, pegado al risco, a la derecha de la carretera de tierra hacia Cuevas Muchas, allí los arrojaron, José Juan todavía vivo, mirando como el grupo de asesinos procedía a su cotidiano ritual con una precisión milimétrica, satisfechos con su trabajo de quitar la vida a quienes solos pensaban diferente, la destrucción de la esperanza ejecutada por esbirros de las cuatro familias dueñas de la isla, esclavistas, explotadores, que no podían permitir que nadie se rebelara, que defendiera sus justos derechos civiles.

La noche estrellada y las lejanas nebulosas acompañaron el final de los dos muchachos, de la misma forma que días antes segaron la vida de sus compañeras, flores del campo, el olor a rocío libertario, la acequia siempre corriendo con el agua pura, casi congelada, que venía de las cumbres, de la profundidad infinita de la tierra, fría como las pieles erizadas de los amantes desnudos bajo la luz de la despistada y tambaleante luna negra.

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domingo, 31 de enero de 2016

La fragancia de la liberación

La caricia parecía formar parte de aquel ritual añejo, Patricia y Luján pasaban algunas tardes del exilio amándose, desnudos en la pequeña habitación del hotel Manila, en el viejo barrio del París ocupado por los nazis. Sus encuentros clandestinos ya formaban parte de la cotidiana lucha armada contra la barbarie, la misma que les hizo huir como polizones en el minúsculo barquito de vapor, escondidos en la bodega desde la partida de Puerto Cabras, en la Fuerteventura sometida por el terror del golpe de estado del 36.

No paraban de besarse, cada beso evocaba el recuerdo de su tierra amada, la salinidad imperturbable de la ternura en cada gesto, en la mirada, navegando en la sangre como dos náufragos del amor eterno, dos supervivientes en el pequeño oasis entre la masacre, flotando entre sabanas y almohadas perfumadas, buscando una salida al sangriento vendaval de dolor, la inmensa crueldad del totalitarismo en Canarias y Francia, en los desiertos de arena de la isla africana, en los prados verdes del país de la libertad.

Era muy difícil sobrevivir comprometidos con la resistencia, los dos trabajaban, ella de camarera en un restaurante del centro, muy cerca de la Torre Eiffel, él de leñador en las afueras, en los bosques que rodeaban aquella ciudad acorralada, dos vidas, dobles personalidades, la de extranjeros migrantes, la de comprometidos milicianos, ella como enlace y correo en las frías noches, jugándose la vida en cada segundo, él como guerrillero de “La Nueve”, integrada por partisanos de varios países, héroes del pueblo, libertadores  gloriosos alzados contra el holocausto de la esperanza.

En medio de la lluvia los amantes no daban tregua a la tristeza, Patricia miró aquella noche a los ojos de Luján, se decían todo en silencio, tanto sufrimiento, los miles de camaradas asesinados en las islas, las noticias que llegaban de los que ya no estaban, aquellos que habían sido arrojados al mar dentro de sacos, atados de pies y manos, vivos, también tirados a los pozos y oscuros agujeros volcánicos, fusilados en los campos de tiro de los sediciosos cuarteles, un genocidio orquestado por una oligarquía isleña corrupta, la Iglesia Católica, como siempre, falangistas psicópatas, sanguinarios, los generales que vinieron de África para cercenar y destruir la democracia de las flores republicanas.

Los dos abrazados miraban al techo, una arañita tejía su telita insignificante en una esquina como ausente del mundo, la suciedad de las paredes de la humilde habitación, la cama revuelta y las pieles erizadas por el recuerdo, por seguir juntos a pesar de todo, sabiendo que podían estar muertos en cualquier momento, desde el preciso instante en que se decidieron a luchar hasta el final, desde la islita perdida y lejana, escondidos en el barco, para verse ahora combatiendo en el inmenso continente del miedo.

Llegó la hora de salir, afuera la noche era oscura, premonitoria de sueños terribles, se besaron en la puerta mientras pasaba un convoy alemán, se soltaron la mano y partieron hacia la tarea habitual, frágil, secreta y heroica, siempre Luján volvía la cabeza varias veces esperando una última mirada por si no se volvían a ver, cada vez se encontraba con los ojos verdes de Patricia, una sonrisa que parecía iluminar la flagrante injusticia de un pueblo invadido, dar calor a cada campo de exterminio, donde millones de seres humanos sufrían la tortura y la masiva muerte.

Se miraron por última vez pendientes de cualquier señal nocturna, de la consigna inevitable de resistir, atacar al monstruo fascista donde más le dolía, sobrevivir para refugiarse de nuevo en el lecho tendido sobre flores perfumadas, nubes de colores, la fragancia de la liberación.

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Blindado "Guernica" de La Nueve entrando en París el día de la liberación.

viernes, 29 de enero de 2016

La placentera oscuridad

El camino real hacia Teror era casi un riachuelo del agua pura que caía del cielo, los dos luchadores subían aprovechando la nocturnidad del frío verano, un tiempo extraño en agosto del 36, ambos iban callados, adaptando el paso, el pausado ritmo, al embarazo de la mujer de Antonio Soto, la pobre Lidia Alonso, que avanzaba lenta con las manos acariciando suavemente su vientre, donde cálida iba bien resguardada la chiquitita Rosita, calentita, sin saber que la huida era terrible, que se jugaban sus jóvenes vidas, subiendo San José del Álamo, un ascenso desesperado hacia lo desconocido entre la oscuridad de una noche que se avecinaba estrellada entre el olor a incienso moruno y tabaibas (1).

Los hombres recordaban en silencio los duros entrenamientos, las luchadas en el Campo de España, los días felices donde la República de las flores les regaló aquella frescura que solo puede dar la fragancia de la libertad, la “pardelera” (2) de la vida, el “ganchillo” (3) de la esperanza, el “cango” (4) de la concordia, solos los tres y el trocito de vida que viajaba en el liquido amniótico de la mujer libertaria.

Pasando la cantera de Mauricio vieron las luces más arriba, el movimiento de hombres, el ruido de los vehículos de Falange y el ejército, habían cortado todo el acceso al centro y norte de la isla, buscaban como fieras a toda persona sospechosa de defender la legalidad constitucional. Antonio miró a su compañero Octavio Castro, a los ojos llorosos de Lidia, se sentaron por un momento junto al camino, las caras preocupadas, hasta que tomaron la decisión de bajar hacia el barranco de Mascuervo, fuera de caminos, orientados por la escasa luz de la luna llegaron a las Cuevas Coloradas, antiguo poblamiento indígena, para seguir subiendo hacia La Milagrosa siempre por el fondo, abriéndose camino entre las duras zarzas y el frondoso bosque de acebuches y cardones.

Llegando a Chanica comenzaron los disparos, ráfagas de fuego que convirtieron el bello paraje en un infierno ensordecedor, Antonio abrazó a Lidia, los tres se metieron bajo una piedra enorme, los disparos rozaban sus cuerpos, Octavio sangraba por una bala que le había atravesado una pierna, se arrastraba hacia ellos con la cara desencajada, pálido, dijo algo que no escucharon, cuando el plomo acribilló su cuerpo fuerte, sus más de cien kilos de técnico, estilista bregador incombustible desde que apenas era un niño.

Antonio sacó la camisa blanca agitándola como bandera de rendición, los disparos cesaron por un momento, desde los riscos se escuchó un grito de que salieran con las manos en alto, era el capitán Barber, militar y falangista, integrante de una familia de caciques conocidos en toda la isla.

El hombre y la mujer salieron a un claro, Lidia a pocos metros detrás con sus manos en el vientre, como tratando de proteger a la pobre Rosita que navegaba inconsciente de todo, nadando con el puño cerrado en aquella fraterna oscuridad.

A los pocos pasos se escuchó un nuevo disparo que atravesó la cabeza de Antonio, no manaba sangre, solo un agujero en la frente que lo hizo desplomarse al suelo delante de Lidia, la mujer se abalanzó sobre el cadáver, lo abrazó, lloraba a gritos, pedía que la mataran, que le dispararan también, viendo a los lacayos fascistas uniformados que la rodeaban, algunas caras conocidas de Tamaraceite, otras de Arucas, encargados, mayordomos de las fincas de los terratenientes, todo tipo de personajes vinculados a las cuatro o cinco familias propietarias de media isla.

Emilio Barber ordenó que ataran a la mujer, le apretaron las muñecas a la espalda con el hilo de pitera, subieron caminando hasta una carretera de tierra donde estaban aparcados varios furgones militares, abajo quedaron los cuerpos de los dos luchadores dentro y fuera del terrero (5), varios falangistas los envolvieron en sacos de plátanos para desaparecerlos, Lidia lloraba en el asiento trasero del auto, Rosita daba pataditas como reclamando saber que pasaba en el exterior de aquel mundo desconocido.

(1) Arbusto perenne del género Euphorbia endémico de las Islas Canarias.
(2) Maña o técnica de lucha canaria también conocida como "burra derecha".
(3) Maña o técnica de lucha canaria.
(4) Maña o técnica de lucha canaria.
(5) Recinto específico para la práctica de la lucha canaria.

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Luchada en la isla de Gran Canaria

jueves, 28 de enero de 2016

El sagrado ritual

Don Juan, el cura, con sotana y pistola al cinto, puso como condición al grupo de siete hombres, que para poder escribir una carta a sus familias antes de ser fusilados tendrían que confesarse. Los condenados miraban indignados el papel en blanco, el viejo lapicero de la destartalada mesa, desesperados por la muerte inminente. Solo faltaba media hora para la ejecución en el campo de tiro de La Isleta. Algunos decidieron humillarse aunque no creyeran en aquella sanguinaria religión que apoyaba el golpe fascista, mientras el sacerdote mostraba su satisfacción con media sonrisa, gesto marcial, sentado al fondo del viejo habitáculo utilizado como prisión provisional para los reos antes de masacrarlos.

–Ave María Purísima, sin pecado concebido, decía entre burlas, -se preguntaba y se contestaba con tono autosuficiente antes de comenzar el perverso ritual, la perorata medieval solo pretendía humillar hasta el momento al grupo de hombres condenados a muerte-

Un paripé siniestro programado para seguir generando dolor sobre aquellos militantes revolucionarios, que solo esperaban que la muerte fuera una liberación al maltrato, a las torturas continúas de la mañana a la noche, a la molestia constante de unos cuerpos destrozados, con fracturas, heridas abiertas y la piel marcada por los latigazos con la pinga de buey y la vara de acebuche.

Los que se negaron fueron puestos aparte, el de la sotana los miraba con desprecio. –Irán de cabeza al infierno malditos rojos de mierda, -decía con los ojos enrojecidos de odio aquel cura formado desde casi un niño entre Falange y el seminario, el que participó en la casa de los Benítez de Lugo en la elaboración de las listas negras meses antes del golpe de estado del 36, el mismo que daba la extrema unción a los fusilados y luego el tiro de gracia en la sien o en la nuca. –La paz eterna por la infinita misericordia de nuestro señor Jesucristo y el fuego que ayuda a dejar este mundo de sufrimiento, -decía en el bar de oficiales del Regimiento de Infantería de La Isleta tomando ron de caña con el capitán Soria y el resto de fascistas criminales de lesa humanidad-

Al rato los sacaron a todos, confesados y no confesados, los que pudieron escribir las letras para sus seres queridos encabezaban el desfile de la muerte, directos al campo de tiro donde serían ejecutados por el batallón.

Don Juan se entretenía rezando el rosario, lanzaba sus predicas a un grupo de hombres sin destino, predestinados a un final terrible, brutal, simplemente por pensar diferentes a los sediciosos, los que en pocos años asesinaron impunemente a miles de personas en todo el territorio insular.

–Ego te absolvo a peccatis tui in nomine Patris et Filii et Spiritus Sancti, -decía el sanguinario cura con los ojos cerrados y la sotana manchada del liquido rojo que brotaba a borbotones de los hombres asesinados-

Luego se juntaron los oficiales y el sacerdote y se fueron a un bar de La Isleta donde les esperaba un sancocho (1) regado con vino y ron de La Aldea, tenían mucho que celebrar ese día, su Santa Cruzada había comenzado, El clérigo bendijo la comida antes de comenzar el festín, el “Camión de la carne” partió repleto de muertos hacia la fosa común del cementerio de Las Palmas, mientras las primeras botellas se descorchaban y un olor a sangre inundaba el aire terroso de aquella triste ciudad.

(1) Plato típico de distintas partes del mundo, que en Canarias está compuesto de papas, pescado salado, mojo y gofio.

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lunes, 25 de enero de 2016

La huída de Carla y Martinita

Carla Ramírez subía a toda prisa el barranco de Guayadeque a la altura de Cuevas Muchas. Avanzaba rápido, mojada y llena de barro con su niña en brazos bajo la lluvia, la bebita de solo once meses se aferraba al pecho de su madre, al escaso calor, al sudor del miedo. En el pequeño bolso una foto enmarcada de Pedro Morales, su joven marido asesinado, arrojado a la Sima de Jinámar por los fascistas el día anterior.

Esa misma noche decidió salir de su casa y escapar antes de que también se la llevaran, que su niña acabara vendida por la Iglesia Católica a cualquier familia de Falange, que como a otras mujeres republicanas las tuvieran varios meses retenida para satisfacer los deseos sexuales de cualquier asqueroso criminal sedicioso, encerrada en alguna de las mansiones de los terratenientes ingleses del sur de Gran Canaria y del Conde de la Vega, hasta el momento en que decidieran asesinarla, arrojarla al mar dentro de un saco atada de pies y manos, tirada en un pozo, en algún agujero volcánico.

La muchacha de solo 22 años seguía escalando, no era normal aquella lluvia en pleno mes de agosto del 36, el liquido elemento recorría su columna vertebral, le congelaba el alma subiendo la inmensa cuesta hacia la Caldera de los Marteles, la niña no lloraba, Martinita se mantenía firme, parecía comprenderlo todo, que aquella huída desesperada era la única salida posible hacia lo desconocido, caminando sin parar, subiendo hacia el frío tétrico de la noche más oscura de su vida.

Se paró unos minutos a descansar en una repisa de la montaña y más abajo se escuchaban gritos, voces de hombres que interrogaban a los vecinos sobre si la habían visto pasar, nadie decía nada aunque la hubieran visto, varios furgones y coches subían, las luces parecían luciérnagas terribles en medio del barranco sagrado, aquel que los antiguos canarios utilizaron para momificar y enterrar a sus muertos. En ese momento supo que la perseguían, que si hubiera salido de su casa media hora más tarde ya la hubieran detenido, que ya le habría quitado a su niña para siempre.

La pobre Carla aceleró el paso, sus piernas, sus muslos desnudos por rompersele el vestido negro, resentidas por el enorme esfuerzo, repletas de cicatrices sangrantes por los numerosos cortes de las zarzas, las varias caídas que ya había tenido siempre tratando de evitar que Martina se hiciera daño. Aceleró y según lo hacía cada vez parecía más lejano el bullicio, eligió una de las rutas de subida, había varias, tenía la esperanza de que los expertos falangistas y guardias civiles conocedores de la zona no subieran por donde subieron ellas, que les perdieran el rastro para poder desaparecer en la cumbre entre los pinares más tupidos.

Llegó un momento en que no sabía donde estaba, la cuesta era mucho menos empinada, el viento le azotaba la piel y le enredaba su hermoso pelo rubio ahora sucio y mojado, la niña seguía calladita, agarrada, aferrada a su pecho, no se dormía, estaba expectante, consciente en su inocencia de que algo terrible sucedía mientras el sol salía rojo desde el mar, comenzaba el amanecer y contemplaron el inmenso bosque de alta montaña, la frondosidad infinita inmersa en el mágico mar de nubes, Martinita se relajó, dijo algo parecido a “Teta mama”, pegándose al rojo pezón con un hambre ancestral, sacando el cálido sustento, que parecía llenarle las venas de placer y energía, un fruto de amor que inundó su sangre de esperanza.

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 Mujeres y hombres con sus bebés huyendo de los asesinos franquistas,  
fotografía tomada en un punto muy cercano a las afueras norte de Cerro Muriano ,
proximidades de la vía ferrea  (Cordoba-Amorchón), septiembre del 36.

sábado, 23 de enero de 2016

El rastro de la sangre

La pobre Pilar bajó presurosa la cuesta del barrio de San Juan y ya sabía que habían fusilado a su marido Pablo, iba directa al cementerio de Las Palmas con la esperanza de llegar a tiempo para ver el cadáver antes de que lo arrojaran a la fosa común, la habían avisado de que el “camión de la carne” ya salía del campo de tiro de La Isleta cargado de hombres asesinados, dejando un reguero de sangre por toda la calle Faro, avanzando por Triana mientras todo el mundo veía el liquido rojo como una especie de marca, de señal de que lo más siniestro y brutal de la especie humana ahora tomaba las riendas del poder, seres sin escrúpulos para asesinar masivamente, para destruir la esperanza de todo un pueblo.

En la entrada del recinto mortuorio estaba la guardia civil y numerosos falangistas armados hasta los dientes custodiando la entrada, Pilar dijo que era la mujer de Pablo Martel, uno de los sindicalistas fusilados hacía solo unas pocas horas, que quería ver su cuerpo antes de que lo enterraran. Uno de los guardias muy alto y gordo con acento penínsular la increpó algo que no entendió, ella siguió insistiendo y uno de los falangistas la golpeó por la espalda en la cabeza con la pistola, al momento todo se le oscureció, notó el golpazo, la sangre que salía a borbotones, mientras en el suelo era golpeada por el obeso miembro de la benemérita con una vara de acebuche.

En la acera de enfrente otras familias miraban asombradas, todas esperaban ver llegar  a sus muertos, una señora de Tamaraceite comenzó a insultar al guardia, a pedir a gritos por su marido también fusilado,  siendo detenida de forma inmediata, introducida en un coche negro con dos hombres bien vestidos dentro, arrancando a toda velocidad hacia un destino desconocido.

Pilar desde el suelo no sabía que harían con ella, observaba todo, las manos atadas a la espalda con la soga de pitera, la ropa destrozada, tirada boca abajo sobre un charco de su propia sangre vio la llegada del camión, como iba dejando la estela roja y brillante, 50 cuerpos dentro amontonados unos sobre otros, un fuerte olor a muerte que inundó al instante el barrio de Vegueta, las familias no se atrevían a decir nada, solo miraban desde la otra acera, oteaban esperanzadas con ver un rostro conocido entre los muertos, encontrar al ser querido, la posibilidad de despedirlo, al menos con una mirada clandestina, antes de que lo enterraran para siempre bajo la tierra salada al lado de la playa.

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Ex ministros franquistas buscados por la Interpol por crímenes de lesa humanidad
protegidos por el actual régimen español en 2016

miércoles, 20 de enero de 2016

El presagio del agua

Los llevaban barranco de Tamaraceite Abajo a los cuatros muchachos de la CNT, todos bien atados por el cuello con cadenas, las manos a la espalda con las muñecas casi rotas por la soga de pitera, el verdugo de Tenoya se encargaba de azotarlos salvajemente con la pinga de buey, venían desde cerca de La Milagrosa dándoles leña sin parar, dejaban tras de si un reguero de sangre y vómitos.

–¿Les sigo pegando mi amo? –Preguntó el tenoyero mayordomo de los Betancores en los tomateros de Los Giles-

-Arráncales el pellejo a estos hijos de puta, -afirmó tajante el tabaquero Eufemiano-

La caravana de la muerte atravesó aquel bosque repleto de charcas, donde las delgadas anguilas que subían cada invierno desde el mar parecían presagiar lo más terrible, el final de un sueño, algo así como la noche eterna entre la salinidad infinita de la sangre inocente.

Pedro, Carlos, José Juan y Alberto, solo sentían el inmenso dolor de los golpes, las heridas abiertas, mantenerse en pie y poder andar hasta el destino final era su único objetivo, sabían que los iban a matar, que de allí no existía salida posible, solo sufrir, que la muerte llegara cuanto antes como una suerte a la sinrazón. No habían hecho nada, solo defender a la clase trabajadora, participar en las huelgas de las grandes haciendas de los terratenientes, concienciar a la gente humilde de que un futuro mejor era posible, libertario, con igualdad de derechos entre hombres y mujeres, que se acabara aquella terrible explotación, el trabajar de sol a sol por un par de monedas, aguantar los abusos de los patronos, el derecho de pernada laboral ejercido por aquella pandilla de corruptos contra las compañeras.

Cuando llegaron a la carretera general dos de los muchachos ya estaban muertos, Carlos y Pedro seguían resistiendo no sabían como, detrás los falangistas iban envolviendo los cuerpos en sacos de plátanos, parecía una especie de ritual siniestro ejecutado por bestias cuyo único fin era generar dolor y matar. El tabaquero dio la orden de dispararles en la nuca a los dos jóvenes, lo podía haber hecho mucho antes, desde que los detuvieron en la cueva cruciforme del barranco del Acebuchal, pero no lo hicieron, esas eran las ordenes, matar pero haciendo sufrir hasta el último instante.

Los uniformados alborozados y tomando ron de caña metieron los cuatro cuerpos en un pequeño camión, Eufemiano dijo algo de la Sima Jinámar, en menos de cinco minutos no quedaba nadie en la vieja carretera de tierra, solo restos de sangre, varios zapatos, unos calcetines impregnados de sudor, una cedula de identidad arrugada, nadie en la calle, ni un solo ruido, solo el viento que removía las palmeras junto al cauce de agua y barro colorado.

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Cadáveres de republicanos asesinados tras la toma de Toledo 
por los franquistas. 1 de octubre 1936.