martes, 1 de septiembre de 2015

Aquel regalito de luz

-Mami ya es septiembre ¿Cuándo podré empezar a comer en el cole? Lucía miró a la chiquilla con mucha pena, su hijita Silvia casi no había ingerido bocado durante las vacaciones, los alimentos de la parroquia del barrio eran insuficientes, algunos productos caducados, los que ella misma se comía para evitar una intoxicación de su ser más amado.

En los servicios sociales ya no daban abasto con sus inmensos problemas económicos, madre soltera, las ayudas todas agotadas, sin apoyo del padre de su hija, ingresado en la cárcel de Juan Grande por un delito de tráfico de drogas, la típica espiral de cualquier hijo de la clase obrera, carne de cañón de la marginalidad, donde miles de jóvenes no conocen otra realidad que la miseria y las drogas.

Lucía también coqueteó con el abismo, pegamento, pastillas, rayas de coca, incluso llegó a probar con solo 15 años la heroína fumada. Su madre fallecida de leucemia cuando ella tenía 18 meses, su padre enfermo terminal de cáncer de pulmón no podía parar las salidas de la chiquilla por el barrio, el absentismo escolar, las malas compañías, el oscuro manto de tristeza de cualquier suburbio de cemento y calles destruidas, abandonado por los políticos, que solo se acercan cada cuatro años a pedir el voto, a repartir camisetas con eslóganes victoriosos, vendiendo platos de lentejas envenenadas entre el sufrimiento y las penalidades.

Ahora se trataba de que llegaran las clases, que los colegios se abrieran en su totalidad para que la niña pudiera hacer al menos una comida al día, Lucía seguía recorriendo casas y comercios presentando currículos, nadie la llamaba, se ofrecía como limpiadora, dependienta, cajera, reponedora, chica para todo, lo que fuera, pero no le salía nada, algunos empresarios le llegaron a pedir favores sexuales a cambio de alguna posibilidad laboral, todo mentira, ella lo sabía, cuando veía aquellas caras de gente mala, las mismas que dejaron a su padre sin trabajo cuando enfermó, los que no le reconocieron jamás que su enfermedad tenía relación con el trabajo que realizaba, más de 30 años respirando el asbesto, entre el humo y el polvo de la vieja fábrica de cemento del sur de la isla.

Las dos salieron aquella mañana de septiembre a la calle, se encaminaron al pequeño parque infantil junto a la iglesia, allí Silvia se lo pasaba muy bien entre toboganes y castillos de plástico, ella aprovechó para sentarse y pensar en alguna salida, pensó en su familia de Tenerife, en marcharse al extranjero, pero ¿Cómo? con la niña tan pequeña, la angustia la inundó de nuevo, ese miedo que padece tanta gente en España, el terror de verte sin nada, en manos de banqueros, políticos y otros personajes sin escrúpulos. Ya había empeñado todo en el Monte de Piedad y el “Compro Oro”, hasta el anillo que le regaló su padre cuando cumplió 18 años. No le quedaba nada más que el amor por su hija, la esperanza de que saliera adelante en aquella jungla de abusos de poder, corrupción política y vulneración sistemática de derechos civiles.

Lucía no era consciente de todo, pero si sabía que lo que sucedía era injusto, ya hacía meses que había superado la etapa de sentirse culpable, desde el momento en que empezó a asistir a las reuniones de la PAH, allí tomó conciencia, supo que ella no tenía la culpa de lo que le sucedía, que todo era causa de esa crisis-estafa creada por la mafia gobernante, por banqueros, constructores, usureros y otros delincuentes, junto a otras organizaciones criminales como la troika y otras con nombres rimbombantes que no recordaba nunca.

Silvia vino corriendo mientras Lucía estaba ensimismada en sus pensamientos, también en sus sueños, la chiquilla sonreía, traía una hoja del viejo laurel de indias centenario –Mira mamá un regalito para ti. La miró, vio el brillo limpio de sus ojos, las lágrimas se le saltaron mientras abrazaba aquel cuerpecito desnutrido y frío, su corazón latía más fuerte que nunca, olía a flores, la mañana se avecinaba repleta de esperanza, el amor podía vencer el premeditado genocidio social.


domingo, 30 de agosto de 2015

Lactancia entre la muerte

La niña Luisa, de apenas 2 añitos, siguió mamando tras el fusilamiento de Lidia Cabrera, su madre. La escena era dantesca, las cuatro mujeres muertas, la bebé abrazada, como tratando de sacar la última gotita del liquido del amor, el cura Tomás Pérez Padilla, comenzó a dar los tiros de gracia mientras bendecía los cadáveres, la chiquilla lloraba mamaba, mamaba y lloraba, no quería separarse de aquel cuerpo todavía caliente, suave, tierno, de una mujer que apenas llegaba a los 25 años, de profesión costurera, casada con Pedro Ortuño, carpintero, vecino de Zafra, asesinado varios días antes en la plaza de toros de Badajoz, junto a miles de compañeros del ejército republicano, una masacre ejecutada bajo el mando del criminal de lesa humanidad, coronel, Juan Yagüe.

Luisa conoció a Pedro en el municipio de La Aldea de San Nicolás, Gran Canaria, ella apenas tenía 18 años y en aquel baile de taifas vio a aquel hombre alto, moreno, con los penetrantes ojos marrones, que vino a las islas a realizar unos trabajos en el puerto, a través de una empresa de Cádiz. El la sacó bailar con mucha timidez, pasaba un fin de semana en ese pueblo lejano con un grupo de amigos que lo invitaron, luego todo fue mágico, enseguida conectaron, ella estaba afiliada a la Federación Obrera, el al Partido Comunista, tenían tanto que compartir, tantas ilusiones de cambios sociales, tantas lecturas, que las siguientes semanas todo eran cartas, casi una cada día, visitas de Juan los sábados, recorriendo muchos kilómetros por amor a aquella mujer joven y bella.

En menos de un año se casaron en Galdar, noroeste de la isla, se fueron a vivir a una casita en La Isleta, corría el año 1933 y todo era felicidad, tiempos de justicia, de dignidad, de un futuro que se avecinaba esperanzador para toda la gente que creía en la libertad, en la democracia. A Pedro desde la empresa decidieron trasladarlo a Cádiz y tuvieron que mudarse a vivir al Barrio de La Viña, muy cerquita de la playa de la Caleta, allí se establecieron y Lidia era muy feliz por su parecido con Canarias, tanto en los paisajes, como en su gente, muy amable y hospitalaria.

En Junio del 36 ya tenían a la pequeña Luisa, aquella niña morena, con los ojos marrones como su padre y fue el momento de las malas noticias, se veía venir el golpe de estado, todo el mundo hablaba de un militar llamado, Francisco Franco, cuando en pocas semanas se enteraron en la sede del Frente Popular que había estallado una sublevación militar, que ya en julio de 1936 empezaron a matar gente en África y en Canarias.

Las noticias eran muy confusas, pero todo auguraba una inminente guerra, donde quienes defendían la República no iban a permitir que la oligarquía, la Iglesia Católica y los militares sediciosos acabarán con aquella semilla de esperanza, con los avances sociales que estaban transformando un país con estructuras medievales.

En ese momento cuando decidieron trasladarse a Zafra, fue un viaje rápido, instalándose en el humilde hogar de la madre de Pedro, doña Julia Barragán, la viuda del maestro de escuela, José Juan Ortuño, muy conocido en la comarca, homenajeado en varias ocasiones, por su inmensa dedicación a la educación de los niños y niñas más desfavorecidos.

Al poco tiempo Pedro partió a incorporarse al ejército popular de la República, la guerra estaba en marcha, había que resistir el embate fascista financiado por las grandes fortunas españolas, por el fascismo alemán e italiano. Lidia se quedó con la madre de Pedro, la niña cada vez más grande, los meses de tristeza e incertidumbre cuando llegaban las noticias de que se estaba perdiendo la guerra, que un tal Coronel Yagüe estaba asesinando a miles de personas en cada pueblo de Extremadura que tomaban, que los moros de Franco violaban a todas las mujeres libertarias o comunistas, que se estaba produciendo una masacre jamás vista en la historia de España.

Parecía que la paz de aquella casa jamás podría ser quebrantada, pero aquella mañana llegaron triunfantes vestidos de azul, con banderas del Facio, sacaron a Lidia con Luisa en brazos, las llevaron a la plaza del pueblo, allí estaban todas las mujeres, los hombres mayores, los maestros que no habían ido a la guerra, un cura obrero que iban a fusilar en unas horas, eran cientos, que fueron trasladados en camiones a Badajoz. En la entrada de la ciudad se escuchaban las ráfagas de los pelotones, el sonido estruendoso de los máuseres, los gritos de miles de personas que estaban siendo asesinadas, fusiladas o toreadas hasta la muerte en la plaza de toros, donde distintos diestros y banderilleros muy conocidos se prestaron al holocausto.

Yagüe ordeno matar para que no quedara rastro de la semilla marxista, Lidia lo sabía, hasta el momento en que después de conocer por un falangista vecino que acababan de fusilar a Pedro unos días antes, que no iban a dejar a nadie vivo, que la consigna era asesinar, desaparecer, torturar, masacrar a todo un pueblo.

La muchacha andaba entre la multitud desesperada con la niña pegada a su pecho, abrazada en silencio, como temiendo a su corta edad la que se avecinaba. Los militares, los moros, los falangistas, los curas las damas de la oligarquía les insultaban, les golpeaban entre patadas, puñetazos, golpes con palos o con las culatas de los fusiles, eran miles de personas detenidas escuchando el atronador ruido de los fusilamientos masivos, los gritos, llantos y lamentos de las violaciones de cientos de mujeres, palabras en árabe, en castellano, hipócritas bendiciones de los curas pistola al cinto y correajes.

Entre el bullicio interminable Lidia Cabrera se vio ante el pelotón de fusilamiento, le quitaron a la niña, ella gritó –Qué la maten conmigo, no quiero que se la queden gentuza, asesinos- Los tiros sonaron, más sangre, las cuatro mujeres muertas, los tiros de gracia del párroco Pérez Padilla, la niña que se soltó de las manos de la vieja monja falangista, gateando hacia su madre, agarrándose a su pecho, sacando la teta para empezar a mamar ante la mirada atónita de los fascistas, una especie de homenaje a la vida entre la sangre, el crimen y la muerte.

http://viajandoentrelatormenta.blogspot.com.es/

 Coronel Yagüe junto al general Franco y cadáveres de personas fusiladas 

jueves, 27 de agosto de 2015

Las mamadas del arzobispo

La Iglesia Católica siempre se ha caracterizado por querer meterse en nuestras camas, en nuestros momentos de intimidad con nuestras parejas, en nuestras relaciones sexuales. Nunca han respetado nada, ni han sabido comprender que las personas somos seres libres para optar por lo que nos de la gana, siempre y cuando no hagamos daño al prójimo.

El surrealista y vergonzoso libro publicado por el arzobispado de Granada, escrito por la periodista italiana Costanza Miriano, titulado, “Cásate y sé sumisa”, viene a confirmar esas injerencias en nuestras vidas de esta tropa de sotanas, crucifijos, rosarios, flagelaciones y amigos invisibles envueltos en luces y coronas.

Las perlas del libro financiado por el arzobispo, Francisco Javier Martínez, metido a consejero matrimonial, son muchas, demasiadas para que quepan todas en este artículo, tan fuertes como decir textualmente que, “Mujer, practicarás felaciones a tu marido siempre que te lo ordene. Pero cuando lo hagas, piensa en Jesús. Recuerda: ¡No eres una pervertida!”. Esta pretensión de un tipo que se supone que no hace el amor con nadie, que por su celibato desconoce el placer sexual, el amor, el cariño, el arte de entregarse a las pasiones, se ame o no se ame. La verdad que resulta altamente insultante para millones de mujeres y hombres, que tenemos el derecho de hacer con nuestros cuerpos lo que queramos, sin que nadie se meta por medio a marcarnos lo que debemos hacer y de qué forma.

El arzobispo Martínez no respeta, es intolerante, como toda su institución o al menos la oficial, no la de los religiosos y religiosas que si trabajan por la gente desfavorecida, que son incapaces de meterse en la vida personal de nadie, porque basan su credo en el que cada persona tiene el derecho a la intimidad y a la dignidad.

El concepto de “Mujer” de esta institución sigue siendo caduco y medieval, muy parecido a otras creencias a las que tanto critican los sectores reaccionarios de la sociedad, empezando por el Partido Popular, entidades antiabortistas, etc., que atacan a los talibanes, a los islamistas por no respetar los derechos de las mujeres, cuando ellos actúan y piensan en muchos casos de la misma forma.

El título del libro lo dice todo, habla de “sumisión”, de pleitesía al macho, ese es su concepto de familia, la mujer para las tareas domésticas y para follar o mamarla pensando en Cristo cuando al marido le apetezca. Unos postulados que insultan a la inteligencia, que ofenden, que agreden, que humillan a las mujeres, que pretenden inculcarnos un modo de vida anquilosado en los tiempos de la Santa Inquisición, donde la Iglesia torturó, violó y asesinó a millones de seres humanos en todo el planeta.

Las palabras del arzobispo denotan odio, machismo, violencia, exigiendo la obediencia femenina a las necesidades maritales, incluso “Sin derecho al descanso”, porque según dice “Dios la ha puesto al lado del marido”, “Ese santo que te soporta a pesar de todo. Obedece y sométete con confianza” o “Sé una mujer del siglo XXI. Práctica el coito de espaldas. Así mientras tanto podrás aprovechar para planchar”.

Hasta ahora este libro no ha sido rectificado por la entidad para la que trabaja este individuo, lo cual quiere decir que lo acatan y que forma parte de la filosofía de la mayor secta de la tierra. De la misma forma que tampoco han sido capaces de pedir perdón por su colaboración directa en el holocausto franquista en España, de su implicación directa con los nazis, con el genocidio sobre millones de judíos, comunistas, anarquistas, republicanos, personas discapacitadas…, exterminadas en los campos de concentración alemanes, el apoyo directo a dictaduras tan sanguinarias como la argentina, la chilena, la uruguaya, que asesinaron a cientos de miles de activistas de la izquierda y la defensa de la democracia.

La falta de vergüenza del “arzobispo de las mamadas”, como ya se le conoce popularmente, es una muestra de la degradación infernal de la Iglesia, de cómo se han alejado de la defensa de los derechos sociales y civiles, de la tolerancia con las personas que pensamos diferente, de cómo se burlan de la evolución humana, del avance hacia un mundo más igualitario y fraterno, donde mujeres y hombres podamos ser libres y felices.


miércoles, 26 de agosto de 2015

El exilio y el vuelo de los sueños

Carlos Martín, “El canario”, el exiliado, estaba encerrado en una pequeña celda, demasiado estrecha, sucia y pestilente, encadenado a la pared, con el sueño inundado de sus propias defecaciones y orines. En el centro de detención clandestino de Buenos Aires, “Garaje Olimpo”, no había lugar para esperanza de salir con vida, lo sabía, por eso trataba de que su mente navegara, cuando no lo torturaban, a sus islas amadas al otro lado del océano, hacia su adorada madre, Carmelita Fumero, ya fallecida en aquel pueblito del norte de Tenerife. Lo detuvieron en la oficina de la universidad, era enero de 1977, cuando mantenía una reunión con varios profesores y dos alumnas de la Facultad de Medicina. Se los llevaron a todos en varias furgonetas militares, los golpearon salvajemente en el hall de entrada, mientras el alumnado miraba atónito como se llevaban con las manos atadas a sus profesores, a sus jóvenes compañeras Silvina Moldavia y María Inés Ambrosetti.

Aquellos años de la huída cuando comenzaron a detener masivamente a todo el mundo en La Palma, en Tenerife, en La Gomera…, a sus compañeros de la Universidad de La Laguna, tantos amigos y amigas de aquella lucha por la libertad, la brutal represión que asesinó a miles de personas en toda Canarias, orquestada por la oligarquía, por la Iglesia Católica, por los sectores más reaccionarios de la desgraciada colonia española, personajes que jamás perdonarían a quienes contribuyeron a la construcción de la República, a la esperanza de los pueblos, de aquel humilde pueblito donde el drago milenario aún seguía vivo, resistiendo los embates brutales del tiempo. El mismo árbol gigante que vio la sanguinaria conquista, la de las espadas, las cruces, el genocidio sobre el pueblo indígena, el mismo ser casi eterno, florido, amante del sol y de la inmensa lluvia de invierno, veía ahora la misma represión, el mismo odio contra quienes solo querían vivir con dignidad, disfrutar de aquel pedazo de tierra mágica en medio del Atlántico.

Los guardias vinieron de nuevo, en el resto del Garaje Olimpo reinaba el terror, los gemidos, los llantos, los gritos de dolor, el sonido eléctrico de la “picana”, los chillidos de las ratas para las vaginas de las mujeres prisioneras, todo tipo de técnicas atroces de tortura que los militares argentinos aprendieron de la dictadura española, los cursillos en El Escorial en los 60, en la Dirección General de Seguridad en Madrid antes del golpe de estado del 76.

“Levántese doctorcito”, dijo “El ruso”, Julián Vasíliev, el conocido brigadier y torturador del taller nacido en Rosario. Carlos lo miró, era consciente que por sus heridas, la deshidratación por la falta de agua y comida, que no le quedaba mucho tiempo: “¿Vienes de nuevo a maltratarme? No tienes cojones boludo para soltarme las cadenas hijoeputa”.

Se lo llevaron a la sala de tortura, ya no le preguntaban nada, lo sabían todo sin que el canario hablara nada, torturaban por torturar, por dañar, ejerciendo el siniestro arte del represor, siguiendo la consigna de la Junta Militar: “Asesinar, desaparecer, no dejar resto de las hordas marxistas y anarquistas en todo el territorio nacional”.

A lo lejos, quizá en la sala de las mujeres, alguien escuchaba un partido de fútbol por radio, la clasificación para el mundial del 78, la gloriosa forma de celebrar que más de 300 personas estaban siendo torturadas, asesinadas, conducidas a una situación extrema de dolor y sufrimiento.

Lo colgaron de boca, las piernas ensangrentadas apretadas por la cadena, el hierro candente por el ano, los golpes, las patadas, los insultos y vejaciones. Carlos escuchaba sobre todo las chillidos de las mujeres mientras la violaban, le pareció la voz de sus alumnas de menos de 20 años, las delegadas estudiantiles del sindicato, las combativas chiquillas que vinieron de Tucumán a estudiar medicina, las mismas pibas a las que les contaba como era su tierra, aquellas islas perdidas tan cerca del Sahara, del brazo de mar que une los continentes del dolor y la penuria.

De repente se escuchó bullicio en los pasillos, la voz de Tabaré Camacho Pastorino, el Mayor de infantería que venía varios días a la semana a dirigir las torturas en el viejo taller clandestino: “Hay que sacar otra remesa, 20 más, el avión espera, apúrense”.

“El ruso” paró, bajaron a Carlos, casi no podía mantenerse en pie, lo sacaron al pasillo, allí estaban las dos niñas, el resto de profesores, compañeros de la facultad, varios obreros de más de 60 años, una joven con aspecto extranjero, rubia, con la sangre cayéndole por los muslos, varias personas más al fondo de la oscuridad del pasillo a las que no pudo ver las caras.

Camacho habló con voz solemne: “Vamos a llevarles a otro centro de detención, tómense las pastillas con el vaso de agua, el viaje será largo hasta La Plata, es bueno que descansen en el camión”. Carlos Martín por su experiencia médica vio que eran sedantes, se los tomó junto al resto, mientras un oficial los inyectaba con una jeringuilla. El viaje fue corto hasta el aeródromo, no más de dos horas, allí como zombis los bajaron, atados con las manos atadas a la espalda los subieron al viejo avión. El médico canario sabía lo que pasaría, las niñas lo miraban asustadas desde los asientos de enfrente, una cabina sin butacas, fría como las noches de invierno en Buenos Aires.

Sobre La Plata a la media hora de vuelo los militares abrieron las puertas, el aire frio congelaba los recuerdos, casi todos estaban semidormidos, Carlos se mantenía despierto, lo veía todo, recordaba el vino de Tacoronte, las tardes de fiesta con sus compañeros de clase en La Laguna, María José, el amor de su vida, la muchacha de Candelaria, la que lo enamoró para siempre hasta el momento de la huída en el barco venezolano, las noches de fiesta, los paseos abrazados por la ciudad colonial, los besos salados en la clandestinidad del bosque de sauces. Todo eran recuerdos mientras iban tirando del avión uno a uno a sus compañeros, a las compañeras, a los camaradas del partido, a los profesores, en un ejercicio pormenorizado de crueldad los milicos se reían, se burlaban de una situación dantesca, del vuelo de los héroes y heroínas hacia el abismo.

Carlos cayó con dignidad, estremecido por los recuerdos de su amada tierra isleña, su madre aparecía en cada paso que daba por el habitáculo de hierro, sabía que no habría nada más allá de aquella cabina repleta de sangre. Su vuelo en la oscuridad fue uno más de los miles, abajo el inmenso rio de los sueños, la fraterna esperanza de la memoria perseguida cuyo cementerio es el olvido.


lunes, 24 de agosto de 2015

Las tres rosas del salitre

Cuando sacaron de su casa a Julia Lafora, la maestra de Triana, era de madrugada, apenas tuvo tiempo de vestirse, se quitó el camisón en presencia de los falangistas que la custodiaban, para ponerse el vestido negro de luto por su marido fusilado dos días antes. Afuera, dentro del lujoso vehículo donde la introdujeron, dos mujeres más que lloraban, ambas con la cara ensangrentada por los golpes de los requetés.

El auto enfiló directo hacia el sureste de la isla, entrando por una carretera de tierra hacia la Playa de Melenara en Telde, allí esperaban varios miembros de la guardia civil y del ejército de tierra, algunas caras conocidas de la oligarquía isleña, un empresario tabaquero, el hijo del conde, un terrateniente del sur de origen inglés, propietario de gran parte de la industria del tomate.

Las mujeres fueron sacadas a la fuerza de los coches, Julia fue la última, las dos chicas era Josefa Rodríguez del barrio de La Isleta, 25 años,sindicalista tabaquera de la CNT, Dolores Zapata, 22 años, madrileña y trabajadora contratada en la Federación Obrera, se encargaba de la tramitación de las denuncias contra los empresarios por abusos y explotación laboral.

Ya junto a la explanada previa a la playa los hombres con correajes empezaron a insultarlas, a llamarlas “putas”, “asquerosas”, “tortilleras”, “guarras”… Julia solo pensaba en su marido asesinado, su mente no era capaz de asimilar aquel momento tan terrible, todo se le iba en el recuerdo de los buenos momentos en la consulta del “médico de los pobres” que tanto amaba, el joven licenciado en Madrid, que había dedicado gran parte de su carrera a atender en su humilde despacho a la gente necesitada sin cobrarles nada “¿Quizá ese fue el motivo de su condena a muerte?” se preguntaba, no entendía tanta crueldad, ese odio atávico contra ellas, contra todo lo que representaban al ser mujeres formadas, comprometidas, cultas, antifascistas, republicanas y defensoras de los derechos de su género, de su clase.

Un guardia civil con un parche en el ojo se acercó  a las mujeres y les rompió los vestidos a la altura del pecho, quedaron semi desnudas entre los gritos de unos 40 hombres ebrios y desatados. El seminarista Juan José Samsó, se encargó de raparlas con unas tijeras una a una, sus cabelleras caían al suelo entre las burlas del grupo de fascistas: “¡Follatelas Cabrera!”, dijo uno de los requetés, el más joven del grupo, el viejo capataz Froilán Cabrera no respondió, prefirió golpear a Dolores con la culata del fusil, que cayó al suelo semiinconsciente, subirle la falda a Josefa para burla general de la soldadesca.

Las mujeres arrodilladas, abrazadas en aquel suelo repleto de piedras y arena, humilladas, temblando de miedo, protegiéndose unas a otras con sus cuerpos de las agresiones verbales, de los escupitajos de algunos, de las patadas y golpes de aquellas caras conocidas, de hombres que habían visto alguna vez en las calles, en sus trabajos, en los bailes y fiestas de los pueblos, varones de los que nunca imaginarían un comportamiento tan atroz, tan violento contra mujeres que no habían cometido ningún delito, solo defender la libertad, la democracia, un mundo mejor para el pueblo canario, para la gente más desfavorecida de unas islas sometidas a la esclavitud, a los caprichos del caciquismo ancestral, el que junto a la Iglesia Católica, durante cientos de años, había sometido a todo un pueblo a vejaciones y abusos indescriptibles.

Después de varias horas algunos soldados por orden de capitán Morera rodearon a las mujeres que ya casi desnudas iban a ser violadas por todo el grupo de hombres, los vecinos se habían soliviantado por el escándalo, había gente asomada en las lomas vecinas, luces encendidas en los pequeños poblados de apareceros, los organizadores del linchamiento múltiple decidieron por seguridad que había que llevarse de allí a las tres mujeres. 

Las metieron en uno de los coches ante la indignación de la enfervorizada multitud de fascistas, varios mandos de la guardia civil discutían a gritos medio borrachos con los dirigentes de Falange, en medio del caos las sacaron hacia la carretera del sur a un destino desconocido, las mujeres no se habían hablando entre ellas hasta ese momento de silencio entre el ruido del viejo motor, al oído, Julia, le dio a Josefa: “Mi niña nos sacan del infierno, pero nos llevan a otro. No digas nada te hagan lo que te haga, no reveles los nombres, ni las direcciones de los camaradas”.

Las tres mujeres tuvieron un final misterioso, no se supo más de ellas, aún se les recuerda en la memoria colectiva de la lucha por la justicia, la ternura y la dignidad. En el exilio de la Francia ocupada por los nazis, Roberto Macías, nombraba el caso de las “Tres rosas del mar” en las reuniones clandestinas de la resistencia en los pisos francos de París. Era hermano de Dolores, salió de Gran Canaria en agosto del 36 hacia África en un barco de pesca, nunca pudo olvidar aquellos sucesos ocultos de forma premeditada hasta la actualidad, cada 19 de septiembre antes de morir se iba con sus hijas y nietos esa noche a la playa de Melenara, allí pasaban un rato de charla escuchando como rompían las olas, mientras echaba al mar en silencio las tres flores rojas. 


sábado, 22 de agosto de 2015

La bahía de los muertos

Esteban Chirino y Sebastián Romero salieron de San Cristóbal en su barca de dos proas, la madrugada era lluviosa en aquel septiembre del 36. Lo que vaticinara en el bar de Florido el viejo pescador retirado, pronto se cumpliría. El mar estaba repleto de cadáveres, algunos en sacos atados de pies y manos, los otros semidesnudos con el estómago hinchado y los ojos abiertos como mirando al infinito.

Los dos hombres remaban con el pánico metido en sus entrañas, no podían decir nada, los podían acusar de rojos y también ser asesinados, aunque ni siquiera militaran en ninguna organización de la izquierda canaria. La valiente barquilla atunera avanzaba y se escuchaban en la quilla los golpes de los cuerpos de los republicanos asesinados por los fascistas.

Comenzaba a amanecer y varios camiones atravesaban el túnel de La Laja con algunos falangistas al volante, cuatro militares de artillería, dos guardias civiles, junto a los señores de gente rica, venían de los riscos de la Mar Fea, desde donde arrojaban al mar a cientos de hombres cada noche, secuestrados en sus casas por las Brigadas del Amanecer.

Desde el barco Esteban y el joven Chano los veían regresar, de ahí procedían los cadáveres, la corriente no siempre se los llevaba mar adentro, también los traía al barrio marinero para terror de sus habitantes, que contemplaban aquella imagen brutal de seres flotando sin rumbo, como muñecos gigantes, al compás de las olas.

Tenían que esperar la subida de la marea para partir hacia la costa de Fuerteventura a pasar varios días pescando, en ese tiempo trataban de evitar mirar los cuerpos, pero se hacía inevitable, caras conocidas, muchachos jóvenes del sindicato, Juan Prada, “El Gallego” de la CNT, Mauricio Trujillo, enlace sindical de la Federación Obrera en los tomateros de los Betancores en Los Giles, Manuel Bravo, militante del Partido Comunista, rostros inolvidables, blancos como las paredes de cal, sin rumbo después de ser devueltos de las profundidades.

Esteban y Chano sabían que en pocos días habría más cuerpos sobre el inmenso azul, no decían nada, solo miraban los camiones de Falange y los lujosos coches de los patronos volviendo por el túnel eufóricos, satisfechos de su “cruzada”, de la premeditada campaña de exterminio fraguada meses antes del golpe de estado del 36. La corriente los traería al barrio; ellos lo sabían, el cura de Telde con pistola al cinto y como buen experto en el tiro de gracia después de los masivos fusilamientos,lo sabía; Eufemiano lo sabía; el hijo de la marquesa lo sabía; el empresario Bonny lo sabía; el conde lo sabía; todos lo sabían pero les daba igual que los asesinados fueran vistos por el pueblo, por la gente de bien, por las personas honradas que dedicaban sus vidas al trabajo, a la pesca, a la agricultura, a la construcción de paredes y carreteras. Los asesinos eran conscientes de todo, pero no les importaba, permitían que aquel espectáculo terrorífico fuera visto por niños y niñas, por toda la gente que desde las ventabas miraba con mucho miedo y sin decir nada, el desasosiego ancestral que venía de los tiempos de la criminal conquista, de los siglos de esclavitud y de hambre, de los abusos de poder, del derecho de pernada, del dolor de ver morir de hambre a los hijos de la generalizada explotación orquestada por una oligarquía corrupta y asesina.

Los dos amigos, compañeros de faena y sufrimiento pusieron los viejos motores en marcha, se encaminaron al horizonte dejando atrás el horror, la tristeza, la represión brutal en aquellas islas desafortunadas donde apenas hubo resistencia al golpe fascista, un territorio insular en manos de psicópatas, de personajes vestidos de azul o con sotanas y cruces, con los ojos ensangrentados de odio.

Al momento, nada más adentrarse en alta mar, comenzaron a divisar a los cientos de delfines, como siempre comenzaban a perseguir la barquilla, jugaban felices, saltaban crías y mayores, se escuchaban sus chillidos de felicidad en medio de aquel océano limpio e inmenso.

Esteban y Chano no decían nada, solo miraban a los alegres animales, el viento de la libertad enredaba sus cabellos, las ganas de no regresar jamás a la bahía de los muertos.


Barrio marinero de San Cristóbal en la actualidad (Las Palmas de Gran Canaria)

jueves, 20 de agosto de 2015

La cama vacía de la Casa del Niño

Desde que llegó a la Casa del Niño en el Paseo de San José el pequeño Manolo no hablaba, se orinaba en la cama cada noche con nueve años, enseguida Sol Amparo se dio cuenta del inmenso trauma, lo protegió del maltrato como solo ella sabía, habló una mañana en el Mercado de Vegueta con una vecina del chiquillo en el barrio de La Isleta, le dijo con miedo que “Manuel lo vio todo, que presenció la violación múltiple por los falangistas de su madre y hermanas, el ahorcamiento de su padre en la rama más alta de la vieja higuera del patio”.

Los días en la residencia de Falange regida por las monjas eran siempre lo mismo, madrugar, desayunar, cantar el “cara al sol” en la subida de bandera, el maltrato de las beatas y curas, las clases con altos contenidos en formación del espíritu nacional, el resto asignaturas comunes, lo de siempre, la historia de las cruzadas, de un tal Don Pelayo, los reyes godos, la exaltación de la figura de Franco como un dios, un santo, un elegido “por la inmensa misericordia de nuestro señor Jesucristo”.

Manolito no salía de su ostracismo, se pasaba el día solo en el patio, en las clases no interactuaba, miraba al vacío, el gordo profesor Castro le gritaba cuando Amparo no lo tenía cerca, lo humillaba, incapaz de captar su tristeza le ponía orejas de burro, obligándolo a arrodillarse en el rincón de los castigos con libros en las manos abiertas: “¡Burro!” le gritaba, mientras sus compañeros miraban asombrados, todos hijos de represaliados del franquismo, de padres asesinados, fusilados o desaparecidos por las “Brigadas del amanecer”. Chiquillos tristes, condenados a sufrir el encierro hasta los 18 años, a vestir los ropajes de Falange, asistir a sus ceremonias patrióticas, a un lavado de cerebro orquestado por la Iglesia Católica en el criminal régimen franquista.

Amparo Rodríguez García, la monja de Juncalillo, “el pueblo de los curas”, cerquita de Artenara, la cumbre de Gran Canaria, la sufrida isla donde los fascistas se ensañaron cometiendo miles de asesinatos, en un humilde lugar donde casi no hubo resistencia al golpe de estado del 36, la bella ínsula donde la sangré corrió por cada rincón de su geografía.

La religiosa de extracción humilde, hija de jornaleros, de campesinos que sufrían el caciquismo de una oligarquía criminal, que ejercía el derecho de pernada, que abusaba y trataba como esclavos a sus padres, no tuvo otra salida que seguir la recomendación de Don Luís el obeso cura de Galdar, que un día fue a buscarla a su casa, habló con su padres y les recomendó la conveniencia de que su niña se fuera al convento de clausura de Teror, que sería una salida a su terrible situación económica, que allí al menos comería, que podría ser una santa como Santa Teresa, una santa canaria, una hija del pueblo, de los explotados de la tierra.

Sol Amparo nunca encajó en la dinámica de la Casa del Niño, nunca compartió el maltrato físico y psicológico que allí se ejercía día tras día, ella se encargaba de la cocina, de que el rancho se sirviera a tiempo, de “los suspiros”, el dulce que le enseñaron en “El Cister”, cuando pasó aquellos años de oscuridad encerrada en la sucia celda con el camastro sin colchón, los madrugones, la flagelación obligada, los baños con agua fría a las cuatro de la mañana, los abusos sexuales de la madre superiora, aquella toledana que se metía en su cama, que la obligaba a hacer cosas que ella desconocía, que le hacían sentir un asco indescriptible.

Manolito cuando la veía se acercaba a ella, le gustaba que le acariciará la barbilla, que lo tratara como lo trataba su pobre madre asesinada aquella noche de agosto en la calle Faro, las terribles escenas de los abusos de los hombres de azul con sus hermanas Julia de 12 años y Enriqueta de 15, el momento en que colgaron al hombre que más quería, la noche del terror desde la que deseaba morirse, la que le cerraba las cuerdas vocales cuando quería articular palabra, el derrumbe de su adorado universo, el olor a pescado salado de su padre cuando llegaba de la factoría de la Cicer, el bello ambiente familiar que vivió desde que nació aquella noche de septiembre.

Todo había desaparecido de repente como si alguien siniestro con una varita mágica hubiera destruido la esperanza, el chiquillo jamás podría asimilar lo que vio, el olor a ron de caña de los falangistas, las burlas, los golpes, la amenazas, ese momento brutal cuando sacaron a sus hermanas de las camas, cuando les rompieron los camisones, cuando pusieron a su madre atada en la cama y fueron pasando uno a uno, los gritos de terror, los gemidos, las risas de aquellos demonios sin escrúpulos para destruir lo que había sido una familia humilde y feliz.

Una tarde de diciembre se lo llevaron, Sol Amparo se opuso, pero no pudo hacer nada: “El niño es subnormal está claro”, dijo Don Domingo, el anciano cura de San Telmo, “Hay que llevarlo a Tenerife al centro de los idiotas”. La monja trató de pararlos, dijo que ella se encargaría de cuidarlo, de educarlo, pero fue imposible, lo sacaron en el viejo coche de los “Betancores” hacia el correíllo en el Puerto de la Luz, nunca más se supo de Manuel, la humilde monja rezó cada noche por el varios “Ave Marías”, la rutina impregno cada jornada del centro de menores, su cama quedó vacía, al poco fue ocupada por otro niño de padre anarquista, uno de los asesinados del incipiente “maquis” de La Palma.


martes, 18 de agosto de 2015

Confesiones de agosto

Un gran amigo sufre la miseria del desempleo, tantos años trabajando para verse con 50 años sin nada, con una ínfima ayuda social que no le da para nada, encima puede perderla por haberse despistado con el día del sellado en la oficina de empleo. Esa frialdad que emana de un estado corrompido, donde mafiosos pasan las vacaciones en yates, aunque estén imputados por gravísimos delitos de corrupción, son recibidos por ministros en sus despachos para hablar del “¿Cómo va lo mío?", de cualquier mierda al margen de la realidad de un pueblo que pasa hambre, de un pueblo que ya no puede más, mientras esta gentuza saquea y roba el patrimonio público.

Mi amigo que tanto me ha ayudado en otros momentos de la vida está destrozado, hoy nos vimos en una de nuestras muchas luchas y me dijo que no aguanta, que se siente víctima de un régimen terrorista, donde los ladrones viajan en coche oficial y firman decretos y leyes, donde la gente honrada pasa miserias y hambre, sufre pisoteada por siniestros personajes con permiso para delinquir en absoluta impunidad, para asesinar la democracia en la España de las maravillas para unos pocos hijos de la gran puta.

Hablamos largamente después de estar con una periodista y el gráfico de un medio de comunicación canario, me decía el colega del alma que se sentía estafado después de tantos años trabajando, que ahora no podía más, que su salud se doblegaba, que no tenía fuerzas para nada, que estaba hundido entre la angustia y el dolor de verse sin nada.

Los dos compartimos el miedo por la comida de nuestras hijas, el presente y el futuro tan negros, la ansiedad cuando suena el teléfono y vez un número raro que no conoces, esa sensación de ser mártires de la violencia de estado, de que al menos si tuviéramos armas, como en otros tiempos de la historia, podríamos combatirla con fuego, resistencia y justicia revolucionaria.

Hablamos de Rodrigo Rato, de Bárcenas, de Blesa, de todos los casos de corrupción política generalizada que vemos cada día en este país podrido, de cómo son protegidos por gobernantes “supuestamente” iguales o más delincuentes que ellos mismos, de la absoluta impunidad de miembros de la Casa Real que “presuntamente” han robado sin que jamás sean condenados, de los suicidios, de cómo cada caso de desapariciones de personas está asociado con inmolaciones por razones económicas, del señor que el otro día en Canarias se tiró al mar con su coche, del taxista que aparcó su auto y se encaminó hacia el abismo, lanzándose al vacío sin que nadie lo supiera, hasta que fue encontrado su cadáver, de cómo una vecina llamó a la policía cuando vio tirarse a un chico joven por el Puente de Lomo Blanco, del lúgubre momento en que los agentes bajaron al barranco Guinigüada encontrando dos cuerpos más, dos muertos más que nadie había visto volar desde el inmenso precipicio.

Llegamos a la conclusión de que hay que seguir luchando, que esta gentuza de los gobiernos se alegra cuando alguien muere, que para ellos es un número menos en los presupuestos de las prestaciones y ayudas sociales, un plato menos en el comedor social, de que el genocidio es estructurado y premeditado, que lo que persiguen es destruir los derechos sociales, convertirnos en esclavos/as de esta mafia franquista ultracatólica y multimillonaria.

Acabamos en su humilde huerto regando las verduras y los arbolitos frutales, tuvimos tiempo para algunas risas, para ver el libro de Daniel Ortega junto al viejo sillón cama, los recuerdos de la revolución sandinista, los tiempos de la guerrilla, esa lucha a muerte tan necesaria para acabar con las brutales injusticias, de que las elecciones no sirven para nada, que está todo demasiado viciado, de que hasta esas nuevas fuerzas emergentes y mediáticas están también dentro del sistema como hemos visto en Grecia.

Concluimos hermanados en la lucha hasta la victoria, “no hay otra salida”, dijimos convencidos, sembrar semillas de futuro y dignidad, ser simientes de tiempos de amor y derechos civiles. La indescriptible victoria de las flores sobre la destrucción y el holocausto de la esperanza.

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Rodrigo Rato y Alicia González durante unas vacaciones en Ibiza

domingo, 16 de agosto de 2015

Cuando el olor de la sangre es parte de un patrimonio nacional

No hay argumento posible que justifique la vergonzosa tortura que se ejerce en España sobre los toros, detrás hay toda una historia sangrienta extremadamente violenta que comenzó hace tantos años que la memoria se pierde entre siglos de masacres, de asesinatos, de todo tipo de crímenes, holocaustos brutales, que vienen desde los tiempos de las conquistas de Canarias y América, el mayor genocidio de la historia de la humanidad, con más de cien millones de indígenas asesinados por la corona española y la Iglesia Católica.

Llama la atención que en pleno 2015 personajes como el viejo Borbón y toda su casta se sigan emocionando viendo la sangre de una animal inocente, exalten lo más negro de sus siniestras entrañas mentales, se corran de gusto viendo como los toreros masacran a un inocente animal.

Podríamos decir que existe una raza podrida integrada por seres del mal, quizá ese no sea el termino adecuado, mala gente, maligna, demonios del terror, que mientras se solazan viendo morir de puro sufrimiento a un ser vivo se complacen en destruir también las vidas de su pueblo, se alegran de que sus infectos gobiernos arrasen por los derechos humanos, generen que cuatro millones de niños y niñas estén pasando hambre, que millones de familias no tengan ingresos, que la gente haga cola en los bancos de alimentos o se humillen mendigando las migajas de una exigua ayuda social.

La imagen de la corrida de toros en la reciente fiesta grande de San Sebastián, prohibida por el anterior gobierno municipal de Bildu, recuperada vergonzosamente por el PNV y el PSOE, partidos del régimen del tormento innecesario y criminal sobre seres que no se merecen estas aberraciones, la cara del viejo monarca lo dice todo, las fotos y los vídeos no mienten, se ve claramente como se pone como loco cuando ver al toro morir lentamente entre sufrimientos extremos.

¿Asesinar a un toro es patriotismo español? ¿Alegrarse y disfrutar con su dolor y muerte lenta es cultura, es acaso tradición popular?

Me avergüenzo como ser humano que un tipo famoso en todo el mundo por asesinar elefantes, por su correrías y juergas a cargo del erario público, entre otras actuaciones que prefiero omitir, aparezca públicamente con toda su prole, hasta con su desprestigiado y siempre desencajado nieto Froilán, felices, muy satisfechos de asistir al “circo romano”, donde quienes mueren no tienen derecho ni siquiera a defenderse justamente.

¿También irá el Borbón a Tordesillas? Ya el toro está elegido y preparado para torturarlo salvajemente hasta la muerte por una banda de energúmenos.

¿Es esta la imagen que se pretende vender al mundo desde la monarquía española y su gobierno?

La “marca España” está manchada de sangre animal. Jamás podrán limpiar tantas manos, tantos corazones, tantas mentes impregnadas de sadismo y psicopatía premeditada.

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jueves, 13 de agosto de 2015

El siniestro baile de los traidores

Al señor Arenas Bocanegra, Vicesecretario General del PP, le parece perfecto que el ministro del interior, Fernández Díaz, haya recibido en el ministerio al imputado por corrupción, Rodrigo Rato, incluso afirmó “que no tendría problemas en verse con él en su despacho y que ya lo felicitó en navidades”. Si esto sucediera en cualquier país democrático del mundo tendría que dimitir de forma automática por la vía de urgencia, jamás un pueblo que no esté arrodillado y pisoteado por una dictadura permitiría este tipo de vergonzosas declaraciones.

Ni Arenas, ni el católico ministro, responsable de la seguridad del estado, parecen tener ningún tipo de remordimiento, les importa un bledo lo que puedan pensar millones de personas víctimas de todo tipo de corruptelas y pelotazos, cuyos responsables directos son gran parte de estos degenerados personajes, los mismos que ahora están siendo procesados judicialmente.

Escándalos que cada día observamos con mucha tristeza en las televisiones, escuchamos en las radios, leemos en los periódicos, detenciones, tramas de todo tipo, de todos los colores posibles, lo más rocambolesco y putrefacto de la historia de España, la marca de la miseria, del hambre infantil, de los desahucios, de las miles de muertes anuales por suicidios económicos, del fallecimiento de cientos de miles de enfermos y enfermas dependientes, a los que el gobierno retiró las ayudas, la única salida que les quedaba para mantenerse con vida.

Las declaraciones de Javier Arenas insultan la inteligencia, atacan ferozmente la yugular de las personas honradas, humillan a quienes ya no pueden más, quienes sobreviven con sueldos de miseria, con ridículas prestaciones, con exiguas ayudas sociales que vulneran los más elementales derechos humanos.

Ya parece que no queda vergüenza en este partido, que la perdieron cuando comenzaron muchos de sus miembros, no se sabe cuándo ni en qué momento, a cobrar en sobres, a vivir a cuerpo de rey, a codearse con los más granate de la oligarquía española, heredera directa de la criminal dictadura franquista.

Mi indignación es la de muchas personas honestas, las que luchamos diariamente por alimentar a nuestras familias, las que sufrimos el austericidio, los recortes salvajes, el desempleo, las políticas depredadoras de un gobierno que no pertenece al pueblo, que es propiedad de la banca, del putrefacto poder financiero, que avergüenza a la gente de bien, las que cada día miramos el negro futuro y se nos quitan las ganas de seguir viviendo, las que nos mantenemos en píe y seguimos luchando para que nuestras hijas, nuestros hijos puedan tener un mañana de progreso y dignidad.

Señor Arenas sus palabras hacen sangre, destruyen, hacen daño, se burlan de la miseria y el hambre de nuestro pueblo.

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